DUEÑOS DE TODO: ASALTANTES, AMBULANTES Y FEMINICIDAS
OPINIÓN
Por Guillermo Cinta Flores
Miércoles 5 de agosto de 2026
Nadie desconoce las circunstancias de inseguridad recurrente en Cuernavaca. Los números suben y bajan, pero los asaltos con violencia —de pertenencias, dinero, vehículos y, a veces, de la propia vida— siguen siendo parte del paisaje cotidiano.
El fin de semana, platicando con una prestigiada abogada, recordó un curso de seguridad en el que el instructor fue contundente: cuando un delincuente decide atracarte, ya vio el objetivo. Ese teléfono, ese reloj, ese auto o el efectivo que acabas de sacar del banco ya es suyo. En su mente, el botín le pertenece. Por eso el error más grave que puede cometer la víctima es resistirse: corre el riesgo real de ser asesinada.
Ese sentido de apropiación —o, si se quiere, de patrimonialismo criminal— no es exclusivo de los asaltantes callejeros. Se repite, con distintas intensidades, en casi todos los espacios donde impera la impunidad.
Los ladrones de casas lo sienten cuando “marcan” una vivienda. Los narcomenudistas, desde el que vende en la esquina hasta los que controlan territorios enteros en los estados más lacerados por el crimen organizado, actúan como dueños absolutos de “su” plaza. Los choferes de algunas rutas se comportan como propietarios de la calle. Y, de manera especialmente visible en Cuernavaca, los vendedores ambulantes y semifijos —amparados por agrupaciones clientelares como el Nuevo Grupo Sindical— se apropian del espacio público. Las banquetas, los camellones, las zonas peatonales dejan de ser de todos y pasan a ser “suyos”. Lo hacen con total impunidad, porque saben que las autoridades, por omisión, complicidad o debilidad, no les van a disputar ese dominio.
Hay, sin embargo, una extensión todavía más oscura de este mismo patrón. Cuando el novio se siente dueño de su novia, o el esposo (o la esposa) de su pareja, el sentido patrimonialista deja de ser sobre objetos o espacios y se convierte en control sobre un cuerpo y una vida. Y entonces aparecen los golpes, la violencia extrema y, en demasiados casos, el feminicidio. La lógica es la misma: “es mía”, “me pertenece”, “no puede irse”, “no puede decir que no”. Resistirse se vuelve mortal.
Estamos ante un mismo hilo conductor: la apropiación ilegítima de lo ajeno —sea un celular, una banqueta o una persona— como si fuera patrimonio propio, y la disposición a usar la violencia cuando alguien cuestiona ese “derecho”.
El problema de fondo no es solo la delincuencia. Es la cultura de la impunidad que permite que esos “dueños” se multipliquen. Mientras el espacio público siga siendo botín de agrupaciones clientelares, mientras los territorios del narcomenudeo se respeten como feudos y mientras la violencia de género se siga leyendo como “asunto privado”, el mensaje seguirá siendo el mismo: el que se apropia, gana.
Cuernavaca —y México— no necesita solo más policías o más operativos. Necesita recuperar la idea básica de que nada de lo público ni de lo íntimo es propiedad de quien lo toma por la fuerza. Porque cuando el delincuente, el ambulante o el agresor ya se siente dueño, la resistencia de la víctima se convierte en un acto de valentía… y, demasiadas veces, en una sentencia de muerte.
