EL ETERNO RETORNO AL PASADO: EL REFUGIO RETÓRICO DE SHEINBAUM Y MORENA
LA CRÓNICA DE MORELOS
Miércoles 08 de julio de 2026
E D I T O R I A L
En la narrativa oficial de Claudia Sheinbaum y de Morena en general, el pasado no es un capítulo cerrado, sino un recurso permanente al que se regresa cada vez que el presente se pone incómodo. No importa si se habla de inseguridad, narcotráfico o tensiones con Estados Unidos: siempre aparece la sombra de Calderón, del PRIAN o de Genaro García Luna (sume usted ahora al ex embajador estadounidense Ken Salazar) como responsables últimos de los males actuales. Esta inclinación no es casual ni anecdótica; constituye una estrategia deliberada de comunicación política que permite explicar los fracasos sin asumirlos plenamente.
El mecanismo es sencillo y efectivo: cualquier crítica o dato adverso se redirige hacia “el régimen anterior”. La violencia que persiste se atribuye a la “guerra contra el narco” de hace casi dos décadas; la corrupción que se descubre hoy, a pactos de antaño. De esta forma, el gobierno actual se presenta como heredero de un desastre ajeno y, al mismo tiempo, como la única fuerza capaz de superarlo. Es una forma de eludir la rendición de cuentas directa sobre lo que ocurre bajo su propia administración.
Esta obsesión con el ayer tiene un claro componente populista. Al mantener vivo el antagonismo entre “el pasado corrupto” y “la transformación en curso”, Morena logra cohesionar a su base electoral y justificar la continuidad de programas sociales como compensación simbólica. Mientras la clientela se siente protegida por la retórica de “nosotros contra ellos”, se reduce la presión por resultados concretos en seguridad o combate al crimen organizado. El pasado funciona, en ese sentido, como un escudo narrativo que preserva la hegemonía.
El caso reciente de Ismael “El Mayo” Zambada ilustra perfectamente esta dinámica. Tras la exhibición del avión por parte del FBI y las versiones contradictorias sobre su traslado a Estados Unidos en 2024, Sheinbaum presentó una cronología oficial en la que, inevitablemente, se rescató la figura de García Luna. En lugar de limitarse a defender la soberanía mexicana frente a posibles acciones unilaterales de Washington, el discurso volvió a enfatizar que cualquier colusión con el Cártel de Sinaloa ocurrió “con Fox y Calderón”. El presente se diluye en la condena al ayer.
Incluso cuando se aborda el episodio de Ken Salazar y las revelaciones sobre la supuesta preocupación de Andrés Manuel López Obrador por las posibles declaraciones de “El Mayo” en tribunales estadounidenses, la respuesta oficial reencuadra el hecho para no abandonar el marco del pasado. Se insiste en que la inquietud de AMLO era por una posible intervención extranjera, no por lo que el capo pudiera revelar sobre funcionarios mexicanos. De nuevo, el foco se desplaza hacia la soberanía violada o hacia el legado de gobiernos anteriores, evitando un examen más profundo de la relación actual entre el Estado y el crimen organizado.
La frase que circula en círculos de oposición —“con nuestros narcos, no”— resume la percepción que genera esta estrategia. Cuando el gobierno defiende con firmeza la soberanía ante acciones estadounidenses, parte de la opinión pública interpreta que se protege a ciertos grupos delictivos o a figuras políticas cercanas, mientras se mantiene la denuncia selectiva contra los pactos del pasado. El discurso oficial rechaza tajantemente cualquier pacto criminal, pero la insistencia en recordar solo los del ayer alimenta la sospecha de doble rasero.
Esta inclinación permanente al pasado revela una dificultad estructural para enfrentar el presente con transparencia. Al convertir la historia reciente en un campo de batalla constante, se debilita la capacidad de rendir cuentas sobre lo que ocurre hoy: la persistencia de ciertas estructuras criminales, las tensiones bilaterales reales o las limitaciones de la estrategia de seguridad vigente. El ayer se convierte en comodín explicativo y en distractor eficaz.
Al final, la narrativa de Sheinbaum y Morena corre el riesgo de convertirse en un círculo vicioso: cuanto más se invoca el pasado para justificar el presente, menos credibilidad se genera cuando se promete un futuro diferente. La transformación que se pregona pierde fuerza cuando su principal argumento sigue siendo, una y otra vez, que “todo es culpa de antes”. En política, quien no puede soltar el ayer suele tener dificultades para construir un mañana creíble.
