POLICÍAS CON TENDENCIAS AL SUICIDIO EN MORELOS Y EN TODO EL PAÍS
ANÁLISIS
Por Guillermo Cinta Flores
Viernes 17 de julio de 2026
Los medios de comunicación suelen ofrecer retratos heroicos y romantizados de las fuerzas del orden, bomberos y equipos médicos que responden a emergencias, calamidades y eventos trágicos. Sin embargo, con frecuencia omiten las secuelas psicológicas y el trauma que deja la exposición constante a la violencia, el dolor y la muerte.
Los policías, en particular, ven a las personas en sus peores momentos. Les resulta difícil mantener relaciones sanas con sus parejas, trabajan bajo presión permanente, sienten que “todo el mundo les odia” y su principal refugio termina siendo el propio gremio. “Los policías alzamos un muro hasta que este finalmente se derrumba… y básicamente nos juntamos para beber, porque es la tirita que cubre una herida abierta”, me dijo en su momento un policía conocido.
Los exámenes de control de confianza que se aplican a las corporaciones —incluidas las 36 municipales de Morelos— deberían, en teoría, detectar problemas graves como tendencias suicidas o, en casos extremos, violentas. Pero la realidad muestra que no siempre es suficiente.
Las corporaciones policíacas están integradas por seres humanos falibles. El trabajo policial expone diariamente a sus integrantes a efectos negativos que pueden alterar su personalidad, sus hábitos sociales, sus relaciones familiares y su desempeño profesional.
Carmen Brufao Curiel, trabajadora social de la Universidad Complutense de Madrid, en su ensayo “Una aproximación a las enfermedades profesionales del policía”, señala que el estrés crónico proviene del paso de los años en servicio, situaciones dramáticas (tiroteos, muerte de compañeros, heridas), malas condiciones laborales, bajos sueldos, sobrecarga de trabajo, estereotipos sociales, falta de reconocimiento y malos ejemplos de los mandos. Cada escándalo de corrupción de altos jefes afecta moralmente a toda la base.
Estos factores generan tensiones y angustias. La forma ideal de manejarlas sería aceptar la profesión con sus pros y contras, asimilar los momentos oscuros. Cuando no ocurre, el policía puede derivar en dos caminos principales: endurecimiento emocional o trastornos personales (dolencias psicosomáticas, depresión, neurosis, psicosis).
En México, los controles de confianza han revelado, en Morelos y otras entidades, elementos con tendencias suicidas o al asesinato. Algunos se convierten en potenciales aliados de la delincuencia o simplemente se aíslan.
Conforme pasa el tiempo y las expectativas no se cumplen, muchos construyen una “coraza” que los aísla. Se vuelven pasivos, se endurecen. Su rendimiento baja y quienes los rodean (familia, compañeros) lo notan primero. Ellos mismos rara vez piden ayuda.
Este patrón se repite en todo el país. Un caso reciente y dolorosamente ilustrativo ocurrió el 14 de julio de 2026 en León, Guanajuato. Orlando García Maciel, policía municipal de 27 años adscrito a la Unidad de Revisión Vehicular (Policía Vial), se lanzó desde lo alto del Distribuidor Vial Juan Pablo II mientras estaba en servicio. Antes de hacerlo, grabó y compartió un video de despedida en el que hablaba con serenidad de su “depresión silenciosa” que lo había consumido durante mucho tiempo.
En el mensaje, dirigido a familia, amigos y compañeros, dejó un claro llamado:
“Por favor, siempre tomen como primordial su salud mental… Quiéranse, cuídense mucho, platiquen con su familia, valórense… No se pongan tristes, ya llevaba yo mucho tiempo pasando por una depresión silenciosa que me terminó consumiendo… El día que me recuerden, puedan decir: ‘Ese Maciel era un buen tipo’.”
Compañeros intentaron disuadirlo, pero no lo lograron. Su muerte fue instantánea. El caso reabrió el debate nacional sobre la salud mental en las corporaciones policiales y recordó que, detrás del uniforme, hay seres humanos expuestos a un desgaste extremo.
Al inicio de su carrera, la mayoría de policías muestra un compromiso profundo. Con el tiempo, las frustraciones —falta de ascensos, salarios estancados, ausencia de estímulos, decepción ante una sociedad que a veces los estigmatiza— pueden llevar a la apatía, el cinismo y la sensación de inutilidad.
Existe un porcentaje mayor de “endurecimiento” que de trastornos visibles, precisamente porque los perfiles seleccionados suelen ser estables y extrovertidos, pero también menos propensos a mostrar vulnerabilidad. Esa misma fortaleza se vuelve coraza protectora que, a la larga, resulta dañina.
El caso de Orlando García Maciel no es aislado. Refuerza lo que ya se sabía en Morelos desde los estudios de control de confianza de 2012-2013 bajo la entonces Secretaria de Seguridad Alicia Vázquez Luna: muchos elementos activos portan cargas emocionales que pueden derivar en tragedia si no se atienden a tiempo.
Es urgente pasar de los exámenes reactivos a una verdadera política de prevención, con atención psicológica continua, rotación de turnos, apoyo familiar, mejores condiciones laborales y, sobre todo, eliminar el estigma de que “pedir ayuda es debilidad”. Porque, como dejó claro Orlando en su último mensaje, la depresión no respeta uniforme ni edad. Y los que nos cuidan también necesitan que alguien los cuide.
