LA VIOLENCIA HACE RUIDO, PERO LA INVERSIÓN CONSTRUYE FUTURO

CINTARAZOS
Por Guillermo Cinta Flores
Viernes 30 de octubre de 2026
De Puerto Vallarta a Cuernavaca: una experiencia personal sobre el morbo periodístico, la confianza empresarial y las ciudades que se niegan a detener su crecimiento.
Entre 1990 y 1992 tuve la oportunidad de trabajar en el periódico Vallarta Opina, de Puerto Vallarta, Jalisco, bajo la dirección del inolvidable Luis Reyes Brambila, a quien recuerdo con profundo respeto y afecto. Fueron años de extraordinario aprendizaje periodístico y de contacto con una ciudad que, aunque ya figuraba entre los destinos turísticos más importantes de México, todavía estaba lejos de alcanzar las dimensiones que conocemos actualmente. En aquellos tiempos también ocurrían asesinatos, ataques violentos y acontecimientos que sacudían a la población. Y, naturalmente, los periódicos locales encontraban en esas historias un filón inagotable para despertar el interés de sus lectores.
Recuerdo que un colega, lamentablemente también fallecido, me formuló cierta vez una pregunta aparentemente sencilla: ¿Qué es lo más importante de una nota periodística? Respondí con los conceptos que nos enseñaban en las redacciones: la entrada, el título, la estructura de pirámide invertida, las respuestas al qué, quién, cómo, cuándo, dónde y por qué. Mi compañero sonrió y me interrumpió con una sentencia que jamás olvidé: «¡No, hombre! ¡Lo más importante es EL MORBO!». Aquella expresión, pronunciada entre bromas, encerraba una verdad incómoda sobre el comportamiento de buena parte de los consumidores de noticias. La sangre vende. La tragedia atrae. El escándalo circula con una facilidad que pocas veces consiguen las buenas noticias.
Pero mientras nosotros cubríamos aquellos acontecimientos, en otro ámbito de Puerto Vallarta se desarrollaban conversaciones muy distintas. Algunos empresarios hoteleros importantes me expresaban, fuera de entrevistas, una preocupación que consideraban fundamental para el destino turístico: «Ojalá y nunca tengamos que enfrentar las consecuencias de un asesinato de un turista». No hablaban únicamente de la pérdida de una vida humana, por supuesto irreparable, sino también del efecto que un acontecimiento semejante podía provocar sobre la reputación internacional de la ciudad, la llegada de visitantes y las inversiones multimillonarias comprometidas en su infraestructura.
Mientras tanto, Puerto Vallarta seguía creciendo. Y lo hacía de manera impresionante. La construcción de hoteles, conjuntos residenciales, restaurantes y centros comerciales avanzaba sin detenerse. Cuando regresé definitivamente a Cuernavaca, en 1992, todavía había extensiones enormes de la Bahía de Banderas donde apenas comenzaba a visualizarse el desarrollo que vendría. Recuerdo particularmente las inmediaciones de Punta Mita, donde no existían los extraordinarios complejos turísticos que hoy caracterizan esa parte del litoral nayarita. Allí, donde predominaban poblaciones pequeñas, caminos y paisajes prácticamente intactos por el turismo de gran escala, terminaron levantándose instalaciones hoteleras de categoría internacional.
Y no estoy hablando únicamente de recuerdos. Las cifras históricas confirman aquella transformación. Entre 1990 y 2004, el municipio de Bahía de Banderas pasó de aproximadamente 1,221 habitaciones de hospedaje a 6,183, mientras sus establecimientos aumentaron de 21 a 94. El espectacular Four Seasons Resort Punta Mita abrió sus puertas en septiembre de 1999, siete años después de mi regreso a Morelos. Posteriormente llegaron otros desarrollos hoteleros y residenciales de enorme importancia. Aquella región terminó consolidándose como uno de los grandes corredores turísticos de lujo del Pacífico mexicano. Desde luego, ese crecimiento también produjo conflictos territoriales, presiones ambientales y desigualdades que no deben ignorarse. Pero resulta imposible negar la gigantesca transformación económica experimentada en poco más de tres décadas.
