MORELOS: DONDE LE RASQUES, BROTA EL PUS

CINTARAZOS
Por Guillermo Cinta Flores
Miércoles 9 de septiembre de 2026
Cuando inicié en el periodismo, hace 53 años, durante la primera mitad de los años setenta, escuchaba una expresión que con el paso del tiempo se me quedó grabada: Guerrero era líder nacional en asesinatos, pero Morelos también tenía lo suyo. Y se agregaba, con esa mezcla de ironía y fatalismo tan nuestra, que en mi tierra —soy originario de Cuernavaca— los morelenses eran capaces de matarse por “quítame estas pajas”. No era una estadística ni una conclusión académica. Era la descripción coloquial de una sociedad donde las armas, las disputas personales, los pleitos por la tierra, las venganzas y una peculiar intolerancia habían acompañado durante generaciones la vida de determinadas regiones.
Más de medio siglo después, aquella expresión dejó de tener gracia.
Este martes 8 de septiembre de 2026, Morelos volvió a contemplarse en uno de sus espejos más terribles. Hasta la hora de escribir estas líneas, nueve personas habían perdido la vida violentamente en distintos puntos del estado. Dos víctimas en Emiliano Zapata; un joven asesinado en Lomas de Jiutepec; un trabajador localizado muerto y con signos de violencia en CIVAC; dos personas asesinadas en Oaxtepec, Yautepec, y dos cuerpos calcinados encontrados en la zona de Lomas del Paraíso, en Tepoztlán.
Nueve.
Y todavía faltaban horas para terminar el día.
NO COMENZÓ AYER
Sería demasiado fácil responsabilizar exclusivamente al gobierno actual. También sería demasiado cómodo para quienes gobiernan actualmente argumentar que todo lo recibieron así.
Las dos cosas serían falsas.
Morelos arrastra una antigua cultura de violencia que durante los últimos veinte años sufrió una transformación mucho más peligrosa: la violencia tradicional terminó encontrándose con el crimen organizado. Y cuando ambas cosas se mezclaron apareció el monstruo que hoy tenemos enfrente.
Antes había pistolas. Hoy abundan armas de alto poder.
Antes existían pleitos entre familias, comunidades o grupos. Hoy existen células criminales disputándose territorios.
Antes se mataba por una parcela, una mujer, una borrachera, una deuda o, como decían nuestros mayores, por “quítame estas pajas”. Hoy también se mata por una plaza, una ruta, un punto de venta de droga, una deuda criminal, una cuota de extorsión o simplemente porque alguien se negó a pagar derecho de piso.
El problema no sustituyó al anterior. Se montó encima de él.
Y así llegamos hasta aquí.
DONDE LE RASQUES, BROTA EL PUS
Hablamos muchísimo —y justificadamente— de homicidios, extorsión, cobro de piso y narcomenudeo. Pero basta rascar un poco debajo de la superficie para encontrar otras economías criminales que desde hace años carcomen a Morelos.
Despojo de tierras.
Tala clandestina.
Extracción ilegal de tierra de monte.
Explotación irregular de cerros.
Invasión y comercialización ilegal de predios.
Asaltos a mano armada.
Robos a comercios.
Atracos a cuentahabientes.
Robo de automóviles.
Robo de motocicletas.
Robo de autopartes.
Robo a casa habitación.
Mercados clandestinos donde alguien roba, alguien compra, alguien protege y alguien cobra.
Donde le rasques, brota el pus.
Y detrás de muchas de esas actividades aparecen inevitablemente dos componentes: armas y corrupción.
Las primeras proliferaron hasta convertirse prácticamente en objetos cotidianos dentro de ciertos ambientes. Ya no sorprende que cualquier chavalo pueda traer una pistola fajada en la cintura. Muchachos de 17, 18, 20 o 25 años pueden disponer de armas con una facilidad que hace décadas habría parecido inconcebible.
Pero las pistolas no caminan solas.
Necesitan mercados, vendedores, compradores, protección y autoridades incapaces o deliberadamente ciegas. ¿Corporaciones involucradas? ¡Qué comes que adivinas!
POLICÍAS Y DELINCUENTES
Aquí aparece otra parte incómoda de nuestra historia reciente.
Morelos lleva demasiados años padeciendo corporaciones policiacas penetradas, infiltradas o directamente coludidas con grupos criminales.
No significa que todos los policías sean delincuentes. Sería profundamente injusto afirmarlo. Hay buenos elementos, algunos de los cuales incluso han perdido la vida cumpliendo con su deber.
Pero también sería ingenuo negar algo que infinidad de expedientes, detenciones, denuncias y acontecimientos han exhibido durante años: el crimen organizado no podría haber alcanzado semejante profundidad territorial sin algún grado de protección institucional.
Porque para controlar una región no basta tener sicarios.
Hay que saber quién entra.
Quién sale.
Dónde habrá un operativo.
Quién denunció.
Quién investiga.
Quién transporta mercancía.
Quién controla determinada colonia.
Y, sobre todo, quién puede ser comprado.
Ahí comienza la verdadera descomposición.
MUNICIPIOS: LA PUERTA MÁS DÉBIL
Y llegamos a los ayuntamientos.
