Temoac: del humo en la masmorra al plomo en el Palacio Municipal
LA CRÓNICA DE MORELOS
Miércoles 22 de julio de 2026
Por Guillermo Cinta Flores
El municipio de Temoac, Morelos, no nació en paz. Se erigió el 17 de marzo de 1977 —el número 33 del estado— tras una lucha social que costó vidas y que arrancó de Zacualpan de Amilpas las comunidades de Temoac (cabecera), Amilcingo, Huazulco y Popotlán.
El motor de esa escisión fue el profesor Vinh Flores Laureano, líder comunitario y promotor de la Normal Rural “Emiliano Zapata” de Amilcingo (creada en octubre de 1973). Su activismo por mejores condiciones para los pueblos indígenas y contra la marginación lo convirtió en objetivo. Lo asesinaron el 6 o 7 de septiembre de 1976 (junto con su tío Enrique Flores) en la zona de Tepexco, Puebla. Sus cuerpos aparecieron días después, con señales de tortura.
Ese crimen no detuvo el movimiento, pero marcó el tono: Temoac llegó al mundo político envuelto en represión y en un episodio que sigue vivo en la memoria colectiva. A mediados de los setenta —antes incluso de la erección municipal—, una turba linchó a varios agentes de la extinta Policía Judicial (y a un estudiante de derecho que actuaba como “madrina”) acusados de extorsión. Los encerraron en la pequeña celda de la ayudantía municipal y los quemaron vivos. Murieron asfixiados entre el humo (mezclado con chile) y las llamas. Ese hecho —el “linchamiento de los judiciales”— estigmatizó para siempre al lugar como zona de rebeldía y justicia por mano propia.
Desde entonces, la violencia no ha soltado a Temoac. El primer presidente municipal, Eustorgio Abúndez, y el segundo, Nabor Barrera Ramírez, fueron asesinados (este último en 1979 o 1980, apenas días después de tomar posesión). Han seguido decenas de homicidios de autoridades, activistas, ejidatarios y civiles comunes. Samir Flores Soberanes (sobrino de Vinh), activista opositor a la termoeléctrica de Huexca, fue acribillado en su casa en febrero de 2019. Sandra Rosa Camacho, otra voz crítica que denunció extorsiones y señaló directamente al poder local, murió de un balazo en la cabeza en marzo de 2026, con un modus operandi similar.
Sin exagerar: cientos de hechos violentos y delictivos han jalonado medio siglo de historia municipal. La zona oriente de Morelos —con Temoac en el centro— ha sido terreno de disputa entre grupos criminales, extorsión (“cobro de piso”), secuestros y narcomenudeo.
Entre esos capítulos destaca el de Andrea Angelina “N”, conocida como “La Patrona”. Ex tesorera municipal, suegra del alcalde Valentín Lavín Romero, ha sido detenida en más de una ocasión acusada de liderar o integrar la célula “Los Aparicio” / “Los Huazulco”, dedicada a extorsión, secuestro y delitos contra la salud. Su esposo tiene antecedentes por secuestro. El propio Lavín Romero (quien ya había gobernado entre 2019-2021 y regresó en 2025 por el PVEM) sobrevivió a un atentado en enero de 2026 en la carretera México-Oaxaca, cerca de Amayuca, y enfrentó señalamientos públicos de vínculos con esas redes. En 2018, cuando era alcalde electo, tres familiares de su esposa fueron asesinados en Huazulco.
Hoy, 22 de julio de 2026, la historia se repitió con crudeza: dos sicarios ingresaron al Palacio Municipal de Temoac y acribillaron al presidente municipal Valentín Lavín Romero. Sobrevivió al primer intento en enero; esta vez no tuvo escapatoria. El gobierno estatal desplegó operativos, pero la pregunta que flota es la misma de siempre: ¿hasta cuándo esta cadena de impunidad y poder entrelazado con el crimen?
Temoac no es un municipio “maldito” por destino. Es el resultado de décadas de marginación, luchas sociales traicionadas por la represión, y después por la captura institucional. La sangre del profesor Vinh, la de los judiciales en la masmorra, la de Nabor Barrera, Samir, Sandra Rosa y ahora la del alcalde Lavín Romero, forman un mismo hilo: la ausencia de justicia y la normalización de la violencia como forma de resolver conflictos.
Mientras no se rompa ese círculo —con investigaciones serias, no solo operativos mediáticos—, Temoac seguirá siendo el espejo incómodo de lo que pasa cuando el Estado llega tarde, débil o cómplice. La historia no se repite por casualidad. Se repite porque nadie la ha querido cortar de raíz.
