MORELOS: EL CRIMEN SE REACOMODA MIENTRAS EL ESTADO INTENTA AVANZAR

CINTARAZOS
Por Guillermo Cinta Flores
Lunes 27 de julio de 2026
El fin de semana, del 25 y 26 de julio de 2026, dejó en Morelos una secuencia de hechos que, vistos en conjunto, revelan más que episodios aislados de violencia. El hallazgo de tres cuerpos desmembrados en el zócalo de Acatlipa, Temixco; la detención de seis presuntos integrantes del grupo “La Empresa” en operativos simultáneos en Atlatlahucan, Yautepec y Yecapixtla; y el reporte de múltiples homicidios en apenas 24 horas conforman un cuadro claro: el crimen organizado en la entidad no ha desaparecido, sino que busca reajustarse frente a las acciones de los gobiernos federal y estatal.
Los restos abandonados en Temixco no fueron un mensaje improvisado. Dejar cuerpos cercenados en un espacio público, a poca distancia de Cuernavaca y en plena visita de la presidenta Claudia Sheinbaum, tuvo un propósito de demostración. Es una forma de señalar presencia, de disputar el control territorial y de recordar que, pese a los discursos de reducción de incidencias, las células delincuenciales conservan capacidad operativa y voluntad de desafiar abiertamente al Estado mexicano. El contraste entre los anuncios de refuerzo de seguridad y el espectáculo macabro de Acatlipa no pasó desapercibido en redes ni en la cobertura mediática.
En paralelo, la detención de los seis integrantes de “La Empresa” —señalados por extorsión, cobro de piso y narcomenudeo— muestra que la coordinación entre fuerzas federales y estatales produce resultados concretos. El operativo, anunciado por el titular de la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana, forma parte de una estrategia más amplia contra grupos que han infiltrado dinámicas locales, especialmente en la zona oriente del estado.
Sin embargo, estas capturas, por sí solas, no disuelven las estructuras. La experiencia indica que cuando se detiene a cuadros intermedios, las organizaciones suelen reconfigurarse: cambian de líderes, ajustan rutas y refuerzan la presión sobre territorios donde la autoridad municipal es débil o inexistente.
Ahí radica uno de los puntos más delicados. Mientras el gobierno federal y el estatal despliegan operativos y anuncian programas de atención a jóvenes, vivienda y preparatorias, en el plano municipal el trabajo de ciertos alcaldes sigue siendo nulo o, en el mejor de los casos, insuficiente. La reciente ejecución del presidente municipal de Temoac dentro de instalaciones oficiales, sumada a las revelaciones de que era investigado por posibles vínculos con el crimen, ilustra la vulnerabilidad de las autoridades locales. Cuando el poder municipal no ejerce control efectivo del territorio, no investiga ni denuncia con contundencia, o simplemente se ausenta, las células delincuenciales encuentran el espacio ideal para reacomodarse y mantener el desafío al Estado.
La ola de violencia registrada durante estos dos días no es solo un pico estadístico. Es la expresión de un reajuste: el crimen prueba límites, responde a golpes policiales y busca demostrar que aún puede imponer su lógica. El Estado mexicano, a través de la federación y la entidad, ha mostrado capacidad de reacción. Pero mientras esa reacción no se traduzca en presencia cotidiana, inteligencia local y responsabilidad real de los gobiernos municipales, el desafío de las células delincuenciales seguirá vigente.
Morelos no enfrenta solo hechos de sangre; enfrenta la prueba de si las instituciones, en todos sus niveles, pueden cerrar los espacios que el crimen sigue aprovechando.
