CUANDO EL MIEDO TAMBIÉN ENTRE A LAS AULAS: EL CASO DE LA PREPA 2 DE CUERNAVACA
Lo ocurrido este lunes en la Preparatoria Número 2 de la UAEM no debería reducirse a determinar si el mensaje que circuló entre estudiantes era verdadero, falso o producto de una irresponsable ocurrencia. El dato verdaderamente delicado es otro: bastaron unas cuantas palabras advirtiendo sobre personas armadas, disparos o incluso un supuesto artefacto explosivo para que decenas de adolescentes llamaran a sus padres y les pidieran que fueran por ellos. Tuvieron miedo. Y sus padres también. Esa reacción dice mucho sobre el ambiente en el que actualmente están creciendo nuestros jóvenes.
Naturalmente, cualquier amenaza de esta naturaleza debe investigarse hasta sus últimas consecuencias. Es indispensable establecer quién originó el mensaje, desde qué dispositivo o cuenta fue enviado, cuál fue su propósito y si existió algún elemento real detrás de la advertencia. Las amenazas contra escuelas no pueden considerarse bromas ni travesuras juveniles. Una falsa alarma puede provocar pánico, estampidas, accidentes y movilizaciones innecesarias de los cuerpos de seguridad; pero ignorar una amenaza auténtica tendría consecuencias mucho más graves. Por eso, frente a estos episodios, los protocolos deben activarse siempre y las autoridades deben informar con rapidez y claridad.
Sin embargo, existe un contexto imposible de ignorar. Apenas el pasado 26 de septiembre fueron asesinados dos adolescentes estudiantes de esa misma Preparatoria 2 en la colonia Chulavista de Cuernavaca. Para sus compañeros, padres y maestros, aquello no pertenece todavía al pasado: ocurrió hace apenas unos días. Es comprensible entonces que cualquier advertencia sobre armas o posibles ataques encuentre una comunidad particularmente sensible. Ya no estamos hablando solamente del temor abstracto a la violencia que aparece todos los días en las noticias, sino de jóvenes que han visto cómo la inseguridad alcanzó a compañeros que caminaban por los mismos pasillos y ocupaban las mismas aulas.
Ahí se encuentra quizá la parte más preocupante. Durante generaciones, los padres enviaban a sus hijos a la escuela convencidos de que permanecerían durante varias horas en uno de los lugares más seguros posibles. Hoy, en cambio, una llamada inesperada desde un plantel puede disparar inmediatamente la angustia. ¿Qué padre no acudiría de inmediato si su hijo le dice que existe el rumor de que alguien lleva un arma? ¿Qué adolescente puede concentrarse plenamente en sus estudios cuando empieza a preguntarse si algo puede ocurrir dentro o fuera de su escuela? Cuando el miedo modifica rutinas, provoca evacuaciones familiares espontáneas y obliga a mirar con desconfianza aquello que antes considerábamos cotidiano, tenemos un problema social mucho más profundo.
Por fortuna, hasta ahora no se ha confirmado la presencia de armas ni explosivos en la Preparatoria 2. Ojalá todo termine acreditándose como una falsa alarma. Pero incluso en ese escenario quedará una advertencia que no deberíamos minimizar: nuestros muchachos tienen miedo y sus padres también. La seguridad escolar ya no puede limitarse a colocar policías afuera de los planteles cuando surge una emergencia; exige prevención, protocolos conocidos por estudiantes y maestros, canales inmediatos de comunicación con las familias y mecanismos capaces de detectar amenazas antes de que se conviertan en tragedias. Porque una sociedad debería preocuparse profundamente cuando sus jóvenes empiezan a considerar posible que la violencia también pueda entrar, cualquier mañana, por la puerta de su escuela.
