EL JUEGO QUE NUNCA TERMINA: LA TÁCTICA “TROSKA” EN LA UAEM
LA CRÓNICA DE MORELOS. Miércoles 22 de abril de 2026.
E D I T O R I A L
En la Universidad Autónoma del Estado de Morelos (UAEM) se repite un guion conocido. Un grupo de estudiantes, autodenominado Resistencia Estudiantil, mantiene tomado el campus Chamilpa y otras instalaciones desde marzo de 2026. Todo empezó con una demanda legítima y urgente: mayor seguridad tras los feminicidios y desapariciones de universitarias como Kimberly y Karol.
La rectoría abrió mesas de diálogo, presentó respuestas al pliego petitorio, ofreció garantías de no represalias, planes de seguridad y esquemas flexibles de retorno a clases. Y sin embargo, el paro no se levanta.
A cada avance sigue una nueva exigencia. Cuando se atiende la seguridad, aparece la restructuración de la Unidad de Género. Cuando se ofrece diálogo, exigen destituir a la FEUM y reconocerlos como interlocutor permanente con órganos de representación alternos. Cuando se proponen clases virtuales voluntarias para no perder el semestre, responden que no aceptan hasta que se cumpla todo el paquete. Es un ciclo que parece diseñado para no cerrarse nunca.
Esta dinámica no es nueva ni exclusiva de Morelos. Se llama estrategia de demandas transitorias, formulada por León Trotsky en su Programa de Transición de 1938. La idea es sencilla y efectiva: no presentar exigencias que el sistema pueda resolver por completo, sino demandas que responden a problemas reales de la gente, pero que se encadenan unas con otras. Cada concesión se toma no como solución, sino como prueba de que se puede presionar más. El objetivo no es arreglar el problema dentro de las reglas actuales, sino acumular fuerza, mantener la movilización y radicalizar el conflicto hasta transformar las estructuras de poder.
En el lenguaje coloquial de las universidades mexicanas, a quienes aplican esta lógica se les llama “los troskos”. Y en la UAEM actual, varios medios locales —incluida La Crónica de Morelos— hemos señalado con precisión que las acciones de Resistencia Estudiantil siguen ese manual: “a una petición, le va una solución; pero aparece otra petición, y viene su solución… y así sucesivamente hasta llegar al enfrentamiento”.
Nadie duda de que la seguridad en la universidad y el combate a la violencia de género son causas justas. El problema no está en las demandas iniciales, sino en la forma de negociarlas. Cuando el diálogo se convierte en un pozo sin fondo, cuando cada paso dado por la autoridad se responde con más presión y nuevas condiciones, el perdedor principal no es solo la rectoría: son los más de 40 mil estudiantes que ven en riesgo su semestre, su formación y su futuro.
La autonomía universitaria no puede ser un escudo para que un sector minoritario imponga su ritmo a toda la comunidad. El diálogo sincero implica voluntad de llegar a acuerdos y de cumplirlos, no de usarlos como escalera para subir siempre un peldaño más.
Es hora de que la UAEM diga con claridad: las demandas razonables se atienden, pero el juego del “nunca es suficiente” tiene un límite. Porque si todo es transitorio y nada se resuelve, al final quien paga la cuenta es la educación de miles de jóvenes morelenses que solo quieren estudiar en paz.
La universidad no es un laboratorio de revolución permanente. Es una institución que debe servir primero a sus estudiantes, no a la táctica de ningún grupo.
