MORELOS VIVE DEL DINERO DE QUIENES TUVO QUE EXPULSAR

CINTARAZOS
Por Guillermo Cinta Flores
Viernes 28 de agosto de 2026
Hay cifras que sirven para presumir y otras que deberían provocar vergüenza. Durante 2025, Morelos recibió mil 177.8 millones de dólares en remesas, equivalentes a unos 22 mil 970 millones de pesos. No llegaron como resultado de una nueva política industrial, de la creación masiva de empleos formales ni de una transformación profunda de la economía estatal. Fueron enviados por miles de morelenses que tuvieron que marcharse, principalmente a Estados Unidos, porque aquí no encontraron trabajo suficiente, salarios dignos o posibilidades reales para sostener a sus familias.
La cantidad es todavía más reveladora cuando se compara con los aproximadamente 13 mil 500 millones de pesos que el Gobierno federal anunció para los distintos programas del Bienestar en Morelos durante ese mismo año. Las remesas superaron esos apoyos en cerca de 9 mil 470 millones de pesos, alrededor de 70 por ciento. Conviene precisar que se trata de recursos de naturaleza distinta: unos provienen del presupuesto público y otros del salario de los migrantes. Sin embargo, la comparación permite dimensionar quiénes están sosteniendo verdaderamente el consumo y la supervivencia cotidiana de miles de hogares.
Cada vez que el gobierno distribuye una pensión, una beca o cualquier otro apoyo social, aparecen comunicados, fotografías, discursos y declaraciones sobre la justicia social. En cambio, cuando un trabajador morelense deposita parte de su salario desde California, Texas, Illinois, Nueva York o cualquier otra región de Estados Unidos, no hay ceremonia oficial ni propaganda. Solamente existe una familia que acude a cobrar el dinero con el cual pagará alimentos, medicamentos, renta, transporte, colegiaturas o alguna deuda pendiente.
Esos dólares no son una concesión política ni una dádiva gubernamental. Son el resultado de extensas jornadas en la construcción, el campo, los restaurantes, la limpieza, los almacenes, las fábricas, el transporte y numerosos servicios. Antes de llegar a Morelos, cada dólar pasó por las manos de alguien que soportó la distancia, la incertidumbre migratoria, la discriminación, el cansancio y, en muchos casos, la separación prolongada de sus hijos, padres o pareja.
Por eso resulta injusto hablar de las remesas únicamente como una buena noticia económica. Su crecimiento no siempre representa prosperidad. También puede ser el indicador de una economía incapaz de retener a su población productiva. Morelos recibe más dólares porque durante décadas ha exportado trabajadores. Celebrar solamente la cantidad enviada, sin analizar las razones que obligaron a esas personas a emigrar, equivale a festejar el fruto mientras se ocultan las raíces del problema.
La paradoja del Bienestar
Nadie sensato puede negar la utilidad de las pensiones para adultos mayores, las becas estudiantiles o los apoyos para personas con discapacidad. Para numerosas familias constituyen un ingreso indispensable. La crítica no debe dirigirse contra quienes los reciben, sino contra el uso propagandístico de recursos que provienen del erario y, por lo tanto, pertenecen a la sociedad. Los programas sociales no son un regalo del partido gobernante ni una muestra de generosidad personal de ningún funcionario.
El problema comienza cuando se pretende presentar esas transferencias como la prueba definitiva de que la economía funciona. Los apoyos pueden aliviar una necesidad inmediata, pero no sustituyen la creación de empresas, la inversión productiva, los empleos formales, los salarios suficientes ni la seguridad social. Mucho menos corrigen por sí solos la desigualdad estructural. Son un amortiguador necesario, pero no pueden convertirse en el único horizonte de desarrollo de un estado.
La realidad es especialmente preocupante porque 67.2 por ciento de la población ocupada en Morelos trabaja en la informalidad. Esto significa que una amplia mayoría vive sin estabilidad contractual, ahorro para el retiro, acceso pleno a servicios médicos o protección ante el desempleo. En semejantes condiciones, las remesas operan como una red familiar de emergencia: pagan consultas, reparan viviendas, financian pequeños comercios y evitan que muchos hogares caigan en una pobreza todavía mayor.
El dinero que mueve a los municipios
Los recursos enviados desde el extranjero no permanecen guardados. Circulan por mercados, tiendas, farmacias, talleres, rutas del transporte, materiales de construcción y pequeños negocios. En numerosos municipios, el consumo local depende parcialmente de ese flujo. Si las remesas disminuyeran de manera abrupta, el impacto no solamente alcanzaría a las familias receptoras; también golpearía al comercio, los servicios y la economía comunitaria.
Durante el primer semestre de 2026, Morelos recibió 587.2 millones de dólares, 4.7 por ciento más que en el mismo periodo del año anterior. La continuidad del flujo confirma que no estamos frente a un fenómeno pasajero. Sin embargo, la apreciación del peso reduce la cantidad que reciben las familias al convertir los dólares a moneda nacional. El migrante puede mandar lo mismo o incluso un poco más, pero sus familiares obtienen menos pesos. A ello se suman la inflación y el encarecimiento de productos esenciales.
Esta dependencia también vuelve vulnerable a Morelos frente a decisiones adoptadas fuera del país: cambios en las políticas migratorias estadounidenses, deportaciones, revisiones fiscales, restricciones a las transferencias o una desaceleración económica podrían afectar directamente el ingreso de miles de hogares. Hemos construido una parte importante de la estabilidad social del estado sobre una fuente de recursos que el gobierno morelense no controla.
El fracaso detrás de cada dólar
La pregunta de fondo no consiste en determinar si las remesas son buenas o malas. Son necesarias, legítimas y, en muchos casos, profundamente solidarias. La verdadera pregunta es por qué Morelos no ha podido generar las condiciones para que sus habitantes no tengan que abandonar su tierra. ¿Dónde están los empleos bien pagados? ¿Qué ocurrió con las inversiones prometidas? ¿Por qué la informalidad continúa dominando el mercado laboral? ¿Cuántos jóvenes consideran todavía que su mejor posibilidad de progreso se encuentra al otro lado de la frontera?
El gobierno puede seguir presumiendo los miles de millones distribuidos mediante los programas del Bienestar. Pero las cifras muestran que, silenciosamente, los migrantes envían mucho más. Ellos no organizan mítines, no colocan espectaculares ni condicionan políticamente la ayuda. Trabajan, ahorran y comparten una parte de sus ingresos con quienes permanecieron en Morelos.
La conclusión es incómoda: una parte considerable de la economía morelense no descansa sobre la transformación prometida, sino sobre el sacrificio de quienes fueron expulsados por la falta de oportunidades. Los dólares que llegan desde Estados Unidos alivian la pobreza, sostienen el consumo y mantienen a flote numerosas comunidades. Pero detrás de cada envío también existe una acusación silenciosa contra los gobiernos que no pudieron ofrecer aquí aquello que los migrantes tuvieron que buscar lejos de casa.