Morelos es un estado pequeño, con enormes carencias financieras y municipios históricamente pobres. Sin embargo, durante décadas hemos visto desfilar administraciones municipales donde alcaldes, regidores y funcionarios parecen llegar convencidos de que el presupuesto público constituye un botín.
Cambian los partidos.
Cambian los presidentes municipales.
Cambian los colores.
Pero demasiadas veces permanece el saqueo.
Administraciones endeudadas, nóminas infladas, aviadores, contratos dudosos, proveedores privilegiados, obra pública cuestionable, policías mal pagados y municipios que terminan cada trienio financieramente destrozados.
Y entonces aparece la paradoja: el nivel de gobierno que debería representar la primera línea de defensa del ciudadano es precisamente uno de los más débiles, penetrables y, demasiadas veces, corruptos.
¿Cómo combatir estructuras criminales millonarias con policías municipales mal pagados, mal equipados y, en ocasiones, infiltrados?
La respuesta está frente a nosotros.
No se combate.
Se administra el desastre.
MUCHOS UNIFORMES, POCOS RESULTADOS
Por eso tampoco debería impresionarnos demasiado observar convoyes de la Guardia Nacional, Ejército, fuerzas estatales y corporaciones municipales recorriendo las calles.
Morelos ya vio esa película.
Durante el gobierno de Marco Adame Castillo, entre 2006 y 2012, vivimos aquellos operativos de Morelos Seguro. Llegaron elementos federales procedentes de otras entidades. Hubo retenes, patrullajes, despliegues espectaculares y una enorme presencia de uniformados.
También hubo abusos.
Recuerdo perfectamente las denuncias y los excesos cometidos por algunos de aquellos agentes federales y también por militares. De estos últimos me ocuparé en otra ocasión porque merecen una columna aparte.
El punto es otro:
llenar las calles de uniformes no significa recuperar el territorio.
Puedes mandar cien patrullas a Cuautla y abandonar otras regiones.
Puedes concentrar fuerzas federales en una ciudad mientras células criminales se desplazan hacia municipios vecinos.
Puedes instalar retenes mientras los delincuentes conocen perfectamente dónde están.
Puedes detener vendedores de droga mientras permanecen intactas las estructuras financieras y los mandos.
Puedes presumir operativos mientras siguen cobrando derecho de piso.
Y puedes llenar fotografías oficiales de soldados, guardias nacionales y policías mientras los cadáveres continúan apareciendo.
EL RIESGO DE LA SIMULACIÓN
Por eso observo con particular cuidado el llamado Plan Cuautla.
Ojalá funcione.
Morelos necesita desesperadamente que funcione.
Pero precisamente porque necesitamos resultados debemos evitar convertirlo en propaganda.
La seguridad pública no puede medirse por número de patrullas, reuniones, fotografías, retenes, sobrevuelos, soldados desplegados ni comunicados.
Se mide por resultados.
¿Bajaron los homicidios?
¿Disminuyó la extorsión?
¿Dejaron los comerciantes de pagar piso?
¿Cayeron los principales generadores de violencia?
¿Se desarticularon las estructuras financieras?
¿Los ciudadanos volvieron a sentirse seguros?
Eso es seguridad.
Lo demás puede terminar siendo escenografía.
Y existe un peligro adicional: concentrar la estrategia en Cuautla mientras otras regiones de Morelos son azotadas por células delincuenciales.
Los criminales también leen el mapa.
También observan los movimientos policiacos.
También modifican sus operaciones.
También cambian de municipio.
La delincuencia no respeta límites territoriales.
La burocracia sí.
NUEVE CADÁVERES DESPUÉS
Entonces regresamos a este martes.
Nueve muertos.
Nueve personas en diferentes puntos de Morelos durante una misma jornada.
No sabemos todavía si mañana serán menos.
O más.
Lo verdaderamente grave es que hemos comenzado a acostumbrarnos.
Un ejecutado ya casi no sorprende.
Dos tampoco.
Un embolsado se convierte en una publicación más.
Un cuerpo calcinado compite durante unas horas por espacio en las redes sociales.
Dos cadáveres aparecen y la maquinaria informativa simplemente actualiza el contador.
Ese quizá sea uno de nuestros mayores fracasos colectivos: la normalización de la barbarie.
Después de 53 años de ejercer el periodismo puedo asegurar algo: Morelos siempre tuvo violencia.
Pero esto es diferente.
Durante las últimas dos décadas dejamos crecer un ecosistema criminal alimentado por armas, corrupción, impunidad, policías infiltradas, gobiernos municipales saqueados, economías ilegales y una sociedad que paulatinamente fue acostumbrándose a convivir con todo ello.
Por eso nadie debería decirse sorprendido por jornadas como la de este martes.
Los nueve muertos no aparecieron de la nada.
Son consecuencia.
Y mientras las autoridades continúen combatiendo solamente los síntomas, aparecerán otros nueve.
Después otros.
Y otros.
Porque debajo de los operativos, las estadísticas, los discursos y las fotografías oficiales permanece una realidad que cada vez resulta más difícil ocultar:
Morelos está enfermo.
Y donde le rasques,
brota el pus.
