LA SOBERBIA ANTECEDE A LA CAÍDA
ANÁLISIS
Por Guillermo Cinta Flores
Lunes 24 de agosto de 2026
La soberbia es uno de los defectos humanos más antiguos y, probablemente, uno de los más peligrosos cuando encuentra alojamiento en el poder. La Real Academia Española la relaciona con la altivez y con el apetito desordenado de ser preferido a los demás. Dicho de manera más sencilla: el soberbio no solamente se considera importante; termina convencido de que es superior. Y cuando esa deformación del carácter llega a la política y a la función pública, el problema deja de ser estrictamente personal, porque las consecuencias de sus decisiones las paga la sociedad.
Los clásicos se ocuparon ampliamente del fenómeno. Los griegos hablaban de la hybris, esa desmesura mediante la cual el hombre pierde conciencia de sus límites. Aristóteles construyó buena parte de su ética alrededor de una idea fundamental: la virtud se encuentra en el equilibrio y los extremos conducen al vicio. También advirtió sobre quienes desarrollan un deseo creciente de dominación. Siglos después, la tradición filosófica insistiría en una paradoja que conserva absoluta vigencia: mientras mayor es el poder de una persona, mayor debería ser su capacidad para contenerse.
La política produce, sin embargo, condiciones particularmente favorables para que ocurra exactamente lo contrario. Un funcionario comienza recibiendo atenciones que antes no tenía. Se le abren puertas, aparecen colaboradores dispuestos a complacerlo, recibe invitaciones, fotografías, elogios y reconocimientos. Poco a poco puede confundir el respeto institucional hacia el cargo con admiración hacia su persona. Después viene algo todavía peor: deja de escuchar.
Ahí comienza la verdadera soberbia del poder.
El funcionario soberbio desarrolla síntomas fácilmente reconocibles. Considera cualquier crítica como una agresión; clasifica a quienes lo cuestionan como enemigos; solamente escucha a quienes coinciden con él; supone que sus éxitos son producto exclusivo de su capacidad y sus errores responsabilidad de otros. Finalmente construye alrededor suyo una pequeña corte donde cada subordinado descubre que resulta mucho más rentable decirle “sí, señor” que advertirle: “se está equivocando”. Cualquier semejanza con personajes vinculados a los gobiernos de México y Morelos no es mera coincidencia, sino la lamentable realidad.
Y entonces el gobernante o funcionario empieza a perder contacto con la realidad.
Morelos no está vacunado contra ese fenómeno. Sin necesidad de mencionar nombres, existen en nuestra vida pública actitudes que deberían encender luces preventivas. Hay personajes que parecen haber olvidado que ocupar un cargo público no los convierte en propietarios de la institución que representan. Funcionarios que empiezan a mostrar intolerancia frente al cuestionamiento, molestia ante la crítica o una excesiva confianza en que su posición política será permanente. Sería conveniente que recordaran algo elemental: los cargos públicos tienen fecha de caducidad; la soberbia, en cambio, suele sobrevivir al cargo y acompañar durante muchos años a quien cayó en ella.
Hace más de cuatro décadas fui testigo de una escena que nunca olvidé y que hoy adquiere particular significado. Ocurrió en 1985, durante el gobierno del doctor Lauro Ortega Martínez.
Una mañana, Don Lauro me llamó por la línea privada y me pidió acudir inmediatamente a su despacho. Cuando llegué estaba solo. Sacó de un cajón un pequeño periódico local, de apenas cuatro páginas, donde aparecía una nota crítica contra su programa de fortalecimiento municipal. Me señaló el nombre del director y me ordenó localizar su domicilio. Debía hacerlo personalmente y sin acompañantes.
Encontré al periodista en la colonia Antonio Barona de Cuernavaca. Horas después, el gobernador volvió a llamarme. Me pidió tomar un vehículo oficial y esperarlo en la puerta de Casa de Gobierno. Cuando salió ordenó a su escolta que permaneciera ahí. Subió al automóvil y nos dirigimos solos hacia aquella colonia popular.
