LA TEORÍA DE LA NADA: CUANDO EL PODER LO OCUPA TODO Y NO QUEDA CASI NADA

CINTARAZOS
Por Guillermo Cinta Flores
Martes 3 de noviembre de 2026
En 1993 participé en un seminario sobre Teoría de Escenarios y Prospectiva Política, impartido por la Universidad Iberoamericana en la Ciudad de México. Uno de nuestros maestros fue Edgar Jiménez, estudioso de los procesos políticos y de las transformaciones de los sistemas de poder. Recuerdo particularmente una clase en la que abordó lo que llamó la Teoría de la Nada, aplicada a determinados fenómenos políticos internacionales y, desde luego, mexicanos. Han transcurrido 33 años desde aquella experiencia académica, pero hoy, al observar el rumbo de nuestro país, vuelve a mi memoria aquella expresión. No pretendo reproducir literalmente su explicación, sino recuperar una inquietud que me dejó: ¿qué ocurre cuando un sistema político comienza a quedarse sin aquello que originalmente justificaba su existencia?
La prospectiva política no consiste en adivinar el futuro, sino en identificar tendencias, contradicciones y factores capaces de conducir a distintos escenarios. Desde esa perspectiva, propongo interpretar la Teoría de la Nada como un proceso de vaciamiento político e institucional. Las instituciones permanecen, pero pierden autonomía; los partidos conservan sus siglas, pero abandonan sus principios; las elecciones continúan, pero disminuye la confianza en la competencia; los discursos prometen transformaciones históricas, mientras reproducen prácticas del pasado. Aparentemente todo sigue funcionando. Existen autoridades, congresos, tribunales, organizaciones y leyes. Sin embargo, detrás de esa estructura puede comenzar a instalarse un enorme vacío de credibilidad, representación y legitimidad.
México ofrece actualmente elementos inquietantes para desarrollar esta interpretación. Morena llegó al poder en 2018 bajo la promesa de terminar con los privilegios, la corrupción, el presidencialismo autoritario y las prácticas del viejo régimen. Ocho años después, el partido gobernante concentra una fuerza política extraordinaria y enfrenta contradicciones que recuerdan precisamente aquello que ofreció combatir. El predominio de una sola organización, la debilidad de las oposiciones, las disputas por los organismos electorales y la profunda transformación del Poder Judicial plantean una pregunta inevitable: ¿estamos frente a la consolidación de una nueva democracia o ante la reconstrucción de un sistema hegemónico con otros protagonistas? La concentración del poder no implica automáticamente la desaparición de la democracia, pero puede vaciarla cuando disminuyen los controles efectivos sobre quienes gobiernan.
El caso del Instituto Nacional Electoral resulta especialmente ilustrativo. La renuncia de Guadalupe Taddei, el pasado 27 de octubre, en medio de cuestionamientos por presuntas irregularidades administrativas y conflictos de interés que deberán esclarecerse, representa mucho más que una crisis de conducción. Ocurre cuando México se prepara para las elecciones intermedias de 2027 y cuando la credibilidad del árbitro electoral debería encontrarse por encima de cualquier sospecha. El INE no ha desaparecido, conserva sus atribuciones constitucionales y mantiene una estructura técnica. Pero ninguna institución democrática puede sostener indefinidamente su legitimidad únicamente sobre edificios, presupuestos y reglamentos. Necesita independencia, profesionalismo y confianza pública. El peligro comienza cuando las instituciones existen jurídicamente, pero la sociedad deja de creer en ellas.
Algo semejante puede examinarse en la transformación del Poder Judicial. La elección popular de juzgadores fue presentada como una conquista democrática destinada a combatir privilegios, corrupción y distanciamiento respecto de la ciudadanía. Sus promotores sostienen que representa una apertura del sistema de justicia. Sus críticos advierten sobre los riesgos de politización, pérdida de experiencia e influencia partidista. Lo verdaderamente importante, desde una perspectiva prospectiva, será determinar si la reforma produce mejores sentencias, independencia judicial y acceso efectivo a la justicia. De poco serviría sustituir un modelo cuestionado por otro que conserve las mismas deficiencias. Cambiar personas, procedimientos y denominaciones no necesariamente significa transformar una institución. En ocasiones, la política confunde la demolición de lo existente con la construcción de algo mejor.
También la oposición mexicana parece atrapada en esta peculiar Teoría de la Nada. El PRI conserva una estructura nacional, pero ha perdido buena parte de su antigua capacidad de representación. El PAN enfrenta dificultades para construir una propuesta que trascienda su rechazo al oficialismo. Movimiento Ciudadano intenta ocupar espacios propios, mientras otras organizaciones negocian su supervivencia mediante alianzas pragmáticas. El resultado es una paradoja: un partido gobernante extraordinariamente fuerte frente a adversarios incapaces, hasta ahora, de articular una alternativa nacional convincente. Pero la democracia necesita algo más que un gobierno respaldado por las urnas. Requiere opciones creíbles, discusión pública, vigilancia institucional y posibilidades reales de alternancia. Sin oposición eficaz, el sistema puede terminar perdiendo uno de sus componentes esenciales.
En Morelos encontramos manifestaciones de ese mismo fenómeno. Se multiplican los aspirantes a cargos públicos, las reuniones partidistas, los registros para coordinaciones territoriales y las declaraciones sobre el futuro electoral de 2027. Sin embargo, resulta mucho menos frecuente encontrar proyectos sólidos para enfrentar la inseguridad, la fragilidad financiera de los municipios, la crisis de los servicios públicos o el deterioro de la confianza ciudadana. Hay abundancia de personajes, propaganda y ambiciones, pero escasean los programas verificables y los compromisos de largo plazo. Parecería que la política se ha convertido, en buena medida, en una competencia por ocupar espacios antes que en una confrontación de ideas para resolver problemas. Mucha actividad política no necesariamente significa mucha política sustantiva.
Treinta y tres años después de aquella clase del maestro Edgar Jiménez, considero que la reflexión mantiene una vigencia extraordinaria. La gran amenaza para México no sería únicamente el regreso de prácticas autoritarias, sino la normalización del vacío: acostumbrarnos a partidos sin principios, autoridades sin responsabilidades, instituciones sin independencia, discursos sin resultados y ciudadanos sin expectativas. La prospectiva permite imaginar, desde luego, un escenario diferente, en el cual la sociedad exija recuperar los contenidos de la democracia y no solamente sus formalidades. Porque cuando el poder pretende ocuparlo todo, corre el riesgo de destruir aquello que le otorga legitimidad. Y entonces sobreviene la paradoja más peligrosa: un país lleno de políticos, de instituciones y de promesas, pero cada vez más vacío de verdadera política.
