CUANDO CUERNAVACA ESTUVO BAJO SOSPECHA: IVÁN ILLICH, EL CIDOC Y LOS AÑOS DE LA GUERRA FRÍA
Durante las décadas de los sesenta y setenta, Cuernavaca se convirtió en uno de los centros intelectuales, religiosos y políticos más singulares de América Latina. Alrededor del obispo Sergio Méndez Arceo coincidieron personajes como el monje benedictino Gregorio Lemercier y el sacerdote y filósofo Iván Illich, quienes hicieron de Morelos territorio para discutir sobre la Iglesia, la educación, la pobreza, el desarrollo y las estructuras de poder. Illich nació en Viena, Austria, el 4 de septiembre de 1926, y murió el 2 de diciembre de 2002, en Bremen, Alemania, a los 76 años.
Illich llegó a Cuernavaca en 1961 y encontró una ciudad que comenzaba a atraer intelectuales, religiosos y jóvenes procedentes de diferentes partes del mundo. Primero impulsó el Centro de Formación Intercultural y posteriormente, en 1966, surgió el Centro Intercultural de Documentación (CIDOC), que terminaría convirtiéndose en mucho más que una institución educativa. Por sus espacios circularon pensadores, investigadores, sacerdotes y estudiantes, entre ellos numerosos jóvenes provenientes de Estados Unidos, interesados en conocer América Latina, aprender español y participar en las discusiones que ahí se desarrollaban.
Aquello incluso modificó durante algunos años la imagen cotidiana de Cuernavaca. El Centro Histórico, sus restaurantes, cafés, hoteles y calles se llenaron de jóvenes y visitantes extranjeros, particularmente estadounidenses, hasta darle a la ciudad una atmósfera cosmopolita poco común para el México de aquellos años. El CIDOC contribuyó a convertir a Cuernavaca en punto de encuentro entre América Latina, Estados Unidos y Europa, precisamente cuando el mundo se encontraba dividido ideológicamente por la Guerra Fría.
Esa presencia internacional también alimentó toda clase de sospechas. En el Cuernavaca de aquellos años circularon versiones de que el CIDOC era algo más que un centro académico y que podía funcionar como espacio de información o espionaje vinculado con intereses políticos de Estados Unidos; incluso se llegó a mencionar al Partido Demócrata. Al mismo tiempo, paradójicamente, sobre el propio Iván Illich corría el rumor de que era un “espía ruso”. Nunca quedaron acreditadas públicamente semejantes acusaciones, pero resultan reveladoras del clima político de la época: cualquier espacio donde convivieran extranjeros, intelectuales, religiosos progresistas y críticos del poder podía despertar sospechas tanto desde la derecha como desde los aparatos gubernamentales.
La efervescencia intelectual de aquella Cuernavaca estuvo estrechamente relacionada con Sergio Méndez Arceo, obispo de la diócesis desde 1952 y una de las figuras más progresistas del catolicismo mexicano, y con Gregorio Lemercier, monje benedictino belga establecido en Morelos. Los tres participaron, desde posiciones distintas, en el enorme proceso de renovación religiosa latinoamericana de aquellos años. Méndez Arceo sería uno de los grandes referentes mexicanos de las corrientes que desembocaron en la llamada Teología de la Liberación.
Esta corriente, desarrollada principalmente desde finales de los sesenta, sostenía que la Iglesia no debía limitarse a ofrecer asistencia espiritual a los pobres, sino cuestionar también las estructuras económicas, políticas y sociales responsables de la desigualdad. De ahí surgiría la denominada “opción preferencial por los pobres”, acompañada por comunidades eclesiales de base, defensa de los derechos humanos y una lectura del Evangelio vinculada con la justicia social. Méndez Arceo, conocido posteriormente como el “Obispo Rojo”, fue una de las voces mexicanas más identificadas con esas posiciones.
Desde el CIDOC, Illich llevó la crítica todavía más lejos. Cuestionó la educación escolarizada, la medicina excesivamente institucionalizada, el desarrollismo, el consumismo y el crecimiento de estructuras que, creadas originalmente para servir al ser humano, podían terminar sometiéndolo. De aquel periodo surgieron algunas de sus obras fundamentales, entre ellas “La sociedad desescolarizada”, “La convivencialidad”, “Energía y equidad” y “Némesis médica”. Sus planteamientos hicieron de Cuernavaca un lugar observado con atención —y también con desconfianza— por sectores políticos, religiosos y académicos.
Todo ello ocurrió además durante uno de los periodos más autoritarios del México contemporáneo. El movimiento estudiantil de 1968, la matanza de Tlatelolco, el Halconazo de 1971, la persecución de opositores y la llamada Guerra Sucia marcaron aquellos años. Durante el gobierno de Luis Echeverría Álvarez, de 1970 a 1976, las actividades políticas e intelectuales consideradas radicales eran observadas con especial atención. El CIDOC enfrentó presiones y fuertes cuestionamientos tanto políticos como provenientes de sectores de la Iglesia, hasta concluir sus actividades en 1976.
A cien años del nacimiento de Iván Illich, la gobernadora Margarita González Saravia y académicos e intelectuales morelenses participaron recientemente en un homenaje para recuperar su legado y su profunda relación con Cuernavaca. La conmemoración permite recordar una historia que las nuevas generaciones difícilmente pueden imaginar: hubo una época en que las calles del centro estaban llenas de estudiantes extranjeros, mientras en monasterios, seminarios, aulas y cafés se discutían el capitalismo, el socialismo, la pobreza, la Iglesia y el futuro de América Latina. Entre rumores de agentes estadounidenses, supuestos espías soviéticos y vigilancia gubernamental, Cuernavaca llegó a ser, durante algunos años, una pequeña capital mundial del pensamiento crítico en plena Guerra Fría.
