EL FÚTBOL QUE NOS COBRAN A PRECIO DE ORO (Y NOS DAN DE LIMOSNA)
LA CRÓNICA DE MORELOS
Martes 09 de junio de 2026
E D I T O R I A L
En la historia del deporte rey, nunca habíamos presenciado un saqueo tan descarado y sistemático como el que estamos viviendo en este Mundial. La FIFA, convertida en un pulpo financiero con tentáculos en cada rincón del planeta, y los grandes grupos de televisión y plataformas de streaming, han decidido que hasta el aire que respiramos mientras vemos un partido debe generar dividendos. Todo se cobra. Todo. Y lo que no se cobra directamente, se te niega.
Antes, al menos, existía la ilusión de que los grandes torneos eran una fiesta popular. Hoy es un supermercado VIP. Quieres ver los partidos estelares del Mundial: paga. Quieres las repeticiones, los análisis, los highlights en alta definición: paga otra vez. Y si te atreves a amar el fútbol de verdad —ese que se juega en Europa a nivel de élite—, prepárate para sangrar la cartera mes tras mes. La Premier League, LaLiga, la Bundesliga, la Serie A, la Ligue 1… todo acaparado por Sky, por DAZN, por Apple, por Amazon o por quien tenga la billetera más gorda en ese momento.
En México, ni siquiera nos queda el consuelo de la Liga MX: los partidos importantes ya viven encerrados en servicios de streaming que pocos pueden pagar sin apretarse el cinturón.
Y mientras tanto, ¿qué nos dejan a los de a pie? Migajas. Resúmenes de dos minutos en redes sociales, goles en TikTok con watermark, transmisiones piratas que se caen cada diez minutos y una sensación creciente de que el fútbol ya no es nuestro. Es de ellos.
Lo más indignante es la hipocresía. La FIFA y los medios venden el cuento de que “el fútbol une al mundo”, mientras construyen un muro económico que separa al aficionado apasionado del espectáculo que dice defender. Ir al estadio se ha vuelto un lujo de millonario o de endeudado: boletos a precios que rozan lo obsceno, transporte, comida, playera… una salida familiar al fútbol puede costar lo mismo que un mes de renta en muchas ciudades del país. Ahora debemos sumar a la CNTE. Para la mayoría de los mexicanos, ir al Azteca, al Jalisco o al BBVA es prácticamente imposible. Y en casa, la opción es pagar o resignarse.
Este mercantilismo salvaje está matando el alma del fútbol en México. Está criando generaciones de aficionados que conocen más de Fortnite y de eSports que de un buen triangulación en el mediocampo. Está convirtiendo un deporte popular en un producto premium para suscriptores. Y lo peor: está erosionando la base misma del negocio. Porque el fútbol no sobrevive solo con élites que pagan. Sobrevive con millones de niños que sueñan en canchas polvosas, con abuelos que gritan desde la butaca barata, con barrios enteros que se paralizan cuando juega la Selección.
La voracidad tiene un límite. O al menos debería tenerlo. Mientras la FIFA siga tratando al aficionado como un cajero automático y los medios sigan compitiendo por quién nos exprime más, el fútbol de patadas —el de verdad— se irá muriendo de a poco. No de falta de talento, sino de falta de acceso.
Y un día, cuando se den cuenta de que las tribunas están vacías y las suscripciones estancadas, quizá se pregunten dónde se fue la pasión. La respuesta será sencilla: se la cobraron. Y nosotros, idiotas románticos, seguimos pagando. O viendo de reojo, con rabia y nostalgia.
