LA MENTIRA COMO MÉTODO DE GOBIERNO
ANÁLISIS
Por Guillermo Cinta Flores
Miércoles 26 de agosto de 2026
Voy para 54 años en el periodismo de Morelos y, durante ese largo recorrido, cada tres y seis años he escuchado miles de promesas que terminaron convertidas en mentiras. Cambian los partidos, los colores, las consignas y los nombres, pero permanece intacta la costumbre de ofrecer lo imposible, negar lo evidente y fabricar explicaciones cuando la realidad desmiente al discurso.
Suele afirmarse que sin mentiras no hay debate y sin debate no hay política; yo matizaría: la política necesita opiniones distintas, negociación e incluso cierta dosis de simulación, pero no puede sobrevivir indefinidamente a la falsificación de los hechos. Cuando todos mienten, ya no existe debate: únicamente queda una competencia para imponer la versión más conveniente.
Hannah Arendt distinguió entre las opiniones —legítimamente discutibles— y la verdad factual, aquello que ocurrió y no debería someterse a votación. En sus ensayos Verdad y política y La mentira en política advirtió que la mentira organizada no busca solamente que la sociedad acepte una falsedad, sino algo mucho más peligroso: que termine por no creer en nada. Sara Sefchovich aterrizó esa reflexión en nuestra realidad con País de mentiras: la distancia entre el discurso y la realidad en la cultura mexicana. Para ella, la mentira no es un accidente ni un defecto ocasional del gobernante, sino un mecanismo sostenido por la indefinición, la improvisación, la falta de evaluación y la ausencia de consecuencias. En México se puede mentir desde el poder porque casi nunca cuesta el cargo, la libertad ni siquiera el prestigio.
El caso de Rubén Rocha Moya resume esta degradación. El gobernador de Sinaloa ha negado las acusaciones estadounidenses que lo relacionan con el narcotráfico y tiene derecho a defenderse y a la presunción de inocencia; pero alrededor de su conducta política se acumulan contradicciones, silencios y explicaciones difíciles de conciliar con los hechos. Solicitó licencia para no interferir en las investigaciones, después regresó fugazmente al cargo y, ante el rechazo de la propia presidenta Claudia Sheinbaum y de Morena, volvió a separarse. Más que esclarecer, esa sucesión de movimientos multiplicó las sospechas. Cuando un gobernante cambia de posición según la presión del momento, la ciudadanía deja de preguntarse cuál versión es verdadera y comienza a sospechar que todas fueron construidas para ganar tiempo.
Rocha no constituye una excepción dentro de la llamada Cuarta Transformación. Adán Augusto López ha pretendido reducir a “politiquería” los cuestionamientos sobre Hernán Bermúdez Requena, a quien mantuvo como responsable de la seguridad de Tabasco y que posteriormente fue señalado como presunto dirigente de una organización criminal. También está el escándalo de Segalmex, uno de los mayores casos de corrupción del sexenio anterior, frente al cual Andrés Manuel López Obrador sostuvo durante años que su movimiento era moralmente distinto y que la corrupción había dejado de tolerarse desde arriba. A esos episodios podría añadirse el patrimonio inmobiliario de Manuel Bartlett, explicado mediante tecnicismos familiares mientras desde Palacio Nacional se proclamaba la austeridad republicana. No afirmo que todos sean culpables de los delitos que se les atribuyen; afirmo algo políticamente incontrovertible: sus explicaciones no han disipado las dudas y el poder ha preferido proteger a los suyos antes que rendir cuentas con claridad.
Después de casi 54 años observando campañas, gobiernos y caídas, he llegado a una conclusión incómoda: el político mexicano no miente únicamente porque sea mentiroso, sino porque aprendió que mentir funciona. La promesa falsa conquista votos; la negación aplaza responsabilidades; el escándalo siguiente sepulta al anterior y la propaganda termina sustituyendo a la memoria.
La verdadera transformación no llegará con nuevas consignas, sino cuando la mentira tenga consecuencias y la verdad deje de depender de la conveniencia del gobernante. Arendt temía que una sociedad incapaz de distinguir lo verdadero de lo falso perdiera también la capacidad de juzgar entre lo justo y lo injusto. México se aproxima peligrosamente a ese punto: no porque falten verdades, sino porque sobran poderes interesados en volverlas irrelevantes. ¿Y qué tal va Morelos?
Morelos tampoco escapa a este país de mentiras. Durante décadas hemos escuchado promesas de seguridad, justicia, agua, empleo, hospitales, carreteras y gobiernos austeros, mientras la violencia persiste, las obras se retrasan, los servicios se deterioran y la burocracia conserva sus privilegios. Cada administración asegura haber recibido un estado en ruinas y promete una transformación histórica; después culpa al pasado, maquilla las cifras y vuelve a pedir paciencia. En Morelos, la mentira política no solamente sirve para ganar elecciones: también se utiliza para ocultar incapacidades, justificar incumplimientos y administrar el desencanto de una sociedad que, cada tres y seis años, escucha las mismas promesas pronunciadas por rostros distintos.
