LAS LISTAS QUE NO MIENTEN: DE FOUCHÉ A LUISA ALCALDE, EL ECO AUTORITARIO DEL PODER
OPINIÓN
Por Guillermo Cinta Flores
Viernes 14 de agosto de 2026
En octubre de 2021, cuando Claudia Sheinbaum gobernaba la Ciudad de México, respondió con dureza a un tuit del empresario Claudio X. González, quien había sugerido “tomar nota” de quienes, por acción u omisión, impulsaron medidas de la 4T que, a su juicio, lastimaban al país. La entonces jefa de Gobierno no dudó: “Una cosa es hacer público un debate y otra muy diferente es hacer listas con amenazas implícitas, características del fascismo”. Y añadió: “¿Quién hace listas? El macartismo, el nazismo, ellos son los que hacían listas”. Pidió incluso que la anotaran en esa hipotética relación y defendió que en la 4T “hay libertad de expresión” y “no se mete a periodistas a la cárcel”.
Casi cinco años después, el 12 de agosto de 2026, la consejera jurídica de la Presidencia, Luisa María Alcalde, presentó en el programa “Derecho de Réplica” un detallado “análisis” de un supuesto “ecosistema digital de amplificación artificial de tendencias”. Exhibió nombres de alrededor de 50 periodistas, analistas, medios y políticos —Carlos Loret de Mola, Adela Micha, Denise Dresser, Joaquín López-Dóriga, Héctor de Mauleón, El Universal, Reforma, Latinus, Aristegui Noticias, entre muchos otros— como parte de capas que “originan”, “politizan” y “amplifican” mensajes críticos a la transformación.
Al día siguiente, ante la oleada de críticas, Alcalde salió a “aclarar” que no se trataba de una “lista negra” de enemigos, sino de un “ecosistema de redes digitales”. La justificación, por eufemística, resultó ridícula: nombrar, clasificar y proyectar en Palacio Nacional a comunicadores como nodos de un ataque coordinado no deja de ser una lista con intención de estigma.
La historia ofrece un espejo inquietante. En “Fouché, el genio tenebroso”, Stefan Zweig narra cómo Joseph Fouché, sabiéndose marcado por Maximilien Robespierre para la guillotina, y tras la muerte de su hija —pérdida que lo dejó sin nada que temer—, se lanzó a una noche de visitas clandestinas a diputados de la Convención. A cada uno le susurraba: “Tú estás en la lista”. El rumor se extendió como pánico. Robespierre planeaba leer nombres de “conspiradores”, pero el terror a figurar en esa relación desconocida unió a moderados y radicales.
En la acalorada sesión del 9 de Termidor (27 de julio de 1794), la Asamblea se volvió contra el “Incorruptible”, lo detuvo y lo envió a la guillotina al día siguiente. Fouché sobrevivió y prosperó. La lista —real o inventada— se convirtió en el arma que derrocó al tirano.
No es la única. Los grandes tiranos de la historia siempre pretendieron el control absoluto de los medios de comunicación, porque sabían que quien domina el relato domina el poder. Hitler, a través de Joseph Goebbels y el Ministerio de Propaganda, redujo de casi 5.000 periódicos en 1933 a menos de mil en 1944, la mayoría bajo control nazi; elaboró listas negras de autores “nocivos e indeseables”, quemó libros y expulsó a periodistas judíos y opositores. Mussolini clausuró la prensa libre con las “leyes fascistísimas”, creó un monopolio radiofónico y el Instituto Luce para el cine, y usó listas para silenciar a críticos. Stalin popularizó la categoría de “enemigos del pueblo” y listas que alimentaron las purgas, mientras la prensa se convertía en órgano oficial del partido. En la Argentina de la dictadura militar (1976-1983) existieron listas negras de artistas, escritores y periodistas —María Elena Walsh, Mercedes Sosa, Jacobo Timerman— para una “limpieza ideológica” que los excluía de medios y escenarios. El macartismo estadounidense, que Sheinbaum citó, brandió listas de “comunistas” que destruyeron carreras.
Estas listas no son inocentes inventarios. Son instrumentos de intimidación, de demarcación del “nosotros” frente al “ellos”, de preparación del terreno para la censura, el acoso o peor. Cuando un gobierno —cualquier gobierno— señala públicamente a periodistas como parte de un “ecosistema” hostil, no analiza tendencias: marca blancos. El eufemismo del “análisis digital” no borra el gesto. La misma lógica que Sheinbaum denunció como fascista en 2021 reaparece ahora revestida de PowerPoint oficial.
La libertad de expresión no se mide por las declaraciones de principio, sino por la tolerancia a la crítica incómoda. Los tiranos de todos los signos —de Robespierre a los totalitarismos del siglo XX— coincidieron en una obsesión: controlar o neutralizar a quienes informan, opinan y cuestionan. Las listas son el primer paso. Después viene el silencio. O, como en el caso de Fouché, la reacción de quienes descubren que también ellos están en la relación. La historia, una vez más, no se repite exactamente, pero rima con una claridad inquietante.
