Cuernavaca devorada: el espacio público que se convirtió en tianguis y guarida
En las calles de Cuernavaca, la Ciudad de la Eterna Primavera, ya no hay primavera que valga: el espacio público se esfuma bajo un mar de toldos raídos, carpas improvisadas y mercancías apiladas que asfixian hasta el último centímetro de banqueta.
No solo en el mentado Centro Histórico, donde avenidas como Morelos, Santos Degollado, Clavijero, Guerrero, Matamoros y No Reelección parecen un tianguis perpetuo que obliga a los peatones a caminar entre autos como ratones en laberinto; el mal se ha extendido como mancha de aceite a casi todas las colonias. Desde Reforma hasta la Carolina, pasando por Flores Magón y las unidades habitacionales, las vialidades que antes invitaban al paseo o al juego de los niños ahora son territorios ocupados, donde el ciudadano de a pie paga con frustración el precio de una ciudad que se vende al mejor postor… informal.
Pero conviene recordar qué significa realmente el espacio público, antes de que la palabra se nos escape entre el humo de los anafres. A diferencia del espacio privado —ese que tiene dueño, puerta con llave y reglas exclusivas—, el público es el bien común por excelencia: plazas, parques, banquetas y calles abiertas a cualquiera, sin credencial ni cuota, para el encuentro, el debate, el descanso o simplemente el paso libre. Es el escenario democrático donde se teje la vida urbana, el último refugio de lo compartido en una urbe que, de otro modo, se fragmentaría en burbujas egoístas. Perderlo no es solo un problema de tráfico: es perder el alma colectiva.
Y los números no mienten: más de mil 600 vendedores ambulantes y semifijos empadronados invaden Cuernavaca, según reconoce el propio Ayuntamiento, que ya admitió que el ambulantaje lo rebasó hace rato. En el Centro Histórico, donde el comercio informal alcanza proporciones alarmantes, los puestos semifijos se han adueñado de las esquinas con una impunidad que raya en lo insultante. Banquetas convertidas en mostradores, basura que se acumula bajo el sol morelense y un caos que ahuyenta al turismo que alguna vez llegó atraído por jardines y fuentes, no por un bazar descontrolado.
El fenómeno no se detiene en el primer cuadro. En colonias populares y residenciales por igual, los toldos brotan como hongos después de la lluvia: en la Unidad Habitacional, en la Presa o en la Carolina, los semifijos plantan sus mesas y carpas con la misma naturalidad con que antes se plantaban árboles. Lo que era calle para circular se volvió extensión de negocio, lo que era plaza para convivir se transformó en bodega improvisada. El vecino que sale a comprar el pan ahora esquiva obstáculos y respira el olor a fritanga y plástico quemado, mientras la ciudad pierde, metro a metro, su derecho al respiro.
Peor aún, muchos puntos de la urbe se han convertido en zonas de tolerancia y, al mismo tiempo, de exclusión brutal. Tolerancia para la informalidad desbocada que permite que aniden células delictivas: extorsiones disfrazadas de “derecho de piso”, cobros por “vigilancia” y hasta narcomenudeo que opera a plena luz del día bajo la mirada cómplice o impotente de las autoridades. Exclusión para el resto: el padre de familia que ya no lleva a sus hijos al parque porque se volvió territorio de disputa, la mujer que evita ciertas calles por miedo, el turista que huye con una mala impresión. Así, lo que era espacio de todos se volvió feudo de pocos, donde el delito se camufla entre el bullicio del comercio.
Cuernavaca se desdibuja, se come a sí misma con la voracidad de un tianguis que no cierra nunca. Mientras los reordenamientos prometidos se quedan en discursos y bloqueos, el espacio público —ese bien que no se compra ni se regala— se evapora como el rocío de la mañana en las faldas del Tepozteco. Y cuando ya no quede ni una banqueta libre, ni un parque sin dueño informal, la Ciudad de la Eterna Primavera habrá dejado de ser ciudad para convertirse en un gran mercado vigilado por sombras. Entonces sí, ya no habrá nada que rescatar.
