ALM: décadas de cables, riesgos y advertencias hasta que el fuego volvió
El incendio que durante la noche del domingo y madrugada de este lunes volvió a golpear al mercado Adolfo López Mateos de Cuernavaca no debería analizarse únicamente como una emergencia accidental. Detrás de las llamas existe un problema acumulado durante décadas: instalaciones eléctricas envejecidas, modificaciones realizadas conforme crecieron los comercios, extensiones, conexiones improvisadas y una infraestructura que ha sido rebasada por la transformación de una central de abasto inaugurada hace más de seis décadas. El saldo preliminar dimensiona la gravedad: alrededor de 300 locales tuvieron algún grado de afectación y unos 120 registrarían daños de entre 80 y 100 por ciento.
El fuego habría comenzado alrededor de las 23:20 horas en el área de materias primas y posteriormente alcanzó zonas de dulcerías y parte de frutas y verduras. La Coordinación Estatal de Protección Civil movilizó, junto con otras dependencias, a 120 elementos pertenecientes a 16 instituciones. Tres personas fueron atendidas por inhalación de humo y otra debió ser trasladada debido a cortaduras. Afortunadamente no hubo víctimas mortales ni personas quemadas.
Pero la pregunta principal permanece abierta: ¿qué provocó el incendio? Hasta la tarde de este lunes no existe un dictamen oficial que permita atribuirlo definitivamente a un cortocircuito. Las investigaciones deberán establecer el punto exacto donde comenzó el fuego y determinar su origen. Sin embargo, la hipótesis eléctrica inevitablemente cobra relevancia debido a los antecedentes del propio mercado y a las condiciones que durante años han sido visibles en diferentes secciones de la nave.
No se trata solamente de apreciaciones de comerciantes o visitantes. En mayo de 2023 el propio Ayuntamiento de Cuernavaca reconoció oficialmente que, debido a los casi 60 años que entonces tenía funcionando el mercado y a la instalación de cableados eléctricos que “en muchas ocasiones” no se realizaban correctamente como consecuencia de la ampliación y colocación de puestos, se habían generado diversos incendios que afectaron la infraestructura. Es decir: el riesgo eléctrico había sido identificado institucionalmente desde hace años.
Un mes después de aquella advertencia ocurrió otro incendio. Fue el 10 de junio de 2023, en los locales 585 y 586 del pasillo de pollerías. La inspección preliminar encontró un motor térmico en malas condiciones, extensiones eléctricas colocadas en el piso, debajo de tarimas, madera y cartón, además de conductores quemados y materiales altamente combustibles. Aquello constituía prácticamente una fotografía de los riesgos que pueden acumularse cuando electricidad, instalaciones improvisadas y mercancías inflamables conviven dentro de espacios comerciales reducidos.
El problema volvió a manifestarse en diciembre de 2024. Un cortocircuito fue señalado entonces como origen de otro conato de incendio dentro del ALM. Y el antecedente histórico más dramático continúa siendo el siniestro de agosto de 2010, cuando las llamas destruyeron aproximadamente 60 por ciento de la principal central de abasto de Cuernavaca y cerca de mil comerciantes perdieron su patrimonio. El incendio de este lunes, por fortuna, estuvo muy lejos de alcanzar aquellas dimensiones, pero vuelve a encender exactamente las mismas alarmas.
A lo largo de los años, además, alrededor del mercado se ha señalado la existencia de conexiones improvisadas y tomas irregulares de electricidad, conocidas popularmente como “diablitos”. Determinar cuántas existen actualmente, quiénes consumen electricidad mediante contratos individuales, qué establecimientos comparten circuitos y cuántos pudieran obtener energía fuera de la normatividad requiere una auditoría técnica de la Comisión Federal de Electricidad. Sería irresponsable establecer cifras sin esa revisión, pero igualmente irresponsable sería seguir ignorando un problema que está a la vista en diferentes puntos de la central de abasto.
Aquí aparece entonces una responsabilidad compartida. Los comerciantes deben entender que alterar instalaciones, sobrecargar circuitos o utilizar conexiones clandestinas puede poner en peligro no solamente su patrimonio, sino miles de vidas. Pero las autoridades tampoco pueden limitarse a intervenir después de cada incendio. Protección Civil, Ayuntamiento y CFE deberían realizar una revisión integral, local por local y circuito por circuito, retirando instalaciones irregulares y estableciendo cargas eléctricas compatibles con las necesidades actuales del mercado.
Es cierto que se han realizado inversiones. El Ayuntamiento rehabilitó el sistema hidráulico contra incendios y este lunes destacó que dicho mecanismo funcionó durante la emergencia. También informó que la zona dañada representa aproximadamente entre 10 y 15 por ciento del inmueble y que el resto del mercado continúa funcionando. Eso debe reconocerse. Pero disponer de agua para combatir un incendio constituye apenas una parte de la solución; la prioridad tendría que ser impedir que el fuego comience.
El incendio de septiembre de 2026 ofrece, por tanto, una oportunidad que no debería desperdiciarse reconstruyendo simplemente los locales quemados para regresar después a las mismas condiciones. Antes de colocar nuevas cortinas, mercancías y anaqueles debería efectuarse una intervención eléctrica profunda, con participación de especialistas, CFE, Protección Civil, Ayuntamiento, Gobierno estatal y organizaciones de comerciantes. Si el dictamen finalmente confirma que nuevamente fue un cortocircuito, la advertencia será todavía más contundente. Y si determina otra causa, el problema eléctrico seguirá estando ahí. Después de décadas de cables, improvisaciones, incendios y advertencias, esperar al próximo siniestro ya no puede ser considerado mala suerte: sería negligencia.
