EL ELOGIO QUE SE CONVIRTIÓ EN SOSPECHA
LA CRÓNICA DE MORELOS
Miércoles 2 de septiembre de 2026
La política mexicana posee una extraordinaria capacidad para modificar el significado de las palabras sin cambiar una sola de ellas. Un elogio puede ser recibido como reconocimiento cuando fortalece al gobierno y transformarse, días después, en una operación de injerencia cuando comienza a beneficiar demasiado a uno de sus integrantes. Eso ocurrió con las expresiones del director de la DEA sobre Omar García Harfuch: primero sirvieron para acreditar resultados; ahora, según la presidenta Claudia Sheinbaum, pretenden dividir al Gabinete de Seguridad.
Agustín Basave describió en Mexicanidad y esquizofrenia esa convivencia cotidiana entre realidades contradictorias que los mexicanos hemos aprendido a procesar sin exigir demasiadas explicaciones. No se trata de esquizofrenia en su sentido clínico, sino de una metáfora cultural: la posibilidad de sostener discursos opuestos y acomodarlos conforme a las circunstancias. En la política, esa flexibilidad alcanza niveles sorprendentes.
Cuando Terrance Cole calificó a García Harfuch como “socio de confianza” y “buen amigo” de Estados Unidos, el reconocimiento fue aprovechado para respaldar la eficacia del secretario y, al mismo tiempo, señalar el doble discurso de la agencia estadounidense. La interpretación era sencilla: incluso una institución históricamente cuestionada por México admitía que la estrategia de seguridad estaba produciendo resultados.
Ahora el significado cambió. El elogio ya no sería una consecuencia del trabajo realizado, sino una maniobra extranjera encaminada a sembrar discordia, debilitar al gobierno e influir en las futuras decisiones políticas de México. Sin embargo, las palabras del director de la DEA son exactamente las mismas. No cambió el reconocimiento ni cambió quien lo pronunció: cambió la conveniencia de interpretarlo favorablemente.
Desde luego, las agencias estadounidenses no actúan con ingenuidad. Cada declaración pública puede contener cálculo diplomático, presión política o intereses estratégicos. Pero afirmar que un elogio busca dividir al gabinete requiere algo más que una sospecha. De lo contrario, se construye una explicación imposible de refutar: si Estados Unidos critica, agrede; si reconoce, conspira. En ambos casos, el gobierno obtiene la razón anticipadamente.
La reacción presidencial permite sospechar que alguien advirtió el peligro político de aquella distinción. No necesariamente tuvo que existir una llamada o una reprimenda directa; afirmarlo sería aventurado. Pero sí parece haberse producido una rectificación después de que el reconocimiento comenzara a otorgarle a García Harfuch una dimensión propia. El secretario no solamente es uno de los integrantes más visibles y mejor evaluados del gabinete: también empieza a ser tratado en el exterior como interlocutor confiable, con nombre, prestigio y capital político independientes. Decía un viejo político mexicano: “En política, el celo es cabrón”.
Ahí se encuentra probablemente el verdadero problema. Lo que inicialmente fortalecía al gobierno comenzó a fortalecer demasiado a un hombre dentro del gobierno. Y en un sistema presidencialista, donde toda proyección personal puede interpretarse como desafío o sucesión adelantada, los elogios dejan de ser inocentes cuando iluminan demasiado a quien los recibe.
Un gabinete verdaderamente cohesionado no se divide porque uno de sus integrantes sea reconocido en el extranjero. Solamente se inquieta cuando ese reconocimiento hace visibles rivalidades, inseguridades o proyectos futuros. Por eso, más que una advertencia dirigida a la DEA, la declaración de Sheinbaum parece contener un mensaje para consumo interno: nadie debe confundir la confianza concedida a García Harfuch con autonomía política ni convertirla, desde ahora, en una bendición anticipada rumbo a 2030.
Basave habría encontrado aquí un ejemplo impecable: celebrar y condenar la misma realidad sin admitir contradicción alguna. Todo depende del momento, del auditorio y de las necesidades del poder. En la política mexicana, hasta los elogios deben pasar por la aduana de Palacio Nacional.
