De Cuauhtémoc Blanco a los influencers: cuando la fama sustituye a la política
LA CRÓNICA DE MORELOS
Por Guillermo Cinta Flores
Lunes 7 de septiembre de 2026
Hace ocho años años recurrí al ensayo “La Psicología de las Masas… Hoy”, de Jordi Busquet Durán, para tratar de explicar el repentino ascenso político de Cuauhtémoc Blanco Bravo. En aquel momento resultaba difícil comprender, mediante los criterios tradicionales de la política, cómo un futbolista sin militancia partidista, experiencia administrativa ni conocimiento del servicio público podía convertirse primero en presidente municipal de Cuernavaca y después en gobernador de Morelos. La respuesta no estaba en la ciencia política clásica, sino en la sociedad del espectáculo: Blanco no necesitaba una trayectoria gubernamental porque ya poseía algo mucho más poderoso en una elección dominada por las emociones: fama, reconocimiento y una relación afectiva construida durante años con millones de aficionados.
Busquet describía tres clases de fama. La primera correspondía a quienes integran las élites políticas, económicas o institucionales y ejercen un poder verdadero sobre la comunidad. La segunda estaba formada por artistas, deportistas y figuras del espectáculo que, aunque originalmente carecieran de autoridad institucional, podían convertirse en modelos de referencia para amplios sectores sociales. Era la llamada “élite sin poder”. La tercera era la “fama igualitaria”, aquella que podía alcanzar una persona común simplemente por aparecer de manera constante en los medios, aunque no hubiera realizado nada extraordinario. La televisión ya había demostrado que podía fabricar celebridades sin obra, mérito ni talento especial. Las redes sociales llevarían ese proceso mucho más lejos.
Cuauhtémoc Blanco pertenecía claramente a la segunda categoría. Su celebridad había sido construida en las canchas, no en las oficinas públicas. El problema comenzó cuando aquella “élite sin poder” recibió poder verdadero. El ídolo deportivo, acostumbrado a no rendir cuentas por sus opiniones, decisiones personales o desplantes, quedó convertido en autoridad responsable del presupuesto, la seguridad, la obra pública y el destino de millones de ciudadanos. La camiseta del América, los goles con la Selección Nacional y la popular “Cuauhtemiña” funcionaron como antecedentes políticos. En la boleta electoral, muchos ciudadanos no votaron por un proyecto de gobierno, sino por un recuerdo, una emoción y una figura que sentían cercana.
Hoy la clasificación de Busquet no ha perdido vigencia, pero necesita una actualización. Las tres clases de fama se mezclaron hasta volverse casi indistinguibles. Los gobernantes quieren comportarse como celebridades; los famosos buscan cargos públicos; las personas comunes pueden acumular millones de seguidores; y algunos influencers poseen mayor capacidad de presión que un diputado, un dirigente partidista o el director de un periódico. La “élite sin poder” ya no es necesariamente una élite impotente. Quizá no firme decretos ni apruebe presupuestos, pero puede imponer conversaciones, destruir reputaciones, movilizar consumidores, condicionar candidaturas y colocar a un político contra la pared en cuestión de horas.
El cambio no es menor. En la época de los grandes medios, para llegar a una audiencia masiva era necesario pasar por una redacción, una estación de radio o un canal de televisión. Existían propietarios, directores, editores y reporteros que decidían qué era noticia. Esa estructura podía incurrir en censura, complicidades y enormes abusos, pero también había responsables identificables y ciertos procedimientos profesionales. El periodista debía verificar, contrastar fuentes y responder por lo publicado. En el nuevo ecosistema, cualquier persona con un teléfono puede transmitir para miles o millones sin que nadie le exija comprobar una sola palabra.
México ofrece el terreno perfecto para esta transformación. La Encuesta Nacional sobre Disponibilidad y Uso de Tecnologías de la Información en los Hogares reportó que en 2025 había 104.9 millones de usuarios de internet, equivalentes al 86.1 por ciento de la población de seis años y más. Un año antes, 90.4 por ciento de los internautas ya utilizaba redes sociales. No estamos hablando de un espacio marginal habitado solamente por jóvenes: las plataformas digitales son una de las principales plazas públicas del país. Ahí se informa la gente, pero también se entretiene, compra, discute, se enamora, se indigna y decide por quién votar.
El Digital News Report del Instituto Reuters ha documentado el desplazamiento progresivo del consumo informativo hacia las plataformas sociales y el video. Entre los jóvenes, la visita directa a los portales de noticias se ha desplomado, mientras aumenta el seguimiento de creadores, comentaristas y personalidades digitales. La noticia ya no siempre llega bajo el nombre de un periódico o un noticiero. Puede aparecer entre una rutina de ejercicio, una receta de cocina y un video humorístico, narrada en menos de un minuto por alguien que habla mirando a la cámara desde su casa.
