MÉXICO, ENTRE EL MIEDO Y LA ESPERANZA: EL VERDADERO HUMOR SOCIAL

CINTARAZOS
Por Guillermo Cinta Flores
Lunes 2 de noviembre de 2026
¿Cómo se encuentra el ánimo de los mexicanos? Para responder esta pregunta debemos comprender primero qué significa el llamado humor social. En sociología y análisis político, el concepto se refiere al estado de ánimo colectivo de una sociedad frente a su realidad económica, política, institucional y social. No es simplemente saber si la gente está contenta o enojada con sus gobernantes, sino identificar qué tanto confía en las instituciones, cómo percibe su seguridad, cuáles son sus expectativas económicas, qué piensa del futuro y hasta dónde está dispuesta a tolerar las decisiones del poder. Para medirlo deben examinarse, por lo menos, cinco factores: seguridad, economía familiar, confianza institucional, satisfacción con la democracia y expectativas de bienestar.
El humor social funciona como un termómetro de la estabilidad de un país y, en ocasiones, anticipa cambios políticos que las encuestas electorales todavía no alcanzan a detectar. Mi interpretación es que México vive actualmente un estado de ánimo contradictorio: conserva importantes reservas de esperanza, pero acumula preocupaciones, temores y frustraciones que no necesariamente se traducen en rechazo al gobierno.
La inseguridad constituye uno de los componentes más preocupantes de ese termómetro. Según la Encuesta Nacional de Seguridad Pública Urbana del INEGI, correspondiente a septiembre de 2026, el 58.1 por ciento de los habitantes adultos de las ciudades estudiadas considera inseguro vivir donde reside. Aunque representa una mejoría frente al 63 por ciento registrado un año antes, sigue siendo una proporción considerable. Más reveladora resulta la Encuesta Nacional de Confianza en la Administración Pública 2025: el 75.4 por ciento de los entrevistados identificó la delincuencia, la violencia y la inseguridad entre los principales problemas nacionales; el 65.4 por ciento señaló el encarecimiento de la vida y el 46.8 por ciento mencionó la corrupción.
Estos datos permiten comprender que el miedo, las dificultades económicas y la desconfianza conviven en la percepción ciudadana. No puede hablarse de un país socialmente satisfecho cuando millones de personas deben modificar sus hábitos por temor a la delincuencia, cuidar cada peso de sus ingresos o preguntarse si las autoridades verdaderamente están cumpliendo sus obligaciones.
Pero existe otra cara de esta realidad. La presidenta Claudia Sheinbaum conserva niveles elevados de aprobación. Una encuesta de El Financiero, publicada el primero de octubre de 2026, le atribuyó un respaldo del 70 por ciento, mientras que una medición de TResearch del 26 de octubre registró 69.8 por ciento. Sin embargo, sería un grave error confundir popularidad presidencial con satisfacción social generalizada. Una persona puede aprobar a la presidenta y, simultáneamente, sentirse insegura, desconfiar de la policía, cuestionar a los jueces o considerar insuficiente su salario.
La economía ofrece otra señal: el Indicador de Confianza del Consumidor se ubicó alrededor de 45 puntos en septiembre, con retrocesos respecto al mes anterior. Es decir, existe respaldo político, pero también cautela económica.
El humor social mexicano no puede reducirse a una división entre quienes apoyan al régimen y quienes lo rechazan. Hay una extensa zona de ciudadanos que mantienen expectativas favorables hacia el gobierno federal, aunque sus experiencias cotidianas les proporcionen motivos suficientes para la inquietud y el desencanto.
Otro elemento fundamental es la relación entre el humor social y la calidad de nuestra democracia. Una sociedad puede sentirse identificada con un liderazgo político y, al mismo tiempo, mostrar indiferencia ante el debilitamiento de los contrapesos institucionales. Aquí aparece uno de los riesgos más delicados del México contemporáneo: que la confianza depositada en una figura presidencial termine sustituyendo la confianza en las instituciones.
El debate sobre las reformas al Poder Judicial, el funcionamiento de los organismos electorales y la concentración del poder debería analizarse también desde esta perspectiva. Cuando la ciudadanía comienza a considerar que las instituciones únicamente sirven cuando favorecen a determinada corriente política, la democracia pierde uno de sus soportes esenciales: la aceptación de reglas comunes, independientemente de quién gobierne. Y cuando el malestar encuentra respuestas más atractivas en las promesas de autoridad que en los procedimientos democráticos, se abre espacio para las tentaciones autoritarias. No significa que todos los mexicanos estén pensando de esa manera, pero sí que debemos observar cuidadosamente los síntomas de polarización, intolerancia y desgaste institucional.
En Morelos tenemos razones suficientes para mirar este fenómeno con especial atención. La violencia cotidiana, las extorsiones, las dificultades económicas de muchas familias, los problemas de los servicios públicos y los conflictos políticos municipales constituyen experiencias que influyen directamente en el estado de ánimo colectivo.
Desde luego, el humor social no es uniforme: cambia entre regiones, generaciones, clases sociales y comunidades. Por eso sería aventurado sostener que México está al borde de un estallido social, como también sería irresponsable afirmar que la elevada aprobación presidencial demuestra que todo marcha satisfactoriamente.
Mi conclusión es otra: México vive una combinación de respaldo político, expectativas persistentes y malestares sociales que todavía no encuentran una expresión política común.
La verdadera prueba para cualquier gobierno no consiste únicamente en conservar su popularidad, sino en transformar esa confianza en seguridad, justicia, prosperidad y fortaleza institucional. Porque el humor social puede permanecer aparentemente estable durante mucho tiempo, hasta que la acumulación de agravios modifica las percepciones colectivas. Y cuando una sociedad cambia de humor, muchas veces los gobernantes son los últimos en enterarse.
