Feminicidas seriales en México y la violencia contra las mujeres que también golpea a Morelos
Los casos de feminicidas seriales han dejado algunas de las historias criminales más perturbadoras de México. Aunque cada agresor presenta características distintas, existen patrones que se repiten: selección de víctimas vulnerables, engaño o generación de confianza, violencia extrema, ocultamiento de cuerpos y, en algunos casos, agresiones sexuales.
Uno de los puntos que más llama la atención es que la violencia sexual no aparece necesariamente en todos los feminicidios seriales. En algunos casos constituye el móvil principal, mientras que en otros el agresor busca ejercer control, poder, dominación, obtener un beneficio económico o simplemente asesinar. La investigación criminológica ha identificado distintos tipos de motivaciones entre asesinos seriales, entre ellas la gratificación sexual, el poder, la ira y el beneficio económico.
El llamado “El Coqueto”, César Armando Librado Legorreta, es uno de los ejemplos más claros de un feminicida serial con un componente sexual. El entonces chofer de transporte público fue sentenciado por asesinatos y violaciones cometidos contra mujeres de entre 17 y 34 años. Su modus operandi consistía en aprovechar su trabajo como conductor para aislar a pasajeras, agredirlas sexualmente y posteriormente asesinarlas.
Otro de los casos que estremecieron al país fue el de Andrés Filomeno Mendoza Celis, conocido como el “Monstruo” o “Caníbal de Atizapán”. El hombre fue condenado a prisión vitalicia y se le atribuyeron al menos 19 feminicidios. Entre sus víctimas identificadas había mujeres de aproximadamente 20 a 38 años, además de otras de edades diferentes. En su domicilio fueron localizados miles de restos óseos, así como pertenencias de mujeres desaparecidas.
En este caso, las investigaciones señalaron que Mendoza se relacionaba con algunas víctimas en bares y posteriormente las llevaba a su domicilio. De acuerdo con las declaraciones ministeriales difundidas sobre el caso, mantenía relaciones sexuales con algunas de ellas antes de asesinarlas; sin embargo, esto no significa que el componente sexual explique por sí solo todos sus crímenes. El caso también estuvo marcado por control, violencia, desmembramiento y ocultamiento de los cuerpos.
Otro antecedente ampliamente conocido es el de Juana Barraza, “La Mataviejitas”, quien asesinó a mujeres de la tercera edad, muchas de ellas solas en sus domicilios. En su caso, el patrón no estuvo caracterizado por violencia sexual: las víctimas eran principalmente mujeres mayores y los asesinatos estaban acompañados de robos. Barraza fue sentenciada a 759 años de prisión.
Esto demuestra que no existe un único perfil de víctima ni un solo móvil. En los casos documentados en México, las edades pueden ser muy diferentes: desde adolescentes y mujeres jóvenes hasta adultas mayores. Lo que suele existir es una selección de víctimas con determinadas características que facilitan al agresor ejercer control o acercarse a ellas.
En México también han existido casos en los que las autoridades comenzaron a relacionar desapariciones de mujeres con un mismo agresor después de encontrar evidencias que conectaban diferentes crímenes. Un ejemplo reciente fue el de un hombre identificado como Miguel en Ciudad de México, detenido después del asesinato de una adolescente de 17 años. En el inmueble donde vivía fueron encontrados restos óseos, pertenencias y documentos de mujeres desaparecidas, lo que llevó a investigar posibles vínculos con otros homicidios.
Morelos tampoco ha quedado al margen de esta problemática. La entidad ha registrado diversos casos de violencia extrema contra mujeres y, durante 2026, la preocupación aumentó especialmente dentro de la comunidad universitaria. El asesinato de cuatro estudiantes vinculadas con la Universidad Autónoma del Estado de Morelos en un periodo de aproximadamente siete meses ha generado protestas y llamados a reforzar las medidas de seguridad.
El caso más reciente es el de Claudia Tacoronte Aguilera, estudiante española de 21 años que se encontraba en Morelos realizando un intercambio académico procedente de la Universidad de Granada. Claudia fue asesinada el 12 de septiembre en Cuautla, mientras se encontraba en las inmediaciones de la Casa de la Cultura. La Fiscalía General del Estado inició la investigación bajo el protocolo de feminicidio y señaló que deberán determinarse las circunstancias y el móvil del crimen.
La gobernadora de Morelos, Margarita González Saravia, confirmó el asesinato y señaló que las autoridades estatales establecieron comunicación con el Consulado de España para brindar acompañamiento a la familia de Claudia. La UAEM también solicitó una investigación inmediata y exhaustiva para esclarecer el crimen y evitar que quede impune.
El caso de Claudia vuelve a poner sobre la mesa una pregunta que va más allá de determinar quién fue el responsable: ¿Cuántas señales de violencia pueden pasar inadvertidas antes de que se identifique un patrón?
La prevención no depende únicamente de las mujeres. Corresponde a las autoridades investigar de inmediato las desapariciones, compartir información entre instituciones, analizar posibles vínculos entre carpetas de investigación y reforzar la seguridad en zonas de riesgo. Para la población también es importante mantener comunicación con familiares o personas de confianza, evitar compartir información personal con desconocidos, procurar trasladarse acompañada cuando sea posible y reportar inmediatamente cualquier situación de acoso, amenaza, desaparición o violencia.
Pero, sobre todo, es fundamental evitar responsabilizar a las víctimas. Ninguna mujer provoca que alguien decida agredirla, secuestrarla o asesinarla por la ropa que utiliza, el lugar al que acudió, la hora en que salió o si caminaba sola.
Los casos de El Coqueto, el Monstruo de Atizapán, La Mtaviejitas y otros feminicidas seriales muestran que detrás de estos crímenes puede haber móviles y patrones completamente distintos. Lo que los une es la gravedad de una violencia que, cuando no se detecta y atiende a tiempo, puede repetirse durante años.
El asesinato de Claudia no debe convertirse únicamente en otro caso que ocupe titulares durante unos días. Debe investigarse hasta esclarecer qué ocurrió, identificar al responsable y garantizar justicia para ella y su familia. Y, al mismo tiempo, debe servir como un llamado urgente para fortalecer la seguridad de las mujeres en Morelos y en todo México.