¿A dónde quiero llegar con estas evocaciones? A Cuernavaca, naturalmente. Y a una noticia que considero extraordinariamente significativa para el futuro económico de nuestra capital. Este jueves 29 de octubre de 2026 fueron anunciados dos acontecimientos que, en medio de la avalancha cotidiana de información sobre homicidios, asaltos, extorsiones y enfrentamientos, merecen mucho más que una mención circunstancial: la colocación de la primera piedra del hotel Hilton Garden Inn y la inauguración de la torre médica y empresarial BIOS Averanda.
El nuevo hotel representa una inversión privada superior a 500 millones de pesos. Tendrá 144 habitaciones, aproximadamente 500 metros cuadrados para reuniones y eventos, restaurante y espacios abiertos. Una vez que comience operaciones, se prevé la generación de más de 150 empleos formales permanentes, adicionales a los puestos de trabajo asociados con su construcción. Por otra parte, BIOS Averanda contará con 88 consultorios y oficinas destinados a profesionales de la salud y actividades empresariales. Se trata de dos inversiones que contribuyen a consolidar un corredor económico donde convergen comercio, servicios, actividades médicas, hospedaje y desarrollo inmobiliario.
No estamos ante inversiones menores. Tampoco frente a simples anuncios publicitarios. En el caso del Hilton Garden Inn, existe una decisión empresarial de comprometer cientos de millones de pesos en una ciudad que, ciertamente, enfrenta problemas graves de seguridad, movilidad, abastecimiento de agua y crecimiento urbano. Y aquí está, desde mi perspectiva, el aspecto fundamental de esta historia: los inversionistas no colocan semejantes cantidades de dinero sobre una mesa porque hayan leído un boletín gubernamental optimista. Lo hacen porque identifican mercados, calculan riesgos, estudian posibilidades de rentabilidad y encuentran perspectivas favorables de largo plazo.
La gobernadora Margarita González Saravia estuvo presente en ambos acontecimientos. Su participación resulta importante porque el impulso al turismo, la atracción de inversiones y el fortalecimiento de la infraestructura económica deben formar parte de una estrategia estatal sostenida, más allá de ceremonias inaugurales y declaraciones circunstanciales. También adquiere relevancia su referencia al futuro centro de convenciones proyectado para esta misma zona de Cuernavaca, con capacidad anunciada para más de tres mil personas. Si esa infraestructura se concreta, y si viene acompañada de conectividad, servicios públicos suficientes y promoción profesional, podría contribuir a que Morelos capture una porción mayor del turismo de congresos, reuniones empresariales y convenciones, particularmente durante los días laborables.
Aquí conviene detenernos en otra consideración. Cuernavaca no necesita competir con los destinos de playa ni pretender convertirse en una réplica de Puerto Vallarta. Sus ventajas son distintas: la proximidad con la Ciudad de México, su clima, su patrimonio histórico, su tradición gastronómica, sus espacios para celebraciones y su potencial en los servicios médicos especializados. El turismo de salud y el turismo de negocios representan mercados que pueden articularse con la hotelería tradicional, los restaurantes, el comercio y las actividades recreativas. La verdadera oportunidad consiste en construir una oferta suficientemente atractiva para que los visitantes permanezcan más tiempo, consuman más servicios y generen una derrama económica distribuida entre un número mayor de establecimientos y trabajadores.
Por supuesto, nadie sensato puede sostener que la inversión privada vuelve irrelevantes los hechos violentos. Sería una irresponsabilidad. Lo ocurrido recientemente en Cuautla, particularmente los ataques contra personas y unidades del transporte público, constituye una señal de alarma que las autoridades tienen la obligación de atender con eficacia. También Cuernavaca y su zona metropolitana registran acontecimientos que afectan la tranquilidad de las familias y la percepción de seguridad. La violencia tiene consecuencias humanas, sociales y económicas reales. Una ciudad no puede construir indefinidamente su prosperidad sobre la resignación de sus habitantes frente a la delincuencia.