Los influencers entendieron algo que muchos medios tradicionales tardaron demasiado en aceptar: las audiencias no buscan únicamente información, sino identificación. El seguidor siente que conoce al creador porque lo observa desayunar, viajar, discutir con su pareja, mostrar a sus hijos o contar sus problemas. Esa familiaridad, aunque sea unilateral, produce confianza. El influencer no se presenta como una autoridad distante, sino como “uno de nosotros”. Habla sin solemnidad, responde comentarios, utiliza el lenguaje de su comunidad y convierte su vida cotidiana en contenido. Cuando recomienda un restaurante, un producto o un candidato, el mensaje puede parecer el consejo de un amigo y no un anuncio contratado.
Ahí radica su enorme valor comercial y político. Muchos de estos personajes hicieron fortunas monetizando la atención. Cobran por menciones, videos, transmisiones, enlaces, colaboraciones y campañas diseñadas para no parecer campañas. El producto puede ser un perfume, una bebida energética o una candidatura. La mercancía verdadera, sin embargo, es la confianza de sus seguidores. El influencer renta por unos segundos la intimidad que construyó durante años con su audiencia. Y cuanto menos se note que está vendiendo, más eficaz puede resultar la venta.
Sería injusto meterlos a todos en el mismo costal. Hay creadores responsables que investigan, consultan especialistas, transparentan sus patrocinios y explican asuntos complejos con mayor claridad que muchos medios. Algunos han abierto espacios para comunidades históricamente ignoradas y han denunciado abusos que difícilmente habrían encontrado cabida en la prensa convencional. También existen periodistas que supieron adaptarse, construyeron audiencias propias y dejaron de depender completamente de las empresas donde trabajaban. El problema no es que una persona tenga seguidores. El problema surge cuando la popularidad se presenta como sinónimo de conocimiento, independencia o verdad.
La diferencia fundamental entre un periodista y un influencer no reside en el número de seguidores ni en la plataforma utilizada. Está en el método y en la responsabilidad. Un periodista puede equivocarse, pero está obligado a distinguir información de opinión, consultar a las partes, verificar documentos y corregir. El influencer responde principalmente ante su audiencia, sus patrocinadores y el algoritmo. Su incentivo no siempre es explicar lo ocurrido, sino conseguir reproducciones, reacciones y permanencia en pantalla. En las redes, una afirmación moderada y comprobada suele competir en desventaja contra una mentira escandalosa pronunciada con absoluta seguridad.
Los algoritmos agravaron el fenómeno. Antes, una figura pública necesitaba aparecer continuamente en televisión para conservar notoriedad. Ahora, las propias plataformas seleccionan y repiten aquello que provoca miedo, enojo, entusiasmo o rechazo. El contenido más estridente genera interacción y la interacción produce alcance. Así, el aspirante prudente puede ser desplazado por el personaje provocador; la propuesta técnica, por el baile; y el debate público, por la ocurrencia. La política comienza a organizarse alrededor de lo viral y no necesariamente de lo importante.
Cuauhtémoc Blanco necesitó primero ser ídolo nacional para conquistar Morelos. El próximo Cuauhtémoc quizá no requerirá jugar en la Selección Mexicana ni aparecer durante años en Televisa. Le bastará con dominar TikTok, Facebook, Instagram o YouTube, construir una comunidad y transformar seguidores en votos. La nueva “fama igualitaria” permite que cualquier persona alcance notoriedad, pero también facilita que una maquinaria profesional fabrique la apariencia de popularidad mediante publicidad, cuentas coordinadas, bots y reproducciones artificiales. No todo lo que se vuelve tendencia representa a la sociedad. A veces representa solamente a quien pudo pagarla.
La política mexicana ya comprendió el tamaño del negocio. El antecedente más visible ocurrió en 2021, cuando decenas de influencers difundieron mensajes favorables al Partido Verde durante la veda electoral. La autoridad determinó que no se trató de opiniones casuales, sino de una operación organizada y sistemática para posicionar al partido. El INE impuso una multa superior a 40 millones de pesos y sancionó al Verde con la pérdida temporal de sus promocionales en radio y televisión. El episodio mostró tanto el poder de estas campañas como las dificultades para vigilarlas: una recomendación pagada puede disfrazarse fácilmente de simpatía espontánea.
Hacia las elecciones de 2027 veremos una intervención todavía más sofisticada. Algunos influencers serán contratados para promover candidatos; otros buscarán directamente una candidatura; varios funcionarán como golpeadores de adversarios; y muchos negarán cualquier relación económica con los partidos. También aparecerán páginas aparentemente informativas, encuestas sin metodología, entrevistas convenidas, memes producidos desde oficinas de campaña y cuentas dedicadas a repetir acusaciones hasta convertirlas en una “verdad” social. La propaganda ya no llegará siempre con logotipos. Se esconderá dentro del entretenimiento, la indignación y la supuesta conversación ciudadana.
