SHEINBAUM Y LOS RIESGOS DE GOBERNAR CON EL MICRÓFONO SIEMPRE ENCENDIDO

CINTARAZOS
Por Guillermo Cinta Flores
Lunes 5 de octubre de 2026
La comunicación cotidiana ha sido uno de los instrumentos políticos más poderosos de los gobiernos de la llamada Cuarta Transformación. Claudia Sheinbaum decidió conservar las conferencias matutinas inauguradas por Andrés Manuel López Obrador y, con ellas, la posibilidad de establecer agenda, responder directamente a sus críticos y comunicar prácticamente todos los días las decisiones de su gobierno. El modelo tiene ventajas evidentes. Pero también comienza a mostrar un riesgo que quizá merezca mayor atención: la sobreexposición presidencial.
Una presidenta que aparece ante los medios prácticamente todos los días está obligada a responder sobre casi cualquier asunto imaginable: seguridad, economía, política exterior, elecciones, partidos, empresarios, gobernadores, investigaciones judiciales, tragedias, declaraciones de adversarios y hasta acontecimientos ocurridos apenas unas horas antes. Ningún equipo de comunicación puede anticipar todas las preguntas. Y mientras mayor sea la exposición, mayor será también la posibilidad de una imprecisión, una contradicción o una respuesta provocada más por la reacción inmediata que por el contenido exacto de la pregunta.
Un ejemplo ocurrió esta semana durante el intercambio entre Sheinbaum y la periodista Reyna Haydee Ramírez. La reportera preguntó, palabras más, palabras menos, cómo había hecho la entonces candidata presidencial para blindar su campaña frente a la posible entrada de recursos provenientes del crimen organizado o desorganizado. La pregunta era incómoda, sin duda. Pero había una diferencia fundamental: no estaba afirmando que la campaña de Sheinbaum hubiera recibido dinero criminal; preguntaba qué mecanismos habían utilizado para impedirlo.
La reacción presidencial fue distinta. “Ahora sí te pasaste, Reyna”, respondió Sheinbaum, para después rechazar que aquello fuera cierto, señalar que su campaña había sido debidamente fiscalizada y sostener que la periodista estaba formulando una pregunta tendenciosa sin presentar pruebas. La presidenta estaba, desde luego, en todo su derecho de defender la legalidad de su campaña. El problema comunicacional es otro: terminó respondiendo a una acusación que la pregunta, literalmente, no había formulado.
Y allí aparece una pequeña pero reveladora consecuencia de la exposición permanente. Cuando un gobernante debe responder diariamente decenas de preguntas, algunas incómodas, otras provocadoras y varias construidas sobre asuntos particularmente sensibles, existe el riesgo de comenzar a contestar no solamente lo que se pregunta, sino aquello que se interpreta que el periodista quiso insinuar. En política, esa diferencia puede ser enorme. Una respuesta defensiva puede transformar una pregunta relativamente sencilla en una controversia nacional que probablemente nunca habría existido.
Hay además una paradoja. Las mañaneras fueron concebidas precisamente para evitar que otros construyeran la narrativa del gobierno. El presidente —ahora la presidenta— dispone diariamente del micrófono, las cámaras y el tiempo necesario para explicar directamente su posición. Pero esa misma herramienta puede producir el efecto contrario cuando una frase desafortunada termina imponiéndose sobre el mensaje originalmente preparado. El instrumento diseñado para controlar la agenda puede, por momentos, hacer perder el control de la agenda.
Esto no significa que Claudia Sheinbaum deba abandonar las conferencias matutinas ni mucho menos dejar de responder preguntas difíciles. Una democracia necesita gobernantes sometidos al escrutinio público y periodistas capaces de formular preguntas incómodas. Tampoco sería razonable convertir cualquier gesto de molestia presidencial en una crisis política. Los gobernantes son seres humanos y pueden reaccionar ante preguntas que consideran injustas. El punto es diferente: cuando esa exposición ocurre cinco días por semana, durante meses y años, cada reacción se convierte potencialmente en material político.
Sheinbaum enfrenta además una circunstancia particularmente compleja. Prácticamente cualquier declaración presidencial tiene repercusiones inmediatas. Una frase pronunciada por la mañana puede convertirse minutos después en titulares, fragmentos de video, publicaciones en X, TikTok y Facebook, interpretaciones de analistas y munición para adversarios políticos. Ya no existe demasiado espacio para corregir posteriormente el contexto: en el ecosistema digital, con frecuencia sobreviven veinte segundos de video y desaparecen los otros noventa minutos de conferencia.
Por eso la sobreexposición no necesariamente debe medirse por popularidad. Una presidenta puede conservar elevados niveles de aprobación y, simultáneamente, estar demasiado expuesta comunicacionalmente. Son fenómenos distintos. La popularidad mide respaldo; la sobreexposición mide la frecuencia y amplitud con la que una figura pública coloca su palabra, su imagen y sus reacciones frente al escrutinio cotidiano.
Quizá Claudia Sheinbaum tenga frente a sí un dilema que tarde o temprano deberá administrar: cómo conservar la comunicación directa sin convertirse en comentarista obligada de prácticamente todos los acontecimientos del país. Hay asuntos que necesariamente requieren la voz presidencial; otros podrían perfectamente ser atendidos por secretarios, subsecretarios, fiscales, gobernadores o voceros especializados. Gobernar también significa distribuir responsabilidades, incluida la responsabilidad de comunicar.
El episodio con Reyna Haydee Ramírez probablemente quedará como una controversia menor dentro de un sexenio enormemente complejo. Pero sirve para observar un fenómeno mayor. Cuando el micrófono presidencial permanece encendido prácticamente todas las mañanas, no solamente aumenta la capacidad de comunicar: aumenta también la posibilidad de equivocarse, sobrerreaccionar o responder algo distinto de lo que realmente se preguntó.
Y acaso ése sea uno de los desafíos comunicacionales más importantes para Claudia Sheinbaum en los próximos años: comprender que, algunas veces, para cuidar la narrativa presidencial no hace falta hablar más, sino escoger mejor cuándo, cómo y sobre qué debe hablar la Presidenta de México.
