DEL ATAÚD A LA URNA: MÉXICO ENTERRÓ LA POLÍTICA Y ELIGIÓ EL CIRCO
OPINIÓN
Por Guillermo Cinta Flores
Jueves 3 de septiembre de 2026
José Luis “El Tecmol” Romero apareció dentro de un féretro, emergió como supuesto vencedor de la muerte y terminó bailando ante quienes pretende gobernar en Ciudad Valles, San Luis Potosí. No presentó un diagnóstico sobre inseguridad, agua, empleo o pobreza; ofreció una representación grotesca diseñada para conseguir reproducciones en las redes sociales.
El problema no es solamente el ridículo de un aspirante, sino la degradación de un sistema en el cual los partidos dejaron de buscar servidores públicos preparados y comenzaron a reclutar personajes capaces de montar un espectáculo. Cuando el ataúd se convierte en plataforma electoral, lo que ha muerto no es el candidato: es la política. El grotesco personaje pretende ser abanderado del PVEM.
Morelos conoce perfectamente las consecuencias de esa frivolidad. En 2015, Cuauhtémoc Blanco fue postulado por el Partido Socialdemócrata para gobernar Cuernavaca, en medio de la acusación —negada siempre por el exfutbolista— de que habría firmado un contrato por siete millones de pesos para aceptar la candidatura. El documento provocó incluso una investigación del INE. Tres años después, Andrés Manuel López Obrador lo ungió como candidato a gobernador de la coalición Morena-PES-PT y el arrastre presidencial hizo el resto. No importaron su improvisación, sus ausencias ni el desorden mostrado en el Ayuntamiento: la popularidad futbolística sustituyó experiencia, capacidad y conocimiento del estado. Morelos no eligió un proyecto; compró una camiseta, y terminó pagando durante seis años una administración cuyo manejo de recursos todavía genera denuncias e investigaciones. Hoy el “Cuauh” cobra tremenda “dieta” como diputado federal.
También en 2015, Guillermo Cienfuegos, el payaso “Lagrimita”, buscó la alcaldía de Guadalajara como candidato independiente. El Tribunal Electoral terminó restituyéndole el registro apenas unos días antes de la elección. Se podrá argumentar que cualquier ciudadano tiene derecho a participar —y jurídicamente es cierto—, pero el episodio confirmó que la notoriedad comenzó a valer más que una trayectoria de servicio. En 2021, Movimiento Ciudadano llevó todavía más lejos esa lógica al postular a Paquita la del Barrio como candidata a diputada local por Misantla, Veracruz. La propia cantante admitiría después que no sabía nada de política, que no deseaba ganar y que, de conseguirlo, pensaba dejarle el lugar a su suplente. La sinceridad fue brutal: el partido buscaba sus canciones y su fama, no una legisladora.
Morena tampoco resistió la tentación del espectáculo. En 2018 convirtió al actor y exintegrante de Garibaldi Sergio Mayer en diputado federal y, para completar la escena, lo colocó al frente de la Comisión de Cultura y Cinematografía. En 2026, ya nuevamente instalado en San Lázaro, Mayer pidió licencia para ingresar a La Casa de los Famosos, como si una curul pudiera abandonarse temporalmente para entrar a un reality y recuperarse después de la eliminación. El legislador alegó que se trataba de un “experimento social”; Morena terminó suspendiendo provisionalmente sus derechos partidistas. Difícil encontrar una estampa más acabada de nuestra decadencia: del espectáculo saltó al Congreso y del Congreso regresó al espectáculo, porque entre ambos mundos nunca encontró diferencia alguna.
“El Tecmol”, Cuauhtémoc Blanco, “Lagrimita”, Paquita la del Barrio y Sergio Mayer no representan casos aislados; forman parte de una industria electoral que vende celebridad, escándalo y ocurrencias donde debería ofrecer preparación, honradez y resultados. El problema no radica en que un futbolista, una cantante, un actor o un payaso participen en política: cualquier ciudadano puede hacerlo. La degradación comienza cuando los partidos utilizan la fama como sustituto del mérito y cuando una sociedad, cansada de los políticos profesionales, termina entregándose a improvisados todavía peores. El féretro de Ciudad Valles es, por eso, una metáfora perfecta: adentro no estaba “El Tecmol”, sino la dignidad de la vida pública mexicana. Y lo verdaderamente aterrador es que nadie parece dispuesto a enterrarla porque todavía produce votos.
