CUAUTLA: ENTRE EL OPERATIVO QUE SE INFORMA Y LA SEGURIDAD QUE SE VE
LA CRÓNICA DE MORELOS
Domingo 13 de septiembre de 2026
Por Guillermo Cinta Flores
Este domingo decidí recorrer Cuautla. No fue una inspección oficial ni pretende convertirse en una medición científica de la presencia policial. Fue simplemente la observación de un ciudadano y periodista que transitó, entre las 11:00 y las 13:00 horas, por algunas de las principales avenidas de la ciudad y por su Centro Histórico. Y precisamente por eso lo que encontré —o, mejor dicho, lo que no encontré— merece cuando menos una explicación.
Durante esas dos horas no advertí patrullajes visibles de la Policía Municipal, Policía Estatal, Guardia Nacional, Ejército o elementos de la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana federal. No observé puestos de vigilancia ni agentes recorriendo a pie la zona peatonal. La única excepción ocurrió antes de ingresar propiamente a la ciudad: sobre la carretera federal, rumbo a avenida Insurgentes, una camioneta de la Guardia Nacional, con aproximadamente seis elementos, rebasó el vehículo en que viajaba. Más adelante se perdió entre el tránsito y desconozco, naturalmente, cuál era su destino.
El contraste resulta inevitable. Apenas el pasado 10 de septiembre, el subsecretario de Política Criminal, Vinculación y Protección Civil de la SSPC federal, José Luis Rodríguez Díaz de León —funcionario encargado del Plan Cuautla— informó que participan más de 1,700 elementos en el despliegue institucional. También se reportaron acciones de proximidad social en colonias, escuelas, mercados, bancos, unidades económicas y centros de salud. No hablamos, por tanto, de una fuerza menor ni de un operativo clandestino: hablamos de una estrategia cuya presencia territorial constituye precisamente una de sus principales cartas de presentación.
Cuautla, mientras tanto, estaba viva. Había circulación vehicular, familias, compradores y visitantes que probablemente llegaron desde municipios vecinos. También había una presencia extraordinariamente visible de comerciantes ambulantes y semifijos. En calles del primer cuadro, alrededor de Galeana, Batalla 19 de Febrero, Fin del Rul y las inmediaciones de la Plaza y Fuerte de Galeana, el espacio público vuelve a mostrar la enorme presión del comercio informal. Paradójicamente, aquello que resultaba difícil encontrar era precisamente la presencia policial que debería acompañar a una zona comercial de semejante concentración.
Conviene hacer una precisión indispensable. Esta observación no permite afirmar que los más de 1,700 elementos reportados no existan ni que durante esas horas no estuvieran realizando operaciones en otras colonias de Cuautla. Sería irresponsable sostenerlo. Pero permite —y obliga— a formular una pregunta elemental: ¿cómo está distribuido ese enorme estado de fuerza y por qué durante un recorrido de aproximadamente dos horas por algunos de los puntos de mayor tránsito y concentración comercial de la ciudad su presencia fue prácticamente imperceptible?
La pregunta corresponde responderla, en primer término, a quienes conducen la operación. José Luis Rodríguez Díaz de León supervisa por parte de la SSPC federal el Plan Cuautla; el general brigadier Eloy Cornelio Toledo encabeza la Coordinación Estatal de la Guardia Nacional en Morelos; el general Juan José Montiel Maldonado comanda la 24/a Zona Militar, y el general José Luis Bucio Quiroz está al frente de la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana del estado. Son mandos experimentados y justamente por ello deberían tener elementos suficientes para explicar dónde, cómo y bajo qué criterios se despliega la fuerza anunciada.
No sería justo cargar automáticamente esta contradicción a la gobernadora Margarita González Saravia. La mandataria toma decisiones con base, entre otros insumos, en los reportes que recibe de las instituciones encargadas de ejecutar la estrategia. Si esos informes reflejan con precisión lo que ocurre en territorio, estupendo. Pero si existe una distancia entre aquello que se reporta en las reuniones de seguridad y aquello que realmente sucede en las calles, entonces el problema es mucho más delicado: alguien tendría que revisar la calidad y veracidad de la información que llega hasta la titular del Ejecutivo.
Porque una estrategia de seguridad no puede medirse solamente por ceremonias, cifras acumuladas, fotografías, boletines o presentaciones. Y tampoco sería correcto desconocer los resultados que sí ha producido el Plan Cuautla: existen detenciones, cateos, órdenes de aprehensión y acciones concretas contra la extorsión y otros generadores de violencia. Eso debe reconocerse. Pero una cosa son las operaciones de inteligencia e investigación y otra, igualmente necesaria, la presencia preventiva y perceptible en las calles.
La seguridad tiene también una dimensión cotidiana: debe sentirse. Un comerciante que abre su negocio, una familia que camina por el centro o un visitante que llega un domingo no conoce los mapas operativos ni participa en las mesas de seguridad. Su percepción se construye con aquello que encuentra frente a sus ojos. Y si oficialmente existen más de 1,700 elementos desplegados, resulta razonable esperar que una parte de esa fuerza sea visible en los corredores comerciales y espacios públicos de mayor concentración.
Por eso este señalamiento no pretende descalificar al Plan Cuautla, sino exigir congruencia entre el discurso y el territorio. La simulación en el servicio público termina siendo una forma de corrupción cuando se reporta como realizado aquello que no se cumple como fue informado. No afirmo que eso esté ocurriendo; precisamente por su gravedad, corresponde a los responsables demostrar que no es así. Lo ocurrido entre las 11:00 y las 13:00 horas de este domingo constituye apenas una fotografía de dos horas. Pero es una fotografía que las autoridades no deberían ignorar. Porque entre los 1,700 elementos que aparecen en los informes y la ausencia de vigilancia que un ciudadano puede encontrar en las calles existe una distancia que alguien tiene que explicar.
