CONTROL COERCITIVO: NOMBRAR LA VIOLENCIA INVISIBLE PARA DEJAR DE CONTARLA
CINTARAZOS
Por Guillermo Cinta Flores
Jueves 11 de junio de 2026
En una sociedad que aún mide la violencia principalmente por moretones y sangre, la iniciativa presentada este martes por la diputada Luz Dary Quevedo Maldonado en el Congreso de Morelos representa un avance civilizatorio significativo. Proponer que el Código Penal reconozca y sancione el control coercitivo como delito no es un gesto simbólico; es un intento de cerrar una de las grietas más peligrosas por las que se cuela la violencia de género antes de volverse letal.
El control coercitivo no grita. Susurra. Aísla, vigila el teléfono, revisa los gastos, decide con quién se puede hablar, humilla en privado, amenaza con quitar a los hijos, erosiona la autoestima gota a gota hasta que la víctima ya no reconoce su propia voz. No deja huesos rotos, pero destruye proyectos de vida. Y lo más perverso: durante años ha operado en esa “zona gris” donde el daño es real, pero la ley no lo veía. Muchas mujeres han terminado en la morgue después de años de un infierno que no tenía nombre jurídico claro.
Morelos, lamentablemente, conoce bien estas historias. Figura entre las entidades con mayores índices de feminicidio, con casos especialmente dolorosos en Cuautla y Cuernavaca. Detrás de cada estadística hay mujeres que fueron aisladas, controladas económicamente y sometidas psicológicamente mucho antes del golpe final. La iniciativa de Quevedo Maldonado busca intervenir en esa fase previa, cuando todavía es posible salvar vidas.
La propuesta es precisa: adicionar un capítulo que castigue el ejercicio sistemático y reiterado de conductas de dominación, manipulación, subordinación o aislamiento dirigidas a anular la autonomía, la libertad de decisión o el libre desarrollo de la personalidad. No se trata de penalizar discusiones de pareja ni celos puntuales. Se trata de patrones continuos de abuso que convierten una relación en una cárcel sin barrotes.
Es especialmente relevante el respaldo de organizaciones como Mujeres que Inspiran, encabezada por Nadia Ivonne Becerril, que han acompañado a víctimas de abuso psicopático narcisista y violencia emocional. Ellas saben mejor que nadie que muchas sobrevivientes no llegan a denunciar golpes porque primero fueron destruidas desde adentro. Darles herramientas jurídicas es darles oxígeno.
Algunos criticarán que se “judicialice” la vida privada o que sea difícil probar este tipo de violencia. La respuesta es sencilla: ya judicializamos el homicidio, que es su desenlace más trágico. Mejor prevenir que lamentar. Y en materia de prueba, los jueces ya manejan conceptos complejos como el acoso o la violencia psicológica en otros ámbitos; simplemente se trata de afinar el instrumento.
No queremos más monumentos a víctimas ni minutos de silencio. Queremos menos víctimas. La reforma propuesta por la diputada Quevedo Maldonado envía un mensaje claro: la libertad de las mujeres no es negociable ni siquiera dentro de una relación. El amor no controla, no aísla, no somete. Quien lo hace, debe rendir cuentas ante la ley.
Ojalá el Congreso de Morelos apruebe esta iniciativa sin diluirla. Y ojalá otras entidades la sigan. Porque visibilizar el control coercitivo no es solo legislar: es devolverle la dignidad y la autonomía a miles de mujeres que hoy viven con miedo silencioso. Es, en el fondo, elegir la vida sobre la resignación.
