DONDE RASQUEMOS, BROTA EL PUS: LA HUMEDAD QUE SIGUE PUDRIENDO A MÉXICO

CINTARAZOS
Por Guillermo Cinta Flores
Martes 28 de julio de 2026
¿Han leído ustedes el clásico de Aristóteles titulado Acerca de la generación y la corrupción? El fondo de esa difícil obra es explicar el cambio que implica pasar del no ser al ser (generación) y el cambio desde el ser hacia el no ser (corrupción). Aristóteles no habla de moral ni de política; habla de física. Explica procesos que solo ocurren en el mundo sublunar, ese espacio imperfecto donde las cosas nacen, se transforman y se descomponen.
La “materia prima”, según el filósofo, son los cuatro elementos —tierra, viento, fuego y agua— y atribuye todos los procesos de generación y corrupción naturales al recorrido anual del Sol por la eclíptica. Sin embargo, tanto la generación como la corrupción requieren componentes materiales dentro de lo que el sabio llamó acción, pasión y contacto. Todo ello aplica, con una precisión inquietante, a los seres humanos y a sus instituciones.
En el segundo libro, Aristóteles aclara que los componentes de los cuerpos no son simplemente los cuatro elementos. Lo que realmente importa es que “los componentes de los cuerpos son de cierta materia prima que recibe afecciones contrarias, tales como el frío y el calor, la humedad y la sequedad”. La humedad, pues, contribuye a la degradación o a la corrupción, como usted quiera llamarlo. Es el elemento que ablanda, que ablanda hasta pudrir.
Hoy la metáfora no solo sigue vigente: se ha vuelto más cruda. Recuerdo aquella expresión de Lauro Ortega, gobernador de Morelos en el sexenio 1982-1988, quien dijo algún día, con la crudeza de quien ya no se hacía ilusiones: “Donde rasquemos, ahí brota el pus”.
Y hoy, cuando la sociedad mexicana se ha informado —a regañadientes, a fuerza de filtraciones, denuncias y periodismo de investigación— sobre una infinidad de hechos de corrupción cometidos por personeros de la 4T, se cumple aquello con una exactitud casi científica. Todo está corrompido. Desde las altas esferas del poder nacional se perdona, se minimiza o se justifica a quienes evidentemente se enriquecieron, arguyendo que “eran diferentes”, que “ellos no mentían, no robaban y no traicionaban”. La retórica del cambio se convirtió en el mejor solvente para la humedad.
Son varias las heridas abiertas que siguen supurando. El huachicol fiscal —ese sofisticado esquema de contrabando de combustible y evasión de impuestos a los hidrocarburos— ilustra con claridad cómo la humedad no actúa sola. Dos marinos, por más audaces que fueran, no pudieron encabezar solos una red de contrabandistas de combustible de escala nacional. Hubo, definitivamente, protección, complicidad o, cuando menos, una convenientísima ceguera de personajes del alto mundo de la política.
La misma lógica se repite ahora con el escándalo de los exámenes de admisión de la UNAM. ¡No puede ser! Una de las instituciones educativas más prestigiadas del país convertida en escenario de irregularidades que, una vez más, apuntan hacia arriba.
La corrupción no es un accidente de un sexenio ni el defecto exclusivo de un partido. Es la humedad persistente que, a pesar del paso de muchos, muchos gobiernos —priistas, panistas y ahora morenistas—, sigue degradando la materia prima de la vida pública mexicana.
Aristóteles nos recuerda que la corrupción no es un acto aislado: es un proceso. Requiere contacto, requiere pasión (en el sentido antiguo de padecer) y requiere que la materia esté dispuesta a recibir la afección contraria. México ha demostrado, una y otra vez, que su materia política está permanentemente húmeda. Donde rasquemos —en las aduanas, en las universidades, en las empresas productivas del Estado, en las redes de abastecimiento energético—, el pus sigue brotando.
Y mientras desde arriba se siga predicando pureza mientras se practica impunidad, la humedad no se secará.
La pregunta ya no es si la corrupción existe. La pregunta es cuánto tiempo más toleraremos que el Sol siga su recorrido por la eclíptica mientras nosotros, en el mundo sublunar de la política mexicana, seguimos pudriéndonos en silencio.