Sin embargo, tampoco debemos caer en el extremo opuesto: suponer que cada asesinato significa el derrumbe inevitable de toda expectativa económica. La experiencia de Puerto Vallarta me enseñó que las ciudades poseen dinámicas mucho más complejas que las reflejadas diariamente en sus páginas policiacas. Mientras algunos acontecimientos generan temor y titulares estremecedores, otros actores económicos continúan invirtiendo, construyendo, contratando trabajadores y proyectando negocios para los siguientes diez, veinte o treinta años. La inseguridad debe combatirse, no minimizarse; pero tampoco debe convertirse en la única explicación de cuanto sucede en una comunidad.
Hay además una responsabilidad que corresponde directamente al periodismo. Aquella frase de mi compañero sobre el morbo puede explicar una parte del negocio informativo, pero no debería convertirse en nuestra filosofía profesional. Tenemos la obligación de documentar los homicidios, denunciar la impunidad y exigir resultados a las autoridades. Sin embargo, con la misma seriedad debemos informar cuando llegan inversiones capaces de modificar la estructura económica de una ciudad. Una inversión privada de más de 500 millones de pesos, como la anunciada para el Hilton Garden Inn, merece análisis, seguimiento y escrutinio. Importa saber quién invierte, cuánto se compromete, cuántos empleos se generan realmente y qué beneficios llegan a la población.
En ese sentido, el capital privado constituye uno de los indicadores más interesantes de las expectativas sobre una región. No es infalible, desde luego: los inversionistas también se equivocan, los proyectos pueden fracasar y el desarrollo inmobiliario mal planificado puede agravar los problemas urbanos. Por eso corresponde a los gobiernos garantizar certeza jurídica, infraestructura hidráulica, movilidad, seguridad y reglas claras. A Margarita González Saravia le corresponde una tarea esencial: conseguir que la confianza expresada por estos empresarios se traduzca en una corriente sostenida de inversiones productivas hacia Cuernavaca y los demás municipios de Morelos. Que no se trate de dos acontecimientos aislados, sino del comienzo de una etapa de mayor dinamismo económico.
Han transcurrido treinta y cuatro años desde mi regreso de Puerto Vallarta. Cuando observo las fotografías actuales de Punta Mita y de toda aquella región, me resulta inevitable recordar cómo eran esos lugares cuando yo recorría sus caminos y cubría acontecimientos para Vallarta Opina. Nadie podía anticipar con exactitud las dimensiones que adquiriría su infraestructura turística. Pero había empresarios mirando hacia adelante, aun con todos los riesgos existentes. Y eso es precisamente lo que encuentro significativo en las inversiones anunciadas hoy para Cuernavaca: mientras una parte de nuestra conversación pública permanece atrapada en las noticias de violencia, hay quienes están comprometiendo recursos para construir instalaciones que deberán funcionar durante muchas décadas.
El morbo puede vender miles de periódicos en una mañana. Una inversión productiva, cuando se realiza responsablemente, puede sostener cientos de familias durante muchos años. Ambas realidades merecen atención, pero no tienen el mismo horizonte. Ojalá que, dentro de tres décadas, quienes recorran Cuernavaca puedan observar una ciudad más próspera, moderna y segura, y encuentren en los proyectos anunciados este jueves uno de los antecedentes de esa transformación. Porque las ciudades no se construyen solamente con discursos gubernamentales ni con titulares periodísticos. Se construyen, sobre todo, con trabajo, confianza, capital, instituciones eficaces y ciudadanos capaces de exigir un futuro mejor.
Y porque, pese a todas sus dificultades, Cuernavaca sigue siendo una ciudad en la que vale la pena invertir.
