LA BASURA HUELE A DINERO
CINTARAZOS
Por Guillermo Cinta Flores
Viernes 11 de septiembre de 2026
Durante años hemos visto la basura como uno de los problemas más desagradables de cualquier ciudad: bolsas abandonadas, contenedores desbordados, malos olores y camiones que pasan —o no pasan— por nuestras calles. Pero detrás de esa imagen existe una realidad mucho menos visible y bastante más interesante: la basura es un negocio multimillonario. Basta mirar a Cuernavaca, donde el servicio integral de recolección, traslado, tratamiento y disposición final ronda los 250 millones de pesos anuales. ¡Doscientos cincuenta millones en una sola ciudad! Entonces uno comienza a comprender que aquello que nosotros desechamos puede convertirse, paradójicamente, en una auténtica mina de dinero.
El negocio tampoco termina cuando el camión recolector desaparece de nuestra colonia. Alguien recoge los residuos, alguien los transporta, alguien opera los centros de transferencia y alguien cobra por recibirlos en su destino final. Después vienen la separación, recuperación y comercialización de materiales reciclables y, en instalaciones con la tecnología necesaria, hasta el aprovechamiento energético del biogás. La basura puede producir dinero varias veces durante el mismo recorrido. Por eso resulta indispensable conocer no solamente cuánto gastan los ayuntamientos, sino quiénes están detrás de las empresas, cómo obtuvieron los contratos, cuánto cobran por tonelada y durante cuántos años conservarán semejante negocio.
Morelos ofrece ejemplos suficientes para encender las luces. La empresa Comercializadora Trideza participa actualmente en el servicio de Cuernavaca y también obtuvo una concesión en Temixco; Jiutepec genera más de 150 toneladas diarias que requieren recolección, transferencia y disposición; mientras Cuautla y otros municipios dependen de infraestructura privada para colocar sus desperdicios. Nada de eso representa por sí mismo una irregularidad. Pero cuando hablamos de contratos que pueden significar decenas o cientos de millones de pesos públicos, la transparencia debería ser directamente proporcional al tamaño del negocio.
Y habrá que estar especialmente atentos a lo que viene. El Gobierno de Morelos ha planteado avanzar hacia un modelo regional para el manejo de residuos. Ambientalmente puede ser una magnífica decisión; económicamente representará terrenos, instalaciones, maquinaria, transporte, tecnología, tarifas y contratos durante años. Antes de que aparezcan concesionarios y ganadores habrá que preguntar quién construirá, quién administrará, cuánto pagarán los municipios, quién fijará el precio por tonelada y quién terminará controlando los sitios donde inevitablemente deberá depositarse la basura producida diariamente por millones de morelenses.
Tal vez durante demasiado tiempo nos preocupamos únicamente por saber a qué hora pasaría el camión recolector. Ahora habrá que seguirlo. Saber quién lo opera, cuánto cobra, dónde descarga y quién recibe nuestro dinero junto con nuestros desperdicios. Porque cuando un solo municipio puede destinar alrededor de 250 millones de pesos anuales a este servicio, resulta ingenuo seguir pensando que hablamos simplemente de recoger bolsas negras de las banquetas. Estamos frente a una industria. Y donde existen contratos, concesiones y cientos de millones de pesos públicos, el periodismo tiene la obligación de meter las manos, aunque tenga que hacerlo entre desperdicios. Porque la basura apesta, sí; pero también huele a dinero. Y muchísimo.
