Alfonso Ramírez Cuéllar: convicciones firmes, formación intelectual y vocación para construir acuerdos
LA CRÓNICA DE MORELOS
Por Guillermo Cinta Flores
Sábado 31 de octubre de 2026
Alfonso Ramírez Cuéllar pertenece a una generación de políticos mexicanos que se formaron en la lucha social antes de convertirse en protagonistas de las instituciones.
Su trayectoria no puede explicarse únicamente por su pertenencia a Morena ni por su cercanía con el proyecto de la Cuarta Transformación. Sus antecedentes en la izquierda, su participación en movimientos campesinos, su papel en El Barzón y su experiencia legislativa hablan de un personaje con convicciones ideológicas arraigadas, pero también con una característica que no siempre distingue a quienes provienen de las movilizaciones sociales: la capacidad de transformar las exigencias de la protesta en propuestas de política pública. No es un político improvisado ni producto de las circunstancias electorales. Tiene historia, formación, oficio y una idea bastante definida de lo que debe representar el Estado mexicano.
Su formación académica constituye un elemento importante para comprender su pensamiento y desempeño político. Ramírez Cuéllar cursó estudios de Antropología Social en la Escuela Nacional de Antropología e Historia, entre 1978 y 1983, y posteriormente de Derecho en la Universidad Nacional Autónoma de México, entre 2013 y 2018. Su ficha legislativa consigna la licenciatura en Derecho como último nivel de estudios, aunque conviene distinguir ese registro de la acreditación documental de un título profesional. Esta combinación de disciplinas resulta especialmente interesante: la antropología permite aproximarse al conocimiento de las comunidades, las desigualdades y las estructuras sociales, mientras que el derecho proporciona herramientas para comprender el funcionamiento de las instituciones, las normas y las responsabilidades del poder público. A ello debe agregarse su aprendizaje en las organizaciones populares y en el Congreso de la Unión. No se trata solamente de un político de carrera, sino de un hombre cuya preparación intelectual y experiencia práctica ayudan a explicar su interés por los grandes problemas nacionales.
Hay un rasgo particularmente interesante en Ramírez Cuéllar: su disposición al entendimiento sin que ello signifique necesariamente renunciar a sus principios. En una época marcada por la polarización, cuando buena parte de la clase política parece considerar al adversario como enemigo, el zacatecano ha cultivado un perfil de interlocutor capaz de relacionarse con sectores diferentes. Su experiencia parlamentaria, particularmente al frente de la Comisión de Presupuesto de la Cámara de Diputados, le permitió conocer las exigencias de gobernadores, empresarios, organizaciones sociales y representantes de distintas corrientes ideológicas. Esa trayectoria ayuda a explicar su perfil conciliador: comprende que gobernar implica escuchar intereses contrapuestos y construir soluciones viables. En ese sentido, considero que posee cualidades de un conciliador nato, incluyente y abierto al diálogo, sin que ello deba confundirse con ausencia de firmeza ideológica.
Su visión del Estado constituye probablemente una de sus mayores fortalezas, aunque también debe examinarse a la luz de sus decisiones políticas. A diferencia de numerosos personajes que reducen la actividad pública a la competencia por cargos, Ramírez Cuéllar ha concentrado buena parte de su trabajo en asuntos estructurales: política fiscal, distribución de los recursos públicos, fiscalización, rendición de cuentas y fortalecimiento institucional. Su preocupación por estos temas revela una perspectiva que rebasa las coyunturas electorales. Sin embargo, también es un protagonista del oficialismo y comparte responsabilidades con una mayoría política cuyas decisiones han despertado cuestionamientos sobre el equilibrio entre poderes y la pluralidad democrática. La auténtica visión de Estado no consiste únicamente en impulsar reformas o conseguir acuerdos, sino en reconocer que las instituciones deben servir a todos los mexicanos, incluidos quienes discrepan del gobierno. Esa es una exigencia particularmente importante para un dirigente que aspira a ser reconocido por su capacidad de conciliación.
Considero, finalmente, que Alfonso Ramírez Cuéllar destaca entre los cuadros políticos de Morena por una combinación poco frecuente de formación intelectual, identidad ideológica, experiencia legislativa y disposición al entendimiento. No significa que esté exento de contradicciones, ambiciones o errores, sino que posee herramientas para contribuir a una vida pública menos estridente y más constructiva. México necesita dirigentes que comprendan que dialogar no equivale a claudicar, que disentir no significa traicionar y que gobernar exige mirar más allá de las siguientes elecciones. Ramírez Cuéllar parece reunir condiciones para desempeñar ese papel. Su mayor desafío será demostrar que la fidelidad a un movimiento político puede convivir con una responsabilidad superior: la defensa de las instituciones, la pluralidad democrática y el interés general de la nación. Porque, al final, un verdadero hombre de Estado no es aquel que solamente sabe ejercer el poder, sino quien comprende que el poder debe tener límites, principios y una finalidad colectiva.