Llegamos a una casa modesta. Don Lauro tocó la puerta. Una mujer abrió y quedó sorprendida cuando reconoció al gobernador. Minutos después apareció el director del periódico, todavía más desconcertado. Ortega Martínez entró, tomó asiento y, sin reclamos ni amenazas, fue directamente al asunto:
—Oiga, me interesa responderle por la nota que publicó. Le faltan datos. Le pido de favor que me entreviste y en la siguiente edición la publique.
Pero enseguida dijo algo todavía más significativo:
—A partir de hoy quiero que sea mi amigo. Cuantas veces lo necesite, vaya a Casa de Gobierno o a Palacio. Tendrá las puertas abiertas. Prefiero ser su amigo, no su enemigo.
El periodista sacó una grabadora y realizó ahí mismo la entrevista. Días después apareció como nota principal de aquella publicación.
Durante el regreso a Casa de Gobierno no pude contenerme. Yo era mucho más joven y le pregunté si realmente valía la pena que un gobernador prestara semejante atención a un periódico pequeño y de escasa circulación. Lauro Ortega me respondió con una frase que desde entonces quedó grabada en mi memoria:
—Mire, Cinta. Es usted muy joven, pero sépalo de una vez: en la vida y en la política no hay enemigo pequeño.
Aquella experiencia contiene una lección sobre el poder que algunos deberían volver a estudiar. Ortega Martínez tenía entonces prácticamente todo el poder político de Morelos. Eran otros tiempos, ciertamente. El presidencialismo mexicano estaba en su apogeo y los gobernadores ejercían facultades políticas que hoy resultarían difíciles de imaginar. Precisamente por eso aquella escena resulta significativa: pudiendo ignorar, intimidar o combatir a un crítico pequeño, decidió tocar personalmente a su puerta.
No se trata de idealizar el pasado ni de pretender que las formas políticas de 1985 puedan trasladarse mecánicamente a 2026. Se trata de recuperar una enseñanza: el poder inteligente escucha; el poder soberbio desprecia. El primero entiende que una crítica puede contener información útil; el segundo solamente quiere saber quién se atrevió a formularla.
Quien ejerce una responsabilidad pública debería conservar cerca a alguien capaz de contradecirlo. El colaborador que advierte errores suele ser mucho más valioso que diez aduladores. El problema aparece cuando el funcionario soberbio expulsa progresivamente a los primeros y se rodea exclusivamente de los segundos. Entonces deja de recibir información y empieza a recibir únicamente aprobación. “¿Qué hora es? La que usted quiera, señor presidente”.
En Morelos convendría observar cuidadosamente ese proceso. Cuando un servidor público comienza a sentirse indispensable; cuando cree que los medios solamente deben elogiarlo; cuando interpreta cualquier señalamiento como conspiración; cuando confunde institucionalidad con obediencia personal y cuando empieza a mirar por encima del hombro a quienes antes trataba como iguales, quizá ya comenzó su deterioro.
El poder tiene una característica particularmente cruel: mientras eleva a las personas, también puede impedirles darse cuenta de que están cayendo. Aguas: en la actual coyuntura política de Morelos ya existen quienes se están encaminando hacia la ignominia.
Por eso la humildad en política no debería entenderse como debilidad ni como pose discursiva. Es un mecanismo de supervivencia. Significa conservar capacidad para escuchar, reconocer errores, rectificar decisiones y entender que ningún funcionario posee permanentemente el cargo que ocupa.
A quienes hoy ejercen responsabilidades públicas en Morelos acaso les serviría aquella vieja lección que escuché personalmente en 1985. No importa qué tan elevada sea la posición alcanzada ni qué tan insignificante parezca quien cuestiona desde abajo.
Porque el funcionario que todavía escucha una crítica conserva contacto con la realidad.
El que solamente escucha aplausos ya empezó a perderlo.
Y cuando la soberbia finalmente convence al poderoso de que no necesita escuchar a nadie, generalmente comienza también —aunque todavía no pueda advertirlo— la cuenta regresiva de su caída.