ALM: DÉCADAS DE CABLES, RIESGOS Y ADVERTENCIAS HASTA QUE EL FUEGO VOLVIÓ
El incendio que durante la noche del domingo y madrugada de este lunes volvió a golpear al mercado Adolfo López Mateos de Cuernavaca no debería analizarse únicamente como una emergencia accidental. Detrás de las llamas existe un problema acumulado durante décadas: instalaciones eléctricas envejecidas, modificaciones realizadas conforme crecieron los comercios, extensiones, conexiones improvisadas y una infraestructura que ha sido rebasada por la transformación de una central de abasto inaugurada hace más de seis décadas. El saldo preliminar dimensiona la gravedad: alrededor de 300 locales tuvieron algún grado de afectación y unos 120 registrarían daños de entre 80 y 100 por ciento.
El fuego habría comenzado alrededor de las 23:20 horas en el área de materias primas y posteriormente alcanzó zonas de dulcerías y parte de frutas y verduras. La Coordinación Estatal de Protección Civil movilizó, junto con otras dependencias, a 120 elementos pertenecientes a 16 instituciones. Tres personas fueron atendidas por inhalación de humo y otra debió ser trasladada debido a cortaduras. Afortunadamente no hubo víctimas mortales ni personas quemadas.
Pero la pregunta principal permanece abierta: ¿qué provocó el incendio? Hasta la tarde de este lunes no existe un dictamen oficial que permita atribuirlo definitivamente a un cortocircuito. Las investigaciones deberán establecer el punto exacto donde comenzó el fuego y determinar su origen. Sin embargo, la hipótesis eléctrica inevitablemente cobra relevancia debido a los antecedentes del propio mercado y a las condiciones que durante años han sido visibles en diferentes secciones de la nave.
No se trata solamente de apreciaciones de comerciantes o visitantes. En mayo de 2023 el propio Ayuntamiento de Cuernavaca reconoció oficialmente que, debido a los casi 60 años que entonces tenía funcionando el mercado y a la instalación de cableados eléctricos que “en muchas ocasiones” no se realizaban correctamente como consecuencia de la ampliación y colocación de puestos, se habían generado diversos incendios que afectaron la infraestructura. Es decir: el riesgo eléctrico había sido identificado institucionalmente desde hace años.
Un mes después de aquella advertencia ocurrió otro incendio. Fue el 10 de junio de 2023, en los locales 585 y 586 del pasillo de pollerías. La inspección preliminar encontró un motor térmico en malas condiciones, extensiones eléctricas colocadas en el piso, debajo de tarimas, madera y cartón, además de conductores quemados y materiales altamente combustibles. Aquello constituía prácticamente una fotografía de los riesgos que pueden acumularse cuando electricidad, instalaciones improvisadas y mercancías inflamables conviven dentro de espacios comerciales reducidos.
El problema volvió a manifestarse en diciembre de 2024. Un cortocircuito fue señalado entonces como origen de otro conato de incendio dentro del ALM. Y el antecedente histórico más dramático continúa siendo el siniestro de agosto de 2010, cuando las llamas destruyeron aproximadamente 60 por ciento de la principal central de abasto de Cuernavaca y cerca de mil comerciantes perdieron su patrimonio. El incendio de este lunes, por fortuna, estuvo muy lejos de alcanzar aquellas dimensiones, pero vuelve a encender exactamente las mismas alarmas.
A lo largo de los años, además, alrededor del mercado se ha señalado la existencia de conexiones improvisadas y tomas irregulares de electricidad, conocidas popularmente como “diablitos”. Determinar cuántas existen actualmente, quiénes consumen electricidad mediante contratos individuales, qué establecimientos comparten circuitos y cuántos pudieran obtener energía fuera de la normatividad requiere una auditoría técnica de la Comisión Federal de Electricidad. Sería irresponsable establecer cifras sin esa revisión, pero igualmente irresponsable sería seguir ignorando un problema que está a la vista en diferentes puntos de la central de abasto.
Aquí aparece entonces una responsabilidad compartida. Los comerciantes deben entender que alterar instalaciones, sobrecargar circuitos o utilizar conexiones clandestinas puede poner en peligro no solamente su patrimonio, sino miles de vidas. Pero las autoridades tampoco pueden limitarse a intervenir después de cada incendio. Protección Civil, Ayuntamiento y CFE deberían realizar una revisión integral, local por local y circuito por circuito, retirando instalaciones irregulares y estableciendo cargas eléctricas compatibles con las necesidades actuales del mercado.
Es cierto que se han realizado inversiones. El Ayuntamiento rehabilitó el sistema hidráulico contra incendios y este lunes destacó que dicho mecanismo funcionó durante la emergencia. También informó que la zona dañada representa aproximadamente entre 10 y 15 por ciento del inmueble y que el resto del mercado continúa funcionando. Eso debe reconocerse. Pero disponer de agua para combatir un incendio constituye apenas una parte de la solución; la prioridad tendría que ser impedir que el fuego comience.
El incendio de septiembre de 2026 ofrece, por tanto, una oportunidad que no debería desperdiciarse reconstruyendo simplemente los locales quemados para regresar después a las mismas condiciones. Antes de colocar nuevas cortinas, mercancías y anaqueles debería efectuarse una intervención eléctrica profunda, con participación de especialistas, CFE, Protección Civil, Ayuntamiento, Gobierno estatal y organizaciones de comerciantes. Si el dictamen finalmente confirma que nuevamente fue un cortocircuito, la advertencia será todavía más contundente. Y si determina otra causa, el problema eléctrico seguirá estando ahí. Después de décadas de cables, improvisaciones, incendios y advertencias, esperar al próximo siniestro ya no puede ser considerado mala suerte: sería negligencia.

