Morelos se está quedando sin el agua que presume tener
Durante generaciones, Morelos fue presentado como una tierra privilegiada por sus manantiales, barrancas, ríos y abundantes lluvias. La imagen todavía sobrevive en la publicidad turística y en la memoria de quienes conocieron una Cuernavaca cubierta de huertas, apantles y jardines. Sin embargo, debajo de esa apariencia de abundancia se desarrolla una crisis silenciosa: uno de los cuatro acuíferos del estado ya registra disponibilidad negativa y los otros tres tienen márgenes cada vez más reducidos para soportar nuevas viviendas, comercios e industrias.
La información de la Comisión Nacional del Agua muestra que el acuífero Cuautla-Yautepec recibe una recarga anual estimada de 348.6 millones de metros cúbicos. Pero al descontar 256 millones comprometidos para conservar manantiales, ríos y otros flujos naturales, además de los 93.3 millones extraídos mediante concesiones, presenta una disponibilidad negativa de aproximadamente 706 mil metros cúbicos anuales. En términos prácticos, el agua disponible ya fue comprometida y la región consume ligeramente más de lo que puede otorgarse sin afectar su equilibrio.
El acuífero de Cuernavaca todavía aparece con números positivos, pero tampoco tiene agua de sobra. Su recarga anual se calcula en 344.2 millones de metros cúbicos; de esa cantidad, 125.1 millones corresponden a descarga natural comprometida y casi 200 millones ya se extraen. El margen restante es de sólo 19.2 millones de metros cúbicos, menos del seis por ciento de su recarga estimada. Una sequía prolongada, la pérdida de zonas forestales o el crecimiento urbano acelerado podrían reducir rápidamente ese colchón.
La situación de los otros dos acuíferos tampoco permite demasiado optimismo. El de Zacatepec conserva una disponibilidad aproximada de nueve millones de metros cúbicos anuales, mientras que el de Tepalcingo-Axochiapan apenas mantiene 527 mil metros cúbicos. Morelos no tiene cuatro reservas intactas, sino un acuífero en números rojos, dos sometidos a presión creciente y otro prácticamente en el límite.
Una advertencia formulada desde 1973
Lo verdaderamente grave es que esta crisis fue advertida desde hace más de medio siglo. En junio de 1973, el ingeniero Leandro Rovirosa Wade, entonces secretario de Recursos Hidráulicos del gobierno federal, visitó Morelos para participar en una reunión de análisis celebrada en un poblado de Tlaquiltenango, ante la presencia del gobernador Felipe Rivera Crespo. Después de escuchar los informes sobre el deterioro de los mantos freáticos y los riesgos que enfrentaba el acuífero de la capital, el funcionario pronunció una frase que al día siguiente se convirtió en título de los periódicos: “Cuernavaca es la campeona nacional en desperdicio de agua”.
La declaración tuvo resonancia nacional. Curiosamente, durante aquella misma reunión alguien comentó, aunque el asunto nada tenía que ver con la discusión hidráulica, que el 17 de junio de 1973 se celebraría un festival de rock en el Lienzo del Charro, al norte de Cuernavaca, con varias bandas provenientes del entonces Distrito Federal. Las dos informaciones ocuparon espacios importantes en diarios nacionales, aunque el festival terminó obteniendo mayor despliegue después de su celebración. La anécdota periodística resulta reveladora: hace 53 años se habló profusamente del espectáculo, pero la advertencia sobre el agua fue quedando en el olvido.
Desde entonces, Cuernavaca, Jiutepec, Temixco, Emiliano Zapata, Xochitepec, Yautepec y Cuautla crecieron sobre terrenos que antes funcionaban como campos agrícolas, huertas y zonas de infiltración. El antiguo paisaje fue sustituido por fraccionamientos, estacionamientos, vialidades y superficies de concreto. Con ello aumentó la demanda y, simultáneamente, disminuyó la capacidad del suelo para captar la lluvia y devolverla al subsuelo.
La paradoja es evidente: se perforan más pozos para atender el crecimiento urbano, pero ese mismo crecimiento destruye las áreas donde debería recargarse el acuífero. En el norte del estado, la deforestación de Huitzilac, Tepoztlán y los límites con el Estado de México afecta al llamado Bosque de Agua, una región fundamental para la infiltración que abastece a Cuernavaca y otras ciudades. Cada hectárea convertida en asentamiento, camino o desarrollo inmobiliario reduce lentamente la capacidad natural de almacenamiento.
A la presión física se suma el deterioro de las redes municipales. En Cuernavaca se ha estimado que cerca de la mitad del agua extraída puede perderse antes de llegar a los usuarios. En una etapa reciente, el Sistema de Agua Potable y Alcantarillado reportó la reparación de más de 11 mil fugas en líneas principales, tomas domiciliarias y válvulas. Actualmente atiende entre 400 y 500 fugas mensuales, evidencia de una infraestructura envejecida que obliga a bombear más agua para compensar la que se desperdicia.
Así, aquella sentencia de Rovirosa Wade conserva una inquietante vigencia. En 1973 Cuernavaca desperdiciaba agua cuando todavía tenía huertas, barrancas menos contaminadas y una población considerablemente menor. Cinco décadas después, la ciudad cuenta con más habitantes, mayor superficie pavimentada, redes deterioradas y un acuífero sometido a una extracción cercana a los 200 millones de metros cúbicos anuales.
Frente a este escenario, la autorización de nuevos fraccionamientos debería depender de estudios hídricos serios. No basta con que un constructor prometa perforar un pozo o entregar infraestructura al municipio. Debe demostrar de dónde saldrá el agua durante los próximos 20 o 30 años, cómo compensará la pérdida de suelo de recarga y quién operará las redes cuando el conjunto sea entregado. Sin esas garantías, cada permiso inmobiliario se convierte en una deuda ambiental transferida a los futuros habitantes.
También hace falta revisar concesiones, títulos que no corresponden al uso real, pozos clandestinos y extracciones sin medición. La crisis todavía puede administrarse, pero ya no admite complacencias. Se requiere sustituir redes, captar agua de lluvia, tratar y reutilizar aguas residuales, proteger bosques y barrancas y obligar a que cada desarrollo urbano demuestre su viabilidad hídrica.
La pregunta que deberán responder ayuntamientos, Gobierno estatal y Conagua es sencilla: ¿quién está autorizando nuevas viviendas donde el balance hídrico ya no garantiza agua suficiente? Morelos todavía tiene lluvias, manantiales y acuíferos, pero la abundancia que alguna vez pareció inagotable se está convirtiendo en un recuerdo. En 1973 llegó la advertencia; medio siglo después, seguimos desperdiciando tiempo y agua.