En una elección local, el llamado microinfluencer puede ser más útil que una celebridad nacional. Un creador con veinte mil seguidores concentrados en Cuernavaca, Jiutepec, Cuautla o Temixco posee mayor valor electoral que una estrella con millones de seguidores dispersos por todo el país. Conoce los códigos de la comunidad, habla de sus calles, exhibe los baches, visita sus mercados y puede presentar al candidato como alguien cercano. Los partidos lo saben y seguramente tratarán de incorporar a esas voces a sus estructuras de promoción, aunque las presenten como expresiones independientes.
En Morelos, donde la elección del 6 de junio de 2027 renovará ayuntamientos, diputaciones locales y cargos federales, la disputa digital será especialmente intensa. Cerca de una cuarta parte de la Lista Nominal está integrada por jóvenes, precisamente el sector más expuesto al consumo político mediante videos breves. Para muchos de ellos, el primer contacto con un aspirante no ocurrirá en un mitin, un periódico o un debate, sino en una pantalla vertical. Su percepción podrá quedar definida en treinta segundos por una frase ingeniosa, una edición atractiva o una acusación que jamás fue comprobada.
También crecerá el riesgo de la inteligencia artificial. Audios falsos, fotografías manipuladas y videos fabricados podrán circular con enorme rapidez durante los momentos decisivos de las campañas. Bastará atribuirle una declaración ofensiva a un candidato y distribuirla mediante cuentas con apariencia auténtica. Cuando llegue el desmentido, el daño quizá ya estará hecho. La mentira corre impulsada por la emoción; la aclaración avanza cargando documentos. Frente a esta velocidad, las autoridades electorales continúan aplicando normas concebidas para espectaculares, bardas, radio y televisión.
Los aspirantes, por su parte, corren el riesgo de convertirse en esclavos del personaje creado para las redes. Contratan equipos que les indican cómo vestir, qué desayunar, con qué canción bailar y qué causa abrazar cada semana. La autenticidad termina cuidadosamente guionada. Algunos pueden acumular reproducciones sin construir una sola propuesta de gobierno. Otros confundirán la aprobación digital con respaldo electoral, olvidando que un “me gusta” no equivale a un voto y que las redes amplifican comunidades muy activas, pero no siempre mayoritarias.
La experiencia de Cuauhtémoc Blanco debería servir como advertencia. La popularidad puede ganar una elección, pero no garantiza capacidad para gobernar. El carisma no sustituye al conocimiento; la cercanía no reemplaza a la honestidad; y millones de seguidores no aseguran que alguien sepa administrar recursos públicos, coordinar policías o resolver una crisis. Morelos ya comprobó el costo de entregar poder institucional a una celebridad cuya principal credencial provenía de una cancha de futbol.
La respuesta no consiste en despreciar a los influencers ni en añorar un pasado donde los medios tradicionales controlaban completamente la conversación. Ese mundo terminó. Corresponde exigir transparencia: si existe un pago, debe declararse; si hay propaganda, debe identificarse; si una campaña digital beneficia a un candidato, debe contabilizarse como gasto electoral. Asimismo, periodistas y medios tendremos que recuperar credibilidad con rigor, independencia y cercanía. No basta quejarnos de haber perdido audiencia mientras seguimos comunicando como si las plataformas no hubieran transformado la vida pública.
Busquet habló de una élite sin poder y de personas comunes que podían alcanzar la fama sin hacer nada extraordinario. Hoy ambas categorías poseen la posibilidad real de tomar el poder. Ese es el gran cambio de nuestra época. El influencer puede pasar de promocionar restaurantes a recomendar políticos y, finalmente, convertirse él mismo en candidato. La fama dejó de ser solamente una recompensa social: se volvió capital económico, instrumento electoral y puerta de entrada a los gobiernos.
En 2027, los ciudadanos de Morelos no solamente tendrán que identificar qué candidatos son honestos, capaces y trabajadores. También deberán aprender a distinguir entre información y propaganda, entre popularidad auténtica y notoriedad comprada, entre una comunidad real y un ejército de cuentas falsas. La democracia corre el riesgo de transformarse en un concurso de celebridades donde gane quien produzca el video más emotivo, no quien ofrezca el mejor gobierno. Cuauhtémoc Blanco fue la advertencia temprana. Los influencers pueden ser la siguiente generación de ese fenómeno, multiplicada ahora por millones de pantallas y por algoritmos que conocen nuestras emociones mejor que nosotros mismos.
