EL OBISPO QUE SOMETÍA A GOBERNADORES, AHORA HUMILLADO POR UN ALCALDE
CINTARAZOS
Por Guillermo Cinta Flores
Martes 26 de mayo de 2026
En un golpe que retumbó en todo Morelos y más allá, el presidente municipal de Tlaquiltenango, Enrique Alonso Plascencia, propinó un durísimo mentís al obispo Ramón Castro Castro, titular de la Diócesis de Cuernavaca y presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano.
Acostumbrado a ser uno de los prelados más protagónicos y mediáticos de las últimas décadas —capaz de llenar calles con marchas y poner en jaque a gobernadores en turno—, Castro Castro vio cómo sus declaraciones durante la reciente Caminata por la Paz fueron desmontadas con datos, presencia territorial y crudeza política por un edil que no se arrodilló.
El alcalde desmanteló este lunes la narrativa del prelado, quien había pintado a Huautla como un territorio bajo control criminal donde se cobra “por vivir y por existir”. Alonso Plascencia respondió con firmeza: la comunidad es de gente trabajadora, tranquila y unida; no existe ese cobro generalizado de piso y la imagen proyectada daña injustamente al municipio. Con ello, no solo contradijo al obispo, sino que derrumbó la proyección negativa que la marcha había impuesto sobre Morelos, dejando en evidencia un alarmismo que prioriza reflectores sobre verificación de hechos.
Lo más demoledor llegó al hablar del párroco de San Francisco de Asís en Huautla. Mientras el obispo lo presentó como víctima forzada a huir por amenazas del crimen organizado, el alcalde reveló que su salida obedeció a presuntas denuncias de pedofilia: “tocó unos niños”, sentenció sin rodeos. Un revés que desnuda las “peteneras” utilizadas para justificar la partida y coloca en ridículo la versión episcopal, acostumbrada a dominar el relato sin contrapeso.
Enrique Alonso Plascencia demostró que no todos los poderes fácticos se doblegan ante la sotana mediática. Ramón Castro Castro, habituado a mover hilos y titulares, encontró en Tlaquiltenango un muro que no pudo escalar.
Morelos observa: cuando un alcalde defiende su tierra con verdades incómodas, hasta los obispos más influyentes terminan con los reflectores apagados.
