CUERNAVACA: CUIDAR LOS ÁRBOLES Y RECUPERAR LA CIUDAD
OPINIÓN
Por Guillermo Cinta Flores
Martes 22 de septiembre de 2026
Hay cosas que quienes hemos vivido muchos años en Cuernavaca terminamos por dejar de mirar. Nos acostumbramos a ellas. Por eso resulta interesante escuchar la impresión de alguien que acaba de llegar a residir aquí y todavía observa la ciudad con ojos nuevos. Una persona muy estimada nos decía recientemente que eligió Cuernavaca, entre otras razones, porque pocas ciudades ofrecen esa sensación de tener la naturaleza prácticamente encima: árboles enormes en calles y avenidas, jardines que desbordan bardas, bugambilias, jacarandas, tabachines, laureles, ficus y una vegetación que hace que, vista con atención, la capital de Morelos siga siendo predominantemente verde… y muchos otros colores. Tenía razón.
Por eso es importante el anuncio del Ayuntamiento de Cuernavaca sobre los acuerdos alcanzados entre la Secretaría de Desarrollo Sustentable y Servicios Públicos y la Comisión Federal de Electricidad para coordinar las podas de árboles cercanos al cableado, luminarias e infraestructura eléctrica. Parece un asunto menor, pero no lo es. Durante demasiado tiempo hemos visto árboles mutilados, copas destrozadas y ejemplares deformados por podas realizadas exclusivamente para liberar cables. La seguridad eléctrica es indispensable, desde luego, pero también lo es entender que un árbol urbano no es un poste incómodo al que simplemente se le cortan las ramas que estorban.
Lo relevante del acuerdo es precisamente que CFE, Protección Civil y las autoridades municipales inspeccionarán conjuntamente los árboles antes de determinadas intervenciones y establecerán criterios para realizar los trabajos. Eso debería convertirse en protocolo permanente y, además, transparente. Cuernavaca necesita inventariar, proteger y manejar profesionalmente su arbolado. Un árbol de varias décadas no se repone plantando otro de metro y medio. Su sombra, captura de carbono, regulación de temperatura, infiltración de agua, presencia paisajística y valor para aves e insectos representan un patrimonio construido por la naturaleza durante años. Destruirlo puede tomar veinte minutos; recuperarlo, décadas.
Pero el tema conduce inevitablemente a una reflexión mayor. Aquella persona recién llegada a Cuernavaca hizo una observación que vale la pena recoger: esta ciudad podría ser extraordinariamente hermosa si no estuviera tan maltratada. Basta imaginarla sin tantos baches, hoyos, bordos, parches, zanjas abiertas y reparaciones del SAPAC que dejan cicatrices sobre el pavimento; sin la desmesurada cantidad de topes; con banquetas transitables y sin miles de vendedores ambulantes y semifijos apropiándose del espacio público. Hay puntos del Centro donde caminar por una acera se ha convertido prácticamente en una carrera de obstáculos. Degollado es apenas uno de los ejemplos más evidentes. El peatón, paradójicamente, termina caminando por el arroyo vehicular porque la banqueta dejó de pertenecerle.
A eso agreguemos las fachadas. Cuernavaca carece de una política integral de imagen urbana que pueda reconocerse a simple vista. Hay edificios deteriorados, pintura desprendida, cortinas metálicas vandalizadas, anuncios improvisados, cables, estructuras abandonadas y fachadas que llevan años sin recibir mantenimiento. Y vale hacer una precisión: vandalismo no es lo mismo que grafiti entendido como expresión artística. Una cosa es una obra autorizada que aporta al espacio urbano y otra muy distinta pintar firmas, rayones y garabatos sobre una casa, una cortina comercial, un monumento o una propiedad ajena. Eso último destruye paisaje urbano y genera una percepción permanente de abandono. Proyecta una localidad insegura.
