CUANDO EL LADRÓN YA DECIDIÓ QUE LO TUYO ES SUYO

CINTARAZOS
Por Guillermo Cinta Flores
Miércoles 23 de septiembre de 2026
El asesinato de la estudiante española Claudia Tacoronte Aguilera en Cuautla nos obliga a regresar a un asunto del que hemos escrito antes y que hoy adquiere una dimensión dolorosamente real: ¿qué debe hacer una persona cuando un delincuente la sorprende para robarle? Claudia tenía apenas 21 años. La investigación estableció que Francisco Javier “N”, alias “El Trompas”, entró a la Casa de la Cultura cuando ella se encontraba cerca de la entrada utilizando su teléfono celular. El fiscal de Morelos confirmó posteriormente que el aparato fue robado. Claudia fue atacada con un arma blanca y murió ahí. No sabemos con precisión qué ocurrió durante aquellos segundos ni debemos llenar los vacíos con suposiciones. Mucho menos responsabilizar a la víctima. La responsabilidad pertenece exclusivamente a quien decidió robar y matar. Pero la tragedia deja una enseñanza preventiva que sería irresponsable ignorar.
Hace tiempo escribimos aquí una idea que vale la pena repetir: cuando un ladrón fija la mirada en una persona y decide quitarle el teléfono, la cartera, el reloj, la motocicleta o el automóvil, en su mente criminal muchas veces ese objeto ya le pertenece. Es absurdo, por supuesto, pero así debemos entender el enorme peligro de esos segundos. Si la víctima se resiste, el delincuente puede interpretar que alguien le está impidiendo llevarse aquello que ya decidió apropiarse. Y cuando enfrente tenemos a un sujeto armado, drogado, alcoholizado, desesperado o simplemente dispuesto a ejercer violencia, nadie puede saber cuál será su reacción. Un teléfono de 20 mil pesos puede recuperarse. Una camioneta puede reponerse. Una vida, jamás.
Conviene también hablar correctamente. El Código Penal de Morelos parte de una definición sencilla del robo: apoderarse de una cosa mueble ajena, con ánimo de dominio y sin consentimiento de quien legalmente pueda otorgarlo. Pero una cosa es que alguien sustraiga clandestinamente un objeto y otra muy distinta que para obtenerlo o conservarlo amenace, golpee, someta o utilice un arma contra la víctima. En el lenguaje cotidiano solemos llamar a esto “asalto”, y si aparece una pistola hablamos de “asalto a mano armada”; sin embargo, jurídicamente lo importante será determinar el robo y las modalidades, calificativas o agravantes que concurran, además de los otros delitos que eventualmente se cometan. Una pistola, un cuchillo o cualquier otro medio capaz de causar lesiones transforma por completo el nivel de riesgo para la víctima.
Las estadísticas pueden decir que determinados robos disminuyen y las autoridades tienen derecho a mostrar esos resultados. El Gobierno federal, por ejemplo, informó que durante el primer semestre de 2026 disminuyeron en Morelos algunos indicadores, entre ellos el robo a transportista con violencia, el robo a casa habitación con violencia y el robo a transeúnte. Pero existe otra realidad mucho más difícil de medir: el miedo. El miedo de caminar mirando hacia atrás; de sacar el teléfono en una calle solitaria; de detenerse en un semáforo durante la madrugada; de que una motocicleta con dos sujetos se empareje junto al automóvil. El robo violento produce una sensación especialmente brutal de indefensión porque invade, en segundos, la esfera más inmediata de una persona: alguien decide que puede amenazarla y disponer de sus pertenencias.
Y existe todavía otro problema: muchísimas víctimas ni siquiera denuncian. La ENVIPE 2026 del INEGI estimó que 93.4 por ciento de los delitos ocurridos en México durante 2025 no fueron denunciados o no terminaron con una carpeta de investigación. Detrás de esa cifra negra hay diversas razones, pero también una percepción ciudadana profundamente dañina: “¿para qué voy al Ministerio Público si no va a pasar nada?”. Ahí tenemos un círculo perverso. El ciudadano no denuncia porque desconfía; al no existir denuncia, numerosos delitos quedan fuera de los registros y se dificulta investigarlos; y cuando los delincuentes advierten que pueden actuar sin consecuencias, vuelven a hacerlo. El propio caso de “El Trompas” merece atención por ello: después de su captura, el fiscal informó que tenía antecedentes relacionados con robos.
¿Qué hacer entonces ante un asalto? No existe una fórmula que garantice salir ileso, porque cada situación es diferente, pero hay principios elementales de supervivencia. No enfrentar al delincuente si está armado; evitar movimientos bruscos; no intentar arrebatarle el arma; avisar antes de meter la mano al bolsillo o abrir una bolsa; entregar los objetos materiales si eso permite terminar rápidamente la agresión; no perseguir al ladrón y buscar inmediatamente un sitio seguro. Después vendrán el 911, la denuncia, el bloqueo de tarjetas y teléfonos, la descripción del agresor y cualquier dato que pueda servir a las autoridades. Durante el asalto, en cambio, el objetivo fundamental debe ser uno: salir vivo.
También debemos abandonar aquella idea del “a mí no me va a pasar”. Puede ocurrir en una avenida transitada, afuera de una tienda, dentro de un transporte público, al estacionar el automóvil o caminando unas cuadras hacia casa. Y cuando ocurre, generalmente no hay tiempo para elaborar estrategias. Por eso estas recomendaciones deben conocerse antes. Si el delincuente exige el celular, la cartera o las llaves del vehículo, que se los lleve. Eso no significa cobardía ni resignación frente al crimen. Significa comprender que ninguna pertenencia merece una puñalada o un balazo.
Finalmente, tampoco podemos trasladar toda la responsabilidad de sobrevivir al ciudadano. La obligación de impedir que nos asalten corresponde al Estado. Los ciudadanos podemos adoptar precauciones, pero son las policías, las fiscalías y los tribunales quienes deben detener, investigar y sancionar. Y ahí está quizá la batalla más importante: conseguir que denunciar vuelva a tener sentido. Que una víctima sepa que perder algunas horas ante el Ministerio Público servirá para algo; que su carpeta será investigada; que las cámaras serán revisadas; que los reincidentes no continuarán tranquilamente en las calles. Mientras eso no suceda, permanecerá una de las peores consecuencias de la inseguridad: no solamente el miedo a perder nuestras cosas, sino la sensación de que, cuando alguien nos las arrebata, estamos solos frente al delincuente.
