DE MÉNDEZ ARCEO A RAMÓN CASTRO: LA SOTANA NUNCA HA ESTADO FUERA DE LA POLÍTICA
LA CRÓNICA DE MORELOS
Lunes 31 de agosto de 2026
La Catedral de Cuernavaca volvió a convertirse este domingo en algo más que un recinto para la celebración religiosa. Desde su púlpito, y acompañado por tres prelados procedentes de Estados Unidos y Canadá, Ramón Castro Castro anunció la participación coordinada de las iglesias católicas de los tres países frente a la crisis migratoria. La causa es humanitaria y difícilmente podría objetarse; sin embargo, el episodio confirma algo que en Morelos conocemos desde hace décadas: los obispos de Cuernavaca nunca han permanecido completamente alejados de los asuntos públicos y Ramón Castro, ahora presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano, ha llevado ese activismo a una dimensión nacional e internacional.
La Diócesis de Cuernavaca fue erigida en 1891 y desde entonces ha estado encabezada por personajes de perfiles muy distintos. Fortino Hipólito Vera y Talonia gobernó de 1894 a 1898; le siguieron Francisco Plancarte y Navarrete, entre 1898 y 1911; Manuel Fulcheri y Pietrasanta, de 1912 a 1922; Francisco Uranga y Sáenz, de 1927 a 1930; Francisco María González Arias, de 1931 a 1946, y Alfonso Espino y Silva, de 1947 a 1951. Eran tiempos en que las relaciones entre la Iglesia y el poder civil todavía cargaban las cicatrices de las luchas religiosas y de un Estado mexicano empeñado en marcarle límites al clero.
Pero la historia contemporánea del obispado morelense comenzó verdaderamente con Sergio Méndez Arceo, quien ocupó la Diócesis de 1952 a 1982. Conocido como “el Obispo Rojo”, fue una figura de enorme influencia ideológica, social y política. Cercano a los movimientos populares, defensor de presos políticos, crítico del autoritarismo y promotor de una Iglesia comprometida con los pobres, convirtió a Cuernavaca en uno de los centros más visibles del catolicismo progresista en América Latina. Con él quedó demostrado que desde el púlpito también podía hacerse política, aunque se presentara como acompañamiento pastoral.
A Méndez Arceo lo sustituyó Juan Jesús Posadas Ocampo, entre 1982 y 1987. Su perfil fue distinto: institucional, conservador y cuidadoso de las formas. Posteriormente fue enviado a Guadalajara, donde alcanzó el cardenalato y murió asesinado en 1993, en un episodio que todavía conserva zonas oscuras. Después llegó Luis Reynoso Cervantes, quien permaneció al frente de la Diócesis desde 1987 hasta su fallecimiento, ocurrido en diciembre de 2000. Reynoso tampoco fue ajeno a los procesos electorales: calificó como “pecados graves” la inducción del voto y el abstencionismo, y sus homilías solían contener críticas hacia los gobernantes en turno.
Tras un periodo de interinatos, en marzo de 2002 tomó posesión Florencio Olvera Ochoa, proveniente de Tabasco. Su paso por Morelos quedó marcado por los llamados “decálogos de pecados electorales”, publicados en 2003, 2006 y 2009. Sus detractores lo acusaron de pretender orientar el voto de los católicos y hubo denuncias ante la Secretaría de Gobernación por una posible violación al principio constitucional de separación entre las iglesias y el Estado. Se hizo mucho ruido, pero las sanciones nunca llegaron. Olvera continuó interviniendo en asuntos electorales hasta que dejó el cargo por límite de edad.
En julio de 2009 fue nombrado Alfonso Cortés Contreras, procedente del poderoso clero de Monterrey y con una larga trayectoria dentro de las instituciones vaticanas. Su perfil fue más discreto, pero tampoco estuvo desvinculado del poder. Gobernadores, funcionarios y candidatos buscaron su interlocución y su bendición. En julio de 2012, cuando Graco Ramírez era gobernador electo, acudió a reunirse con él en la sede del Obispado. Como siempre ha sucedido en Morelos, el poder civil buscaba legitimidad moral y la jerarquía eclesiástica conservaba abierta la puerta de la negociación política.
Ramón Castro Castro llegó a Cuernavaca en mayo de 2013, procedente de la Diócesis de Campeche. Desde el principio mostró un estilo distinto: mediático, frontal y extraordinariamente activo. Sus desencuentros con Graco Ramírez estuvieron relacionados inicialmente con la inseguridad y después con asuntos como el aborto y los matrimonios igualitarios, pero también existió un trasfondo económico. En una comida con empresarios locales se le atribuyó aquella frase reveladora: “Graco no nos da nada”. Al mismo tiempo, el entonces diputado federal Matías Nazario gestionó alrededor de 75 millones de pesos para trabajos de restauración de la Catedral.
A partir de entonces, Ramón Castro convirtió las caminatas por la paz, las homilías y los pronunciamientos dominicales en instrumentos de presión pública. Se enfrentó con Graco Ramírez, sostuvo una relación inicialmente cordial con Cuauhtémoc Blanco y después se transformó en uno de sus críticos más constantes. También recibió a candidatos, dirigentes partidistas y funcionarios públicos. Su discurso suele moverse entre la legítima preocupación pastoral por la violencia, la defensa de los migrantes y las víctimas, y una inocultable vocación por intervenir en los grandes debates políticos.
Su elección como presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano, para el periodo 2024-2027, amplió considerablemente su radio de influencia. Ya no habla únicamente como obispo de Cuernavaca, sino como representante de la jerarquía católica nacional. Cada declaración suya puede impactar en la relación de la Iglesia con el gobierno de Claudia Sheinbaum, en el debate sobre la violencia, en las políticas migratorias y hasta en la interlocución con los episcopados de Estados Unidos y Canadá.
La presencia en Cuernavaca de Daniel Flores, obispo de Brownsville, Texas y vicepresidente del episcopado estadounidense; Óscar Cantú, obispo de San José, California, y Pierre Goudreault, obispo de Sainte-Anne-de-la-Pocatière y presidente de la Conferencia Canadiense de Obispos Católicos, confirma esa nueva dimensión. Los prelados pretenden “hablar con una sola voz” ante una crisis migratoria que atraviesa fronteras y que se ha agravado por las deportaciones, las restricciones al asilo y el endurecimiento de las políticas estadounidenses.
Nadie podría reprochar a la Iglesia su defensa de los migrantes, perseguidos, desplazados y expulsados por la pobreza o la violencia. El cuestionamiento comienza cuando la autoridad moral se mezcla con intereses políticos, cuando el púlpito sustituye a la tribuna y cuando las causas sociales sirven también para acumular influencia frente a los gobiernos.
Ramón Castro Castro es una figura controversial porque nunca ha ocultado su gusto por los reflectores ni su voluntad de intervenir en la vida pública. Hoy, desde la presidencia del Episcopado Mexicano, su voz se escucha mucho más lejos, pero también deberá estar sometida a un escrutinio mayor. Porque la historia de los obispos de Cuernavaca demuestra que la sotana jamás ha estado completamente fuera de la política; únicamente han cambiado sus métodos, sus alianzas y el tamaño del escenario.