Otras ciudades entendieron hace mucho que la apariencia del espacio común no puede quedar exclusivamente al capricho individual, particularmente en zonas históricas. Oaxaca exige autorización para pintar fachadas de su Centro Histórico y cuenta con un catálogo de colores; Puebla establece criterios y una paleta para su zona monumental; Guanajuato utiliza una paleta colonial en trabajos de remozamiento; Cartagena regula las intervenciones y la composición cromática de su patrimonio; y Charleston, en Carolina del Sur, somete las modificaciones visibles de sus distritos históricos a revisión arquitectónica. No se trata de convertir todas las casas en copias unas de otras, sino de comprender que el color, la limpieza y la conservación también construyen identidad.
¿Por qué Cuernavaca no podría emprender algo semejante, adaptado a su propia personalidad? No hablamos de pintar toda la ciudad del mismo color, ocurrencia que sería tan absurda como artificial. Hablamos de desarrollar una verdadera política de imagen urbana: gamas cromáticas por zonas, incentivos para rehabilitar fachadas, reglas claras para anuncios y cortinas comerciales, recuperación de banquetas, eliminación de cableado inútil, retiro de propaganda abandonada, combate al vandalismo, regulación efectiva del comercio que ocupa la vía pública y programas permanentes —no campañas de una semana— para mantener limpios los frentes de viviendas, negocios y edificios. El propietario tiene derechos sobre su inmueble, pero también responsabilidades frente a la ciudad en la que ese inmueble se encuentra.
Y aquí aparece una oportunidad enorme. Cuernavaca ya posee aquello que otras ciudades gastarían fortunas en conseguir: vegetación exuberante, clima privilegiado, barrancas, árboles monumentales, jardines, historia, arquitectura y una identidad reconocida incluso internacionalmente a partir de aquella vieja denominación de la Ciudad de la Eterna Primavera. No necesitamos inventarle una personalidad a Cuernavaca. La personalidad ya existe. Lo que hace falta es quitarle de encima las capas de abandono, improvisación, suciedad y desorden acumuladas durante décadas.
El acuerdo entre el Ayuntamiento y la CFE para evitar podas indiscriminadas puede parecer apenas una pequeña decisión administrativa, pero sería deseable que representara el principio de una visión mucho más ambiciosa. Cuidar los árboles debería conducir a cuidar las banquetas; cuidar las banquetas, a recuperar el espacio público; recuperar el espacio público, a ordenar el comercio; ordenar el comercio, a mejorar fachadas y anuncios; mejorar las fachadas, a combatir el vandalismo; y todo ello, finalmente, a devolverle coherencia estética y dignidad a la capital. Una ciudad no se embellece solamente colocando flores en una glorieta. Se embellece estableciendo reglas y, sobre todo, haciéndolas cumplir.
Cuernavaca todavía puede hacerlo porque, pese a todo lo que hemos permitido que le ocurra, su belleza esencial continúa ahí. Está en los árboles que forman túneles verdes sobre algunas avenidas, en las bugambilias que explotan sobre las bardas, en las jacarandas que cambian durante algunas semanas el color de las calles, en las barrancas y en esos rincones donde todavía es posible entender por qué generaciones enteras quedaron fascinadas con esta ciudad. Tal vez necesitábamos que alguien llegado de fuera nos lo recordara: debajo de los baches, los parches, los cables, los puestos, las fachadas descuidadas y los árboles mutilados sigue existiendo una ciudad extraordinaria.
El reto, entonces, no consiste solamente en impedir que alguien vuelva a podar un árbol “a lo bestia”. Consiste en recuperar una idea de ciudad. Que Cuernavaca vuelva a ser reconocible por su verde, por sus colores, por calles caminables, por fachadas cuidadas y por espacios públicos que verdaderamente sean públicos. El comunicado del Ayuntamiento puede quedarse en una mesa de coordinación más y perderse entre cientos de boletines oficiales, o puede convertirse en el primer paso de algo mucho mayor. Porque proteger un árbol es importante. Pero proteger la identidad de toda una ciudad lo es todavía más.
