Comer durante la jornada laboral devora el salario; en Morelos, la mala alimentación también golpea a la infancia
El estudio, difundido por El Economista, señala que el desembolso cotidiano puede oscilar entre 150 y 200 pesos por persona, destinados a café, tamales, tortas, tacos, comidas corridas y refrescos. Aunque representan alternativas accesibles y rápidas, estas opciones no siempre garantizan una alimentación equilibrada, particularmente cuando predominan los productos con exceso de calorías, grasas, azúcares o sodio.
La dimensión del problema resulta más evidente al comparar esos gastos con el salario mínimo general vigente en 2026, establecido en 315.04 pesos diarios. Un trabajador que percibe esa remuneración y desembolsa 200 pesos para alimentarse durante su jornada destinaría 63.5 por ciento de su ingreso diario únicamente a ese concepto, quedándole alrededor de 115 pesos para transporte, vivienda, servicios y demás necesidades familiares.
La investigación también recupera información de la Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares (ENIGH), según la cual las familias mexicanas gastaron durante 2024 un promedio de 3 mil 896 pesos trimestrales, equivalentes a aproximadamente mil 299 pesos mensuales, en alimentos y bebidas consumidos fuera del hogar.
Especialistas universitarios subrayan que la alimentación deficiente no solamente repercute en la economía familiar, sino también en la concentración, el rendimiento físico y mental, el ausentismo laboral y la aparición de enfermedades crónicas, como diabetes e hipertensión. El problema, por lo tanto, trasciende las decisiones individuales de consumo y constituye un desafío para las empresas, las autoridades sanitarias y las políticas de bienestar.
Morelos: casi seis de cada diez hogares padecen inseguridad alimentaria
Los resultados de la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición Continua 2020-2024, publicados por el Instituto Nacional de Salud Pública, permiten dimensionar el problema en Morelos.
De acuerdo con este estudio, solamente 43.3 por ciento de los hogares morelenses presentó condiciones de seguridad alimentaria, mientras que el restante 56.8 por ciento registró algún grado de inseguridad alimentaria, considerando el redondeo de las estimaciones.
Del total de hogares, 35.1 por ciento experimentó inseguridad alimentaria leve; 13.9 por ciento, moderada, y 7.8 por ciento, severa. Esto significa que aproximadamente uno de cada cinco hogares enfrentó condiciones moderadas o severas, caracterizadas por restricciones más importantes en la cantidad o calidad de los alimentos disponibles.
Se trata de un indicador particularmente relevante porque la inseguridad alimentaria no necesariamente implica ausencia absoluta de comida. También comprende situaciones en las que las familias deben reducir la variedad y calidad de sus alimentos, modificar sus hábitos de consumo o enfrentar incertidumbre sobre la posibilidad de alimentarse adecuadamente.
Estos resultados corresponden a mediciones realizadas entre 2021 y 2024, por lo que no deben interpretarse como cifras exclusivas de 2026. Sin embargo, constituyen una referencia científica sólida sobre la magnitud estructural de las dificultades alimentarias en la entidad.
Desnutrición infantil y obesidad, las dos caras del problema
La información del Instituto Nacional de Salud Pública también revela indicadores preocupantes sobre la nutrición infantil en Morelos. En el periodo 2020-2024, el 14.1 por ciento de los menores de cinco años presentó baja talla para su edad, un indicador asociado con problemas de desnutrición crónica, mientras que 6.3 por ciento registró bajo peso.
Al mismo tiempo, 8.2 por ciento de los menores de cinco años presentó sobrepeso, lo que confirma la coexistencia de distintas formas de malnutrición en la entidad. Esta problemática se extiende a edades posteriores: entre los niños de cinco a once años, 33.8 por ciento padeció sobrepeso u obesidad, proporción que aumentó a 43.7 por ciento entre los adolescentes de doce a diecinueve años.
Los problemas tampoco desaparecen en la edad adulta. La misma encuesta identificó que 73.5 por ciento de la población morelense de veinte años o más presentó sobrepeso u obesidad, situación que incrementa los riesgos de enfermedades metabólicas y cardiovasculares. Aunque estos padecimientos tienen múltiples causas, la calidad de la dieta constituye uno de los factores fundamentales para su prevención.
Otra medición, elaborada por el INEGI con información de 2024 y recuperada por el sistema de indicadores de Early Institute, establece que 21.71 por ciento de los niños morelenses de cero a cinco años enfrentaba carencia por acceso a la alimentación nutritiva y de calidad, frente al promedio nacional de 16.15 por ciento. La diferencia de 5.56 puntos porcentuales evidencia una desventaja para la infancia del estado.
Este último indicador mide el acceso a una alimentación adecuada y no debe confundirse con un diagnóstico clínico de desnutrición. Sin embargo, ambos datos permiten identificar las distintas dimensiones de un problema que comienza desde los primeros años de vida y puede prolongarse durante la edad adulta.
Comer bien también debe ser una responsabilidad laboral
Frente a este escenario, especialistas de la UNAM consideran necesario fortalecer las prestaciones alimentarias para los trabajadores, mediante comedores laborales, vales de comida y otros mecanismos que permitan acceder a una dieta equilibrada sin comprometer una proporción excesiva del salario.
La Ley de Ayuda Alimentaria para los Trabajadores contempla incentivos para impulsar estos beneficios, aunque la legislación laboral mexicana no establece una obligación general para que todas las empresas proporcionen alimentos preparados a sus empleados.
En una entidad como Morelos, donde numerosos trabajadores deben combinar sus gastos de alimentación con transporte, vivienda, servicios y sostenimiento familiar, mejorar el acceso a comida saludable representa un desafío que involucra tanto a los empleadores como a las instituciones públicas.
Los resultados de las investigaciones dejan una conclusión relevante: mientras una parte de la población trabajadora destina cantidades considerables de sus ingresos a comer durante la jornada laboral, miles de familias morelenses continúan enfrentando dificultades para garantizar una alimentación adecuada a sus hijos.
El problema no consiste solamente en cuánto cuesta comer, sino en qué tan bien se alimentan las personas con el dinero que tienen disponible. Y en Morelos, los indicadores muestran que la mala nutrición afecta simultáneamente a la infancia, a la población económicamente activa y a las generaciones adultas.
