Morelos bebe por encima del promedio nacional: alcohol, jóvenes y violencia, una mezcla de riesgo
El consumo de alcohol en Morelos dejó de ser solamente una percepción asociada a fiestas, reuniones familiares o fines de semana. Los datos más recientes disponibles colocan al estado entre las entidades del país con mayor proporción de consumidores: 52.6 por ciento de la población de 10 años o más reportó haber consumido alcohol durante los 12 meses anteriores, frente a un promedio nacional de 48.2 por ciento. Con esa cifra, Morelos ocupa el quinto lugar nacional. Más preocupante aún: 35.9 por ciento registra consumo excesivo de alcohol, ligeramente por encima del 34.9 por ciento nacional.
La radiografía por edades permite ubicar dónde se concentra el fenómeno. Entre los 18 y 34 años, el 69.2 por ciento de los morelenses reportó consumo de alcohol, lo que coloca al estado en cuarto lugar nacional para ese grupo, solamente detrás de Aguascalientes, Ciudad de México y San Luis Potosí. El problema tampoco desaparece con la edad: entre los 35 y 49 años, la prevalencia alcanza 65.3 por ciento, mientras que entre quienes tienen 50 años o más todavía llega a 45.3 por ciento. Incluso entre adolescentes de 10 a 17 años, el indicador alcanza 15 por ciento, ligeramente arriba del promedio nacional de 14.4 por ciento.
La información también confirma que el consumo sigue siendo mayor entre los hombres que entre las mujeres. El análisis del Instituto Nacional de Salud Pública encontró esa diferencia en todas las entidades federativas, aunque especialistas de Servicios de Salud de Morelos han advertido también sobre el crecimiento del consumo entre mujeres y adolescentes. El propio gobierno estatal puso en marcha una campaña dirigida específicamente a jóvenes de 18 a 30 años para prevenir el consumo excesivo, señal de que las autoridades sanitarias identifican precisamente en ese sector uno de los principales grupos de riesgo.
¿Y qué relación tiene todo esto con la violencia?
Aquí aparece un antecedente revelador. Un estudio realizado en zonas de atención prioritaria de Cuernavaca, Cuautla, Jiutepec y Temixco encontró que 36.9 por ciento de las personas encuestadas reportó haberse peleado alguna vez con alguien mientras estaba bajo los efectos del alcohol o drogas; en Cuautla el porcentaje llegó a 40.4 por ciento. Entre quienes habían protagonizado esas peleas, una parte importante señaló que la primera experiencia ocurrió entre los 13 y 19 años. Son datos anteriores a la actual Ensanut y no deben presentarse como la situación municipal de 2026, pero constituyen un antecedente local que muestra la conexión que puede existir entre intoxicación y conductas violentas.
El alcohol no convierte automáticamente a una persona en delincuente ni explica por sí solo los homicidios, agresiones o hechos de violencia que ocurren en Morelos. Sin embargo, funciona como factor de riesgo y desinhibidor: puede reducir el autocontrol, aumentar conductas impulsivas y agravar conflictos que en otras circunstancias quizá no escalarían. Algo similar ocurre en las carreteras. Servicios de Salud de Morelos mantiene al consumo de alcohol, junto con el exceso de velocidad y las distracciones, entre los principales factores de riesgo de accidentes vehiculares y ha reforzado sus llamados preventivos precisamente durante temporadas de fiestas y mayor convivencia social.
El problema, entonces, rebasa ampliamente el concepto tradicional de “alcoholismo”. Los números hablan de una cultura de consumo extendida durante décadas, que hoy alcanza especialmente a jóvenes y adultos en edades productivas. Y cuando ese consumo excesivo coincide con noches de viernes y sábado, fiestas, bares, reuniones, conducción de vehículos, discusiones familiares o conflictos personales, aumenta el terreno para accidentes, lesiones y agresiones. La estadística disponible no permite atribuir al alcohol todos los episodios violentos de un fin de semana, pero sí permite plantear una pregunta de política pública que Morelos parece haber dejado durante años en segundo plano: ¿cuánto de la violencia cotidiana podría evitarse con una estrategia mucho más agresiva de prevención del consumo excesivo, alcoholímetros permanentes, control efectivo de venta a menores y vigilancia de horarios y puntos de venta?
