EL “LO VOY A PENSAR” QUE EXHIBE AL NUEVO PRESIDENCIALISMO
En el viejo México priista, cuando el Presidente ofrecía un cargo de confianza, la respuesta era inmediata, disciplinada y casi siempre afirmativa. Dudar en voz alta equivalía a un desaire sutil; “lo voy a pensar” sonaba a herejía. Este miércoles, sin embargo, Claudia Sheinbaum contó en la mañanera, con naturalidad, que invitó a Luisa María Alcalde —dirigente nacional de Morena— para sustituir a Esthela Damián en la Consejería Jurídica del Ejecutivo, y que la aludida le pidió “un ratito para pensarlo”. El anuncio, hecho con la renuncia de Damián ya fechada al 30 de abril para irse a pelear por Guerrero, revela más de lo que parece sobre el estilo de poder en la Cuarta Transformación. La propia Luisa María ya declaró ante periodistas que lo está pensando.
Lo que ayer era impensable en el presidencialismo hegemónico —demorar la aceptación de un puesto tan cercano al centro del mando— hoy se presenta como signo de “humildad” y horizontalidad entre “compañeros de causa”. Sheinbaum lo narró sin dramatismo: elogió a Alcalde como “excelente abogada” y pieza clave en la reforma judicial, pero admitió públicamente que aún no hay respuesta definitiva. La dirigente morenista, por su parte, confirmó que valorará la propuesta en los próximos días y “ya la buscará” para darle su decisión.
El contraste con el viejo dedazo es evidente: antes se acataba; ahora se negocia, aunque sea en voz baja y entre leales.
Este pequeño interludio no es trivial. Luisa María Alcalde no es una funcionaria cualquiera: proviene del núcleo duro obradorista, ha ocupado la Secretaría del Trabajo y Gobernación con AMLO, y dirige el partido en un momento delicado de definiciones rumbo a 2027. Que incluso ella se tome unos días para evaluar si salta del timón de Morena a la Consejería Jurídica sugiere que, dentro del movimiento, los pesos específicos siguen contando. También expone la tensión inherente al proyecto: se predica la no reelección y la rotación de cuadros, pero los movimientos internos requieren timing, negociaciones y, al parecer, margen para la reflexión personal.
¿Debilidad de Sheinbaum? Para los nostálgicos del presidencialismo vertical, sí: da la impresión de que la autoridad no impone obediencia inmediata. Para los defensores del nuevo estilo, es consistencia ideológica: “aquí nadie es obligado, todos somos militantes”. La realidad probablemente esté en medio. Sheinbaum mantiene el control narrativo —ella misma dio la noticia— y Alcalde es una figura leal, no una disidente. Pero el hecho de que se haya ventilado públicamente el “lo voy a pensar” proyecta un presidencialismo menos monárquico y más negociado, donde la disciplina coexiste con cierta autonomía táctica de los cuadros fuertes.
Al final, este episodio es un síntoma de cómo ha mutado el ejercicio del poder en México. Ya no basta con mandar; ahora también hay que convencer, o al menos aparentar que se consulta. Si Alcalde acepta, el movimiento habrá cerrado filas con elegancia. Si demora demasiado o pone condiciones visibles, la percepción de autoridad blanda podría acentuarse. Por ahora, el “ratito para pensarlo” queda como una anécdota reveladora: el PRI de antes no lo habría tolerado; la 4T lo convierte en virtud. El tiempo dirá si esa virtud fortalece o erosiona el mando presidencial en los hechos.
