EN MORELOS NO HAY LUGAR PARA PEQUEÑOS VIRREYES
CINTARAZOS
Por Guillermo Cinta Flores
Domingo 13 de septiembre de 2026
Hay una vieja máxima de la política mexicana que conviene desempolvar de vez en cuando: “el poder no se comparte, se ejerce”. No parece existir una autoría indiscutible de la frase, aunque durante décadas ha formado parte del vocabulario del presidencialismo mexicano. Incluso quedó registrada en debates del Congreso federal desde los años ochenta. Y la historia ofrece un ejemplo todavía más contundente: Plutarco Elías Calles creyó que podía conservar el mando después de dejar la Presidencia, inauguró el Maximato y terminó expulsado del país por Lázaro Cárdenas en 1936. La lección permanece: puede delegarse la responsabilidad, distribuirse el trabajo y escucharse a todos; lo que no puede multiplicarse son los centros de mando.
Esto viene a cuento por la reciente reunión de la gobernadora Margarita González Saravia con integrantes de su gabinete, convocada para revisar temas prioritarios y proyectos de su administración. Más allá de lo que se haya discutido puertas adentro, el encuentro debería servir para recordar algo elemental a secretarios, subsecretarios, directores generales, coordinadores, asesores y demás funcionarios: la titular del Poder Ejecutivo de Morelos es Margarita González Saravia. Los colaboradores tienen atribuciones, presupuesto, responsabilidades y capacidad de decisión en sus respectivas áreas, pero ninguno recibió en las urnas la representación del Poder Ejecutivo. Esa diferencia parece obvia, aunque de vez en cuando algunos necesitan recordarla.
Y aclarémoslo para evitar interpretaciones convenencieras: eso no significa promover un gobierno autoritario ni una corte de obedientes. Gobernar democráticamente supone exactamente lo contrario. Inclusión significa incorporar voces distintas; apertura democrática significa escuchar incluso aquello que incomoda; altura de miras significa anteponer los intereses de Morelos a las parcelas burocráticas, los grupos políticos o las ambiciones personales. Un gobernante necesita colaboradores capaces de decirle que algo está mal, no funcionarios especializados en asentir. Pero una cosa es debatir dentro del gobierno y otra muy diferente comportarse como si cada secretaría fuese un gobierno independiente.
Porque la soberbia ha sido uno de los peores enemigos de cualquier administración, y sería ingenuo afirmar que el gobierno morelense ha permanecido completamente ajeno a ella. En distintos momentos algunos personajes importantes del círculo gubernamental han proyectado la impresión de sentirse propietarios de posiciones que únicamente les fueron confiadas temporalmente. El cargo público suele producir un curioso espejismo: convierte oficinas prestadas en feudos, vehículos oficiales en símbolos de jerarquía y agendas saturadas en certificados de importancia. Y cuando eso ocurre, el funcionario comienza a alejarse de la ciudadanía, después deja de escuchar y finalmente termina creyéndose indispensable.
Por eso resulta pertinente otra distinción: trabajar no es simular que se trabaja. Una administración no puede medirse por fotografías, reuniones interminables, boletines, ceremonias ni estadísticas cuidadosamente seleccionadas. Se mide por resultados. En este último tramo de 2026 existen asuntos demasiado importantes como para perder tiempo en simulaciones: seguridad, ejecución presupuestal, obras pendientes, servicios públicos, Plan Cuautla y la preparación del Paquete Económico 2027, entre otros. El Congreso morelense, además, inició septiembre con una agenda presupuestal y legislativa que anticipa meses de decisiones relevantes para el Ejecutivo.
La simulación en el servicio público puede convertirse en una forma de corrupción, aunque no necesariamente implique llevarse dinero a los bolsillos. También se corrompe la función pública cuando alguien cobra por resolver y solamente administra problemas; cuando se reportan avances inexistentes; cuando se organizan eventos para aparentar resultados; cuando se ocultan deficiencias para proteger una imagen o cuando se utilizan recursos, personal y tiempo del gobierno para construir proyectos políticos personales. El presupuesto público compra horas de trabajo, capacidad técnica y soluciones. Desperdiciarlo conscientemente en apariencias también significa traicionar su propósito.
Ahora bien, ejercer el mando tampoco significa cancelar la iniciativa de los colaboradores. Un buen gabinete no está compuesto por secretarios disminuidos, sino por funcionarios fuertes institucionalmente, preparados y capaces de resolver. La fortaleza de un secretario debe provenir de sus resultados, no de su cercanía personal con quien gobierna. Michel Foucault desarrolló precisamente una concepción del poder como algo que se ejerce en las relaciones y las prácticas, no simplemente como un objeto que alguien posee. Esa idea permite entender que autoridad y responsabilidad deben caminar juntas.
La reunión de González Saravia con su equipo llega además en un momento especialmente sensible. 2027 ya comenzó políticamente, aunque todavía falten meses para las campañas constitucionales. Eso inevitablemente despierta aspiraciones, acomodos, grupos y proyectos. Nada tendría de extraño: así funciona la política. Lo peligroso comenzaría cuando alguien confundiera una responsabilidad gubernamental con una plataforma electoral, una secretaría con un comité de campaña o la cercanía con la gobernadora con patente para construir un pequeño poder paralelo.
Por eso quizá el mensaje más importante hacia dentro del gabinete debería ser extraordinariamente sencillo: menos soberbia, menos simulación y más resultados. Que haya discusión, diferencias, propuestas, creatividad e incluso desacuerdos; eso fortalece a un gobierno democrático. Pero cuando finalmente se toma una decisión, debe quedar perfectamente definida la responsabilidad institucional y la línea de mando. Morelos no necesita funcionarios sometidos ni aduladores; necesita servidores públicos profesionales que entiendan para qué fueron nombrados.
Al final, aquella vieja máxima requiere una actualización democrática. El poder no se comparte como botín, pero la responsabilidad sí se comparte como obligación. Margarita González Saravia tiene el mando del Poder Ejecutivo y tendrá que responder por sus resultados. Precisamente por eso quienes integran su gobierno deberían entender que su función no consiste en competir con ella, eclipsarla, construir feudos ni simular eficiencia. Consiste en ayudarla a gobernar bien. Y quien no pueda comprender una diferencia tan elemental probablemente tampoco haya comprendido qué significa ser servidor público.

