LA OPOSICIÓN QUE GRITA Y LOS GOBIERNOS QUE SE EQUIVOCAN
LA CRÓNICA DE MORELOS
Miércoles 26 de agosto de 2026
Hace más de una década se difundió un artículo del psicólogo político Daniel Eskibel titulado “Cuando los opositores se radicalizan, el gobierno suele beneficiarse”. Su planteamiento conserva una inquietante vigencia: algunos opositores suponen que mientras más estridente sea su discurso, más daño causarán al poder. Con frecuencia ocurre lo contrario. La descalificación absoluta reduce el espacio opositor, aleja a los ciudadanos moderados y permite que el gobierno se presente como víctima de una campaña sistemática.
El fenómeno puede observarse actualmente alrededor de Claudia Sheinbaum y, guardadas las proporciones, de Margarita González Saravia. Ambas enfrentan adversarios que parecen dispuestos a cuestionarlo todo, incluso antes de conocer los resultados. Para esa oposición, cualquier anuncio es propaganda; cualquier obra, simulación; cualquier decisión, prueba de autoritarismo, y cualquier dificultad, evidencia del fracaso total. Esa conducta no construye una alternativa: solamente reafirma a quienes ya estaban convencidos de rechazar a Morena.
La radicalización opositora ha terminado sirviendo a Sheinbaum. Una parte de sus adversarios continúa hablando para sus propios círculos, utiliza expresiones ofensivas, exagera cada conflicto y apuesta por el desastre nacional como condición para recuperar el poder. Al hacerlo, permite que la presidenta descalifique críticas legítimas colocándolas dentro de un mismo costal: conservadurismo, resentimiento, defensa de privilegios o nostalgia por el viejo régimen. Cuando la oposición caricaturiza al gobierno, facilita que el gobierno también caricaturice a la oposición.
Pero reconocer ese error opositor no significa otorgarle a Sheinbaum un certificado de buen gobierno. La presidenta ha cometido equivocaciones derivadas de su propio estilo. Su presencia cotidiana y dominante en la conversación pública deja poco espacio a su gabinete, prolonga la lógica de campaña y convierte cualquier discrepancia en materia de confrontación. La insistencia en defender el proyecto político heredado limita su capacidad para reconocer fallas, rectificar decisiones y marcar distancia respecto de personajes o prácticas cuestionables dentro de Morena. Además, la concentración del poder y el debilitamiento de contrapesos no dejan de ser preocupantes porque la oposición sea torpe.
Algo semejante ocurre en Morelos. Margarita González Saravia ha optado por un estilo menos estridente y aparentemente menos confrontacional. Esa actitud puede resultar saludable frente a los años de pleitos que deterioraron la vida pública estatal. Sin embargo, la prudencia también puede confundirse con pasividad; el silencio, con falta de conducción, y la conciliación, con tolerancia ante funcionarios ineficientes o actores políticos que desafían la gobernabilidad. No entrar en “dimes y diretes” puede ser sensato, pero gobernar exige explicar, asumir responsabilidades y tomar decisiones incómodas.
La inseguridad, la extorsión, los homicidios, la fragilidad de varios ayuntamientos, el deterioro económico y la falta de resultados perceptibles en distintas áreas no pueden atribuirse eternamente a las administraciones anteriores. A casi dos años de gobierno, Margarita González Saravia ya debe ser evaluada por sus propias decisiones, por la eficacia de su equipo y por la distancia existente entre los anuncios oficiales y la realidad cotidiana. Su cercanía con Claudia Sheinbaum constituye una ventaja política, pero esa relación solamente tendrá valor para Morelos si se traduce en infraestructura, inversión, seguridad, empleo y mejores servicios públicos.
También aquí la oposición parece extraviada. En lugar de investigar, documentar y presentar alternativas, algunos adversarios de la gobernadora prefieren la acusación sin pruebas, el rumor y la condena anticipada. Incluso ciertas críticas personales han permitido al gobierno eludir discusiones de fondo. Si todo se presenta como escándalo, nada termina siéndolo. Y cuando la ciudadanía descubre una exageración, comienza a desconfiar también de los señalamientos verdaderos.
La crítica útil no consiste en negar cualquier avance ni en elogiar innecesariamente a quienes gobiernan. Consiste en reconocer lo que funciona, señalar lo que fracasa, exigir información y recordar los compromisos pendientes. Sheinbaum y González Saravia deben responder por sus errores, pero sus opositores también deberían entender que la indignación permanente no sustituye a un proyecto político. El ciudadano común no vive en estado de militancia continua: puede respaldar una política gubernamental y rechazar otra sin sentirse obligado a instalarse en alguno de los extremos.
Eskibel tenía razón: el maximalismo estrecha el mercado opositor y puede fortalecer al gobierno. Pero habría que agregar algo: una oposición estridente no convierte automáticamente en buenos a los gobiernos cuestionados. Solamente les facilita el camino. Entre el aplauso incondicional y el rechazo visceral existe un espacio indispensable para el periodismo y la ciudadanía: el de la crítica objetiva, documentada y sin consignas. Allí deberían discutirse los gobiernos de Claudia Sheinbaum y Margarita González Saravia.
