¿SABEN LOS DELINCUENTES QUE ESTÁN ARRUINANDO SU VIDA?

CINTARAZOS
Por Guillermo Cinta Flores
Viernes 16 de octubre de 2026
Una interesante conversación que sostuve con alguien que estudió Criminalística y se prepara para cursar una maestría en Criminología, me llevó a reflexionar sobre un asunto que pocas veces abordamos cuando informamos acerca de homicidios, violaciones, robos, extorsiones y otros delitos: ¿qué estaba pensando el responsable antes de cometerlos? ¿Sabía que podía terminar encerrado durante 20, 30 o 40 años? ¿Le importaba? Mi interlocutor me recomendó escuchar Penitencia, el podcast de Saskia Niño de Rivera, donde personas privadas de la libertad relatan sus historias, sus delitos y las circunstancias que las condujeron a prisión. De aquella charla surgió una hipótesis interesante: algunos delincuentes saben perfectamente lo que hacen, pero confían en no ser capturados; otros conocen las posibles consecuencias, aunque calculan equivocadamente el riesgo. La investigación criminológica confirma que ambas conductas existen, pero también revela una realidad mucho más compleja.
El tema adquirió especial significado este viernes 16 de octubre, cuando se difundió que un hombre identificado como Javier “N” fue sentenciado a 25 años y cuatro meses de prisión por delitos sexuales cometidos en Tetela del Volcán, Morelos, en enero de 2025. El responsable admitió los hechos mediante un procedimiento abreviado. Su imagen, difundida por las autoridades, invita a preguntarnos qué pasaba por su mente cuando cometió la agresión. ¿Pensó alguna vez que sus actos podían costarle más de un cuarto de siglo de libertad? No tenemos elementos para responderlo. Tampoco conocemos suficientemente su historia personal. Pero el caso permite reflexionar sobre una pregunta más amplia: ¿por qué hay personas que cometen delitos gravísimos sin que la perspectiva de una larga condena consiga detenerlas? En las agresiones sexuales, además, deben examinarse factores particulares, como el abuso de poder, las actitudes de dominación, la falta de respeto al consentimiento y la violencia contra las víctimas. Nada de ello puede reducirse a un simple impulso o a una mala decisión juvenil.
La criminología ha investigado precisamente ese fenómeno. Kevin D. Tunnell, en un estudio publicado en 1990, entrevistó a 60 delincuentes reincidentes y encontró que muchos confiaban en no ser atrapados, suponían que recibirían castigos relativamente leves o habían perdido el miedo a la prisión. Otra investigación, realizada por Julie Horney e Ineke Haen Marshall entre 1,046 delincuentes condenados, demostró la importancia de la experiencia previa en la percepción del riesgo de captura. Quien delinque repetidamente sin consecuencias puede terminar convencido de que continuará escapando. Por eso, una conclusión fundamental de los estudios sobre disuasión es que la certeza del castigo tiene mayor efecto preventivo que su severidad. Dicho de otra manera: para muchos delincuentes importa menos que la ley establezca 50 años de cárcel que la posibilidad real de ser detenidos mañana.
Sin embargo, sería un error suponer que todos los delitos responden a un cálculo racional. Algunos se cometen por codicia, búsqueda de poder, placer asociado al sometimiento de otros, venganza, resentimiento, impulsividad o deseo de reconocimiento. Otros están relacionados con el consumo problemático de alcohol y drogas, aunque estas sustancias no convierten automáticamente a nadie en delincuente. También influyen las experiencias de violencia familiar, el abandono escolar, las amistades involucradas en actividades ilícitas, la falta de oportunidades y la normalización de conductas antisociales. Ninguno de estos factores, por separado, determina que alguien cometerá un delito. Millones de jóvenes mexicanos crecen en condiciones difíciles y jamás agreden, roban o asesinan. La pobreza no es sinónimo de criminalidad, así como una posición económica privilegiada tampoco garantiza honestidad.
