Y SIGUEN LLEGANDO LOS MENTIROSOS
OPINIÓN
Por Guillermo Cinta Flores
Viernes 26 de junio de 2026
Don Jesús Reyes Heroles, uno de los pensadores políticos más lúcidos de México, solía preguntar: “¿Cómo podemos distinguir a un buen político mexicano?”. Él mismo respondía con ironía: “Escuchándolo. Cuando dice que sí, quiere decir tal vez; cuando dice tal vez, quiere decir probablemente no; y si dice que no, entonces no es un buen político mexicano”.
A muchísimos años de distancia desde que Reyes Heroles hizo aquella reflexión, sigue vigente con dolorosa precisión.
Aquí deseo referirme a la mitomanía, esa tendencia compulsiva y enfermiza a mentir de forma sistemática, que distorsiona la realidad hasta creerse las propias fábulas. Es un vicio que continúa siendo una patología extendida en las estructuras de poder de los tres órdenes de gobierno. No se trata de mentiras ocasionales por conveniencia política, sino de un patrón casi patológico donde la verdad se vuelve opcional y la narrativa conveniente se impone como hecho.
Del griego mythos (mentira) y mania (locura), la mitomanía se define como el trastorno psicológico que lleva a fabricar relatos falsos de manera recurrente, muchas veces sin beneficio aparente inmediato, magnificando logros, ocultando fracasos o reinventando orígenes y realidades. El dramaturgo novohispano Juan Ruiz de Alarcón ya retrató esta conducta en La verdad sospechosa. Hoy, en la era de las redes sociales y los spots millonarios, el mitómano político sublima su impulso transformándolo en “comunicación estratégica”, “narrativa de transformación” o “relato histórico”.
Mark Twain lo advirtió con humor ácido: “La diferencia entre la realidad y la ficción es que la realidad no necesita ser verosímil”. Y agregaba que a veces uno se pregunta si el mundo está gobernado por personas inteligentes que nos embroman o por imbéciles que hablan en serio. En México de 2026, los morelenses y los mexicanos en general tenemos material de sobra para meditar sobre promesas incumplidas, estadísticas infladas, enemigos fabricados, obras “históricas” que se caen a pedazos y montajes escénicos que buscan ocultar la misma realidad de siempre.
Hemos visto la ficción convertida en política oficial: demagogia cotidiana, tráfico de influencias que persiste bajo nuevos nombres, cábalas de lealtades que enriquecen a los cercanos al amparo del poder y una delincuencia institucionalizada que se disfraza de legalidad. Los mismos vicios de ayer —ahora con mejor producción audiovisual y discursos de “cuarta transformación” o “nuevo paradigma”— siguen presentes. Los “corre ve y dile” y los operadores siguen buscando o manteniendo posiciones a base de mentiras que, con el tiempo, se vuelven verdades oficiales.
No veo razones estructurales profundas para pensar que las condiciones hayan cambiado sustancialmente con el advenimiento de los mismos estilos de siempre, solo que con diferentes siglas y ropajes. La mitomanía política sigue latente porque rinde frutos: mantiene lealtades, distrae a la opinión pública y posterga la rendición de cuentas. Mientras los ciudadanos no exijamos con mayor rigor la coherencia entre el discurso y los resultados, los mentirosos profesionales continuarán llegando —y permaneciendo— en el poder.
La verdadera transformación empezará el día en que un político mexicano pueda decir “no” sin dejar de ser considerado un buen político. Mientras tanto, seguimos escuchando… y dudando. Y ahí vienen de nuevo.
