EL TÍTULO PROFESIONAL QUE YA NO ABRE PUERTAS, PERO EL BALÓN SÍ
LA CRÓNICA DE MORELOS
Martes 4 de agosto de 2026
E D I T O R I A L
Hace apenas un par de décadas, obtener un título universitario en México era casi una garantía de movilidad social. El egresado de una buena escuela —UNAM, ITAM, Tec de Monterrey o cualquier universidad pública de prestigio— salía al mercado con la expectativa realista de un empleo formal, decente y razonablemente bien remunerado. Mientras tanto, quien optaba por una carrera técnica o un oficio era visto, en el mejor de los casos, con condescendencia: “eso es para los que no pudieron”.
En 2026 esa película se proyecta al revés. Hoy un joven que termina una licenciatura, incluso en las mejores universidades del país, se enfrenta con frecuencia a un muro de desempleo o de subempleo. Las cifras del mercado laboral lo confirman una y otra vez: la tasa de desocupación entre quienes tienen estudios superiores ronda el 4.3 por ciento, superior a la de quienes apenas terminaron la secundaria. Cada año egresan cerca de un millón de profesionistas, pero el aparato productivo no genera suficientes plazas de calidad. El resultado es una generación que llega a los 25 o 28 años cargando deudas de estudios, frustración y la amarga sensación de que “estudié para nada”.
En contraste, muchos jóvenes que apostaron por formaciones técnicas o por oficios concretos encuentran trabajo con mayor celeridad. No siempre en condiciones ideales —salarios bajos, informalidad, jornadas extenuantes—, pero al menos con una inserción más rápida. Un buen yesero, un soldador especializado, un técnico en refrigeración o un operador de maquinaria pesada con destreza real puede hoy generar ingresos superiores a los de un egresado promedio de la UNAM o del ITAM que termina repartiendo comida o trabajando en call centers.
Y entonces aparecen los casos que irritan todavía más.
Cuauhtémoc Blanco, un hombre que nunca brilló por su preparación académica y que ha sido acusado por su media hermana de intento de violación (denuncia que el sistema político, con el apoyo de Morena, logró diluir al rechazar el desafuero), amasó una fortuna multimillonaria primero con el fútbol y después con la política. El mismo deporte de las patadas que ahora proyecta a otro joven: Gilberto Mora, el mediocampista de 17 años de Xolos de Tijuana, el jugador más joven de la Selección Mexicana en el Mundial 2026 y ya seguido de cerca por clubes europeos de élite. En pocos años, si no meses, Mora será millonario. No por haber leído a Kant ni por haber resuelto ecuaciones diferenciales, sino por saber mover una pelota con talento excepcional.
No se trata de denostar el fútbol ni de envidiar el éxito deportivo. Se trata de señalar la brutal asimetría de un país que sigue vendiendo la idea de que “estudia y saldrás adelante”, mientras el mercado laboral premia cada vez más habilidades concretas, oficios bien ejecutados o, simplemente, el espectáculo. Nomás chequen ustedes la creciente cantidad de influencers en busca de ingresos a través de las redes sociales, y nos darán la razón.
En este contexto de decepción colectiva, el reciente conflicto en torno a los exámenes de admisión de la UNAM no es un detalle menor. Cuando la máxima casa de estudios del país ve cuestionada la transparencia o la equidad de su proceso de selección, se profundiza la crisis de legitimidad de todo el sistema de educación superior. Si ni siquiera el acceso a la universidad más prestigiosa parece del todo limpio o meritocrático, ¿qué mensaje queda para los cientos de miles de jóvenes que todavía creen que el título es el camino?
La realidad de 2026 es cruda: el diploma ya no garantiza casi nada. Lo que sí garantiza es, en muchos casos, años de estudio, deudas y una amarga toma de conciencia. Mientras tanto, un oficio bien aprendido, una habilidad práctica o, en los extremos, un talento mediático o deportivo, pueden abrir puertas que el aula cerró.
Quizá sea hora de dejar de romantizar la educación universitaria como único camino de dignificación y empezar a hablar en serio de formación técnica de calidad, de oficios valorados y de un mercado laboral que deje de castigar a quienes invirtieron años en las aulas. Porque si no, seguiremos viendo cómo el yesero talentoso o el joven que patea mejor que nadie se hacen de una vida digna, mientras el profesionista de la UNAM o del ITAM se pregunta, con razón, para qué sirvió tanto esfuerzo.