En trabajos anteriores abordamos un fenómeno especialmente preocupante: el reclutamiento de niños y adolescentes por organizaciones criminales. Retomamos entonces una idea central del estudio El crimen como oficio, de Isaac de León Beltrán y Eduardo Salcedo Albarán: la delincuencia también puede aprenderse mediante procesos graduales. Entre el adolescente que comienza vigilando una esquina y el individuo dispuesto a asesinar por encargo puede existir una cadena de aprendizaje, entrenamiento y desensibilización. Primero aparecen pequeñas tareas, como transmitir mensajes, observar movimientos o proporcionar información; después pueden venir el narcomenudeo, el manejo de armas, las amenazas, las extorsiones y, finalmente, los homicidios. No es una trayectoria inevitable, pero constituye un riesgo que las autoridades deben identificar antes de que resulte demasiado tarde.
Aquella investigación nos permitió distinguir tres componentes del aprendizaje criminal: el cognitivo, relacionado con saber cómo delinquir; el volitivo, vinculado con la disposición a hacerlo; y el control emotivo, mediante el cual el individuo aprende a dominar el miedo, los nervios o la culpa. Las organizaciones criminales no solamente reclutan personas: en determinados casos, las entrenan para acostumbrarse a la violencia. También existen jóvenes que ingresan engañados, amenazados o sometidos por la fuerza, por lo que resulta indispensable distinguir al reclutador del menor explotado. Las investigaciones sobre el desarrollo adolescente muestran, asimismo, que durante esa etapa existe una mayor sensibilidad a las recompensas inmediatas y a la influencia del grupo. Esto puede contribuir a explicar por qué algunos jóvenes aceptan riesgos enormes a cambio de dinero rápido, motocicletas, armas, prestigio o la sensación de pertenecer a una organización poderosa.
Y aquí aparece otra pregunta incómoda: ¿qué modelos de conducta estamos ofreciendo a las nuevas generaciones? Hablamos de los jóvenes que admiran a delincuentes, pero pocas veces examinamos a los adultos que contribuyen a normalizar la deshonestidad. Existen políticos y funcionarios públicos cuya conducta dista mucho de representar ejemplos de integridad, legalidad y servicio. Cuando un adolescente observa que determinados personajes prosperan mediante abusos, corrupción, enriquecimiento inexplicable o relaciones de complicidad, recibe un mensaje profundamente contradictorio. Desde la escuela se le enseña que debe respetar la ley, mientras en el espacio público descubre que algunos de quienes deberían defenderla parecen beneficiarse de su incumplimiento. No se trata de afirmar que los malos ejemplos producen automáticamente delincuentes, sino de reconocer que la impunidad también educa.
En Morelos deberíamos examinar con mayor seriedad lo que ocurre en determinadas colonias y comunidades donde las organizaciones delictivas encuentran condiciones favorables para captar jóvenes. ¿Cuántos adolescentes abandonaron la secundaria o el bachillerato y quedaron fuera de cualquier programa de seguimiento? ¿Cuántos comenzaron consumiendo drogas, después vendiéndolas y posteriormente trabajando para grupos criminales? ¿Cuántos fueron atraídos por amigos que ya participaban en actividades ilegales? ¿Cuántos viven rodeados de violencia, sin espacios deportivos, culturales o perspectivas laborales razonables? Pero también debemos preguntarnos cuántos delitos podrían evitarse mediante una investigación policial eficaz, una procuración de justicia confiable y una intervención temprana de las instituciones educativas, familiares y comunitarias. La prevención no puede descansar exclusivamente en patrullas y operativos; mucho menos en discursos oficiales.
Finalmente, conviene regresar a la pregunta que dio origen a esta reflexión. ¿Sabía el hombre condenado por violación en Tetela del Volcán que podía pasar 25 años en prisión? No lo sabemos. Pero sí sabemos que existen delincuentes que actúan convencidos de que jamás serán capturados; otros minimizan el castigo, algunos se dejan arrastrar por impulsos y otros han aprendido a considerar la violencia como parte de su actividad cotidiana. Comprender esas diferencias es indispensable para prevenir nuevos delitos, sin justificar jamás a sus autores ni minimizar el sufrimiento de las víctimas. Las sentencias son necesarias, pero llegan cuando el daño ya está hecho. El verdadero desafío de una sociedad consiste en intervenir antes: antes de que un niño sea reclutado, antes de que un adolescente normalice el uso de un arma, antes de que alguien convierta la agresión en una forma de ejercer poder. Porque una sociedad que solamente aprende a contar años de cárcel, pero no consigue impedir que sus jóvenes lleguen a ella, está llegando demasiado tarde.
