Opacidad diplomática: México se cubre ante el escándalo que sacude a Sinaloa
OPINIÓN
Por Guillermo Cinta Flores
Miércoles 08 de julio de 2026
La decisión de la Secretaría de Relaciones Exteriores de reservar por cinco años toda la información sobre sus comunicaciones con Estados Unidos respecto a Rubén Rocha Moya y Enrique Inzunza no es un trámite burocrático más. Es un escudo protector levantado en medio de acusaciones graves de narcotráfico que involucran a la más alta dirigencia política de Sinaloa, y revela mucho más de lo que oculta.
En primer lugar, la medida es legal y previsible: las comunicaciones diplomáticas se reservan para preservar la confianza bilateral y evitar que detalles sensibles de inteligencia, solicitudes de extradición o presiones mutuas salgan a la luz pública. Sin embargo, en este caso concreto, la reserva adquiere un sabor político inconfundible. Proteger la correspondencia sobre dos figuras clave de Morena —un gobernador con licencia y un senador— justo cuando Washington los acusa de conspirar con “Los Chapitos” para inundar de fentanilo Estados Unidos, transmite la impresión de que México prioriza la defensa interna sobre la transparencia. ¡Con nuestros narcos, no!
Esta opacidad, lejos de fortalecer la soberanía, la debilita ante los ojos del mundo. Socios comerciales, organismos internacionales y la opinión pública global perciben que, una vez más, la narco-política toca las puertas del poder y el gobierno responde con sigilo en lugar de claridad.
La imagen que proyecta México es la de un país donde las acusaciones estadounidenses no son respondidas con evidencias contundentes y procesos impecables, sino con reservas de información y citas protocolarias ante la FGR que, hasta ahora, no han producido resultados visibles de gran impacto.
Peor aún, la decisión erosiona la credibilidad de la relación bilateral en un momento crítico. Estados Unidos, obsesionado con el flujo de fentanilo, ve en esta reserva una falta de voluntad real para cooperar. Mientras tanto, inversionistas y aliados europeos reciben la señal de que la inestabilidad en Sinaloa —con su violencia desatada— no es un problema localizado, sino síntoma de un problema estructural de gobernanza que México prefiere manejar en la oscuridad.
Al final, reservar documentos no borra las acusaciones ni disipa las dudas. México queda ante la comunidad internacional como un socio que, ante el escándalo más incómodo del sexenio, elige el camino de la discreción diplomática en vez del de la rendición de cuentas transparente. Esa elección, aunque comprensible desde la lógica política interna, tiene un costo alto: refuerza la percepción de que, en asuntos de narco y poder, la luz sigue siendo enemiga.
