ESTE 8 DE MARZO, EL CORAJE FEMINISTA SE HIZO IMPARABLE: DE LA INDIGNACIÓN A LA EXIGENCIA INAPLAZABLE

CINTARAZOS
Por Guillermo Cinta Flores
Lunes 9 de marzo de 2026
Este domingo 8 de marzo de 2026, el Día Internacional de la Mujer se vivió en México con una intensidad y un coraje que superaron lo visto en ediciones recientes. Las calles de ciudades como Cuernavaca, Cuautla y la capital del país se llenaron de una marea morada más decidida, donde miles de mujeres, niñas y aliadas marcharon no solo para conmemorar, sino para confrontar con mayor fuerza la persistencia de la violencia feminicida, las desapariciones y los retrocesos en políticas públicas.
Lo que distinguió a esta jornada fue la claridad en el mensaje: ya no basta con visibilizar el problema; es momento de exigir cuentas directas y cambios estructurales inmediatos, en un contexto donde las cifras de feminicidios siguen alarmantes y las Alertas de Violencia de Género se perciben debilitadas.
Uno de los factores que alimentó este coraje renovado fue la percepción generalizada de estancamiento —e incluso retroceso— en las políticas contra la violencia de género. Organizaciones como el Observatorio Ciudadano Nacional del Feminicidio señalaron que, lejos de avances, se han presentado modificaciones legales que eliminan obligaciones de rendición de cuentas en las entidades alertadas, lo que genera indignación y urgencia.
En Morelos, colectivos locales documentaron cifras de feminicidios superiores a las oficiales, mientras en el ámbito nacional se acumulan miles de casos sin justicia plena. Esta frustración se tradujo en consignas más directas y en una participación que incluyó desde madres buscadoras hasta jóvenes que rechazan la normalización de la impunidad, proyectando una rabia colectiva más organizada y menos dispuesta a concesiones.
Otro elemento clave fue la confluencia de amenazas globales y locales que hicieron sentir a las mujeres que sus derechos conquistados están en riesgo real. El lema internacional de la ONU —“Derechos. Justicia. Acción. Para TODAS las mujeres y niñas”— resonó con fuerza en México ante contextos de precariedad laboral, criminalización de la protesta y políticas que no logran frenar la violencia extrema.
En las marchas, especialmente en estados como Morelos y la Ciudad de México, se vio una mayor integración de demandas interseccionales: contra la violencia hacia mujeres indígenas, migrantes y de comunidades marginadas. Esta amplitud temática fortaleció el movimiento, convirtiéndolo en un frente más unido y combativo que en años previos, donde las divisiones internas a veces diluían el impacto.
El coraje también se manifestó en la forma misma de las movilizaciones: más masivas en varios puntos del país, con contingentes que resistieron el clima o enfrentaron operativos policiacos sin retroceder, y con acciones simbólicas que transmitieron determinación, como pintar consignas en monumentos o acompañar a víctimas en primera línea.
En Cuautla, por ejemplo, cientos marcharon denunciando cifras locales de violencia que superan las reportadas, mientras en Cuernavaca el recorrido hacia la Plaza de Armas se llenó de pancartas que exigían “ni una menos” con una convicción palpable. Esta valentía no surgió de la nada: es el resultado acumulado de años de impunidad, pero también de logros previos —como la despenalización del aborto en más entidades— que motivan a no ceder terreno.
Finalmente, este 8M 2026 deja claro que el coraje proyectado no es un arrebato pasajero, sino la señal de una madurez en el movimiento feminista mexicano. Las mujeres ya no solo piden ser escuchadas; demandan ser protagonistas de las transformaciones pendientes.
Ante un panorama de deudas históricas que persisten —y en algunos casos se agravan—, la jornada demostró que la lucha por una vida libre de violencias se ha vuelto más firme, más visible y, sobre todo, más inaplazable. El mensaje es contundente: mientras no haya justicia real, el coraje seguirá creciendo en las calles.
