¿QUÉ NOS QUEDÓ DE HUMANOS? EL CASO DE SABANILLA, CHIAPAS

CINTARAZOS
Por Guillermo Cinta Flores
Miércoles 29 de julio de 2026
Hay crímenes que no solo rompen una vida: destrozan la idea misma de que aún merecemos llamarnos sociedad. El caso de Sabanilla, Chiapas, es uno de ellos.
Un niño indígena —un ser humano de pocos años, de la etnia chol— fue víctima de abuso sexual. Los agresores no solo cometieron el acto: lo grabaron. Y ese video circuló. Mientras el menor pedía que pararan, ellos reían.
Cuatro personas ya están detenidas y enfrentan cargos de pederastia que pueden alcanzar hasta cincuenta años de prisión. El niño y su familia están bajo protección y reciben atención especializada. Eso es lo que dicen las autoridades. Eso es lo que sabemos.
Pero lo que realmente duele no cabe en un boletín de la Fiscalía.
¿En qué momento perdimos la capacidad de sentir asco ante el sufrimiento de un niño? ¿En qué momento la maldad se volvió contenido que se comparte por WhatsApp como si fuera un meme? ¿Qué clase de seres humanos se ríen mientras un pequeño les suplica que se detengan?
No es un “caso aislado”. Es el síntoma más brutal de una enfermedad que llevamos años negando: la normalización de la violencia contra la infancia, especialmente contra los más vulnerables —indígenas, pobres, olvidados—. Mientras debatimos polarizaciones, tendencias y escándalos de adultos, los niños siguen siendo presa fácil. Y cuando el horror se hace viral, muchos se indigan un día… y al siguiente siguen deslizando el mouse como si nada hubiera pasado.
Esto no puede seguir sucediendo.
No basta con detener a los culpables (aunque eso es lo mínimo e indispensable). Necesitamos algo más profundo: recuperar la vergüenza colectiva. Recuperar la capacidad de mirar a un niño y ver en él el futuro, no un objeto. Necesitamos que las escuelas, las familias, las iglesias, las comunidades y las autoridades dejen de mirar hacia otro lado cuando aparece la primera señal. Que denunciar no sea un acto de valentía heroica, sino el reflejo automático de cualquier persona decente. Que proteger a la infancia deje de ser un discurso bonito y se convierta en una obsesión social.
Porque cada vez que un niño es destrozado de esta manera, no solo se le roba la infancia a él. Se nos roba a todos un pedazo de humanidad.
Hoy el niño de Sabanilla está vivo y bajo resguardo. Eso es un alivio, no una victoria. La victoria llegará el día en que ningún adulto vuelva a pensar que puede hacer esto… y mucho menos grabarlo.
Hasta entonces, la pregunta sigue abierta y nos mira fijamente a todos:
¿Qué nos quedó de humanos?
Y la respuesta, por ahora, es demasiado vergonzosa. Esto no puede seguir sucediendo. Ni un niño más.

