Siete homicidios en un fin de semana: la estadística baja, pero la violencia no se va
Dígase lo que se diga sobre las reducciones estadísticas de la violencia en Morelos, el último fin de semana dejó un saldo difícil de esconder detrás de cualquier porcentaje: siete personas fueron víctimas de homicidio doloso en hechos registrados en Axochiapan, Jiutepec, Cuernavaca, Emiliano Zapata y Huitzilac. Los ataques ocurrieron en distintos horarios y circunstancias, pero tienen un denominador común: hombres y mujeres siguen perdiendo la vida mientras los agresores, en la mayoría de los casos, escapan sin ser detenidos.
El saldo incluyó a dos hombres asesinados en la colonia Progreso de Jiutepec, uno de ellos policía estatal en su día de descanso; una mujer muerta y otra gravemente herida dentro de un domicilio de la colonia Cristo Rey, en Huitzilac; además de asesinatos registrados en Axochiapan, Cuernavaca y Emiliano Zapata. No se trató de un solo episodio de violencia multitudinaria, sino de hechos dispersos en cinco municipios, lo cual resulta todavía más preocupante: la violencia no se encuentra encerrada en una región, sino que aparece simultáneamente en distintos puntos del estado.
Las autoridades federales y estatales sostienen que existe una tendencia descendente. De acuerdo con el Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública, el promedio diario de homicidios dolosos en Morelos pasó de 4.3 víctimas en noviembre de 2024 a 2.1 durante julio de 2026, una disminución cercana al 51 por ciento. En otra comparación, el gobierno federal aseguró que el promedio bajó 54 por ciento entre septiembre de 2024 y junio de 2026, al pasar de 3.5 a 1.6 víctimas diarias. Son cifras oficiales y deben reconocerse, pero también deben explicarse correctamente.
El problema es que con frecuencia se escoge un mes particularmente violento como punto de partida y se compara con otro de menor incidencia. Noviembre de 2024, por ejemplo, fue uno de los periodos más críticos para Morelos. Tomarlo como referencia produce una reducción porcentual espectacular, pero no necesariamente permite saber si el estado ha regresado a niveles aceptables de seguridad. Bajar desde un pico extraordinariamente alto no significa que la violencia haya dejado de ser grave.
El dato acumulado ofrece una lectura menos complaciente. Entre enero y julio de 2026, Morelos registró 563 víctimas de homicidio doloso, cifra que lo colocó en el séptimo lugar nacional por número absoluto de asesinatos. En carpetas de investigación —que pueden incluir más de una víctima— fueron aproximadamente 512 casos, alrededor de 70 menos que en el mismo periodo de 2025. La disminución ronda el 12 por ciento, importante pero considerablemente menor al 51 o 54 por ciento difundido al comparar meses específicos.
Con una población ligeramente superior a los dos millones de habitantes, las 563 víctimas acumuladas durante los primeros siete meses representan alrededor de 28 homicidios por cada 100 mil habitantes. Si ese ritmo se mantuviera hasta diciembre, Morelos terminaría con una tasa cercana a 48 víctimas por cada 100 mil habitantes, varias veces superior al promedio nacional. Es decir, puede existir una baja respecto de los peores meses de 2024 y 2025, pero el estado todavía se mantiene dentro de los territorios con mayor violencia homicida del país.
También debe revisarse dónde están ocurriendo los asesinatos. Cuernavaca, Jiutepec, Temixco, Emiliano Zapata y Xochitepec forman un corredor metropolitano donde operan células dedicadas al narcomenudeo, la extorsión, el robo de vehículos y el control de comercios. Cuautla, Yautepec y Ayala conforman otro núcleo de violencia en la región oriente, mientras que Puente de Ixtla, Jojutla y municipios colindantes mantienen disputas vinculadas con rutas hacia Guerrero y el Estado de México. Huitzilac, por su parte, continúa marcado por su ubicación estratégica en el corredor México-Cuernavaca y por actividades como tala clandestina, robo, venta irregular de predios y presencia de grupos armados.
Esto significa que una reducción estatal puede esconder desplazamientos municipales. La violencia puede bajar en Cuautla y aumentar en Jiutepec; disminuir temporalmente en Temixco y reaparecer en Emiliano Zapata; contenerse en una colonia y trasladarse a otra. Por eso no basta presentar un promedio general. El gobierno debería publicar mensualmente un mapa con homicidios por municipio, tasa por población, detenciones relacionadas, armas aseguradas, vinculaciones a proceso y sentencias obtenidas.
Además, contar cadáveres no equivale a medir resultados de justicia. La estadística fundamental debería incluir cuántos de los homicidios fueron esclarecidos y cuántos responsables terminaron ante un juez. Si la Fiscalía abre cientos de carpetas, pero sólo una fracción llega a judicializarse, la impunidad conserva intacta la capacidad operativa de los grupos criminales. Cada asesinato que queda sin castigo envía el mensaje de que matar en Morelos continúa siendo una conducta de bajo riesgo para los responsables.
Sería injusto negar cualquier disminución sólo porque ocurrió otro fin de semana violento. Pero también sería irresponsable utilizar los porcentajes para presentar una normalidad que todavía no existe. Las dos realidades pueden coexistir: los homicidios pueden estar bajando respecto de los momentos más críticos y Morelos puede seguir padeciendo una tasa extraordinariamente alta.
Las siete víctimas del último fin de semana no invalidan automáticamente toda la estadística oficial, pero sí impiden convertirla en propaganda. Para las autoridades son parte de un promedio; para siete familias representan una ausencia definitiva. Y mientras cinco municipios puedan acumular siete asesinatos en apenas unas horas, el gobierno podrá hablar de reducción, pero difícilmente podrá afirmar que Morelos ya es un estado seguro.
