CUANDO EL EMPLEO SE DESPLOMA, TAMBIÉN CRECE LA VULNERABILIDAD
LA CRÓNICA DE MORELOS
Martes 29 de septiembre de 2026
E D I T O R I A L
Morelos tiene frente a sí una señal económica que no debería minimizarse: durante agosto, los puestos de trabajo registrados ante el IMSS disminuyeron 2.4 por ciento respecto del mismo mes del año anterior, colocando a la entidad con el tercer peor comportamiento del país, solamente detrás de Campeche y Sinaloa. El contraste resulta todavía más preocupante porque, en el conjunto nacional, el empleo formal avanzó 1.5 por ciento. Es decir, mientras México generó plazas, Morelos caminó en sentido contrario.
La pérdida de empleos formales no solamente representa familias con menores ingresos, trabajadores sin seguridad social o jóvenes encontrando cerradas las puertas del mercado laboral. También deteriora el tejido social. Conviene ser cuidadosos: no existe una relación mecánica según la cual perder un empleo convierta a alguien en delincuente. La enorme mayoría de las personas que enfrentan desempleo jamás cometerá un delito. Sin embargo, distintos estudios sobre criminalidad han encontrado que la precariedad económica, particularmente cuando se combina con desigualdad, falta de oportunidades y debilidad institucional, puede incrementar determinados delitos contra el patrimonio.
Ahí aparece una pregunta que Morelos debería estudiar seriamente: ¿qué relación existe entre el deterioro del empleo y la incidencia de robos? No hablamos necesariamente de delincuencia organizada ni de homicidios, cuyas causas y dinámicas son mucho más complejas. Hablamos principalmente de robos, asaltos y otros delitos patrimoniales en los que el componente económico puede tener mayor incidencia. Una sociedad que pierde empleos estables y empuja a más personas hacia la informalidad y la precariedad también amplía sus zonas de vulnerabilidad. Eso no justifica el delito, pero sí obliga a entender mejor sus causas.
Por eso sería insuficiente responder a las cifras del IMSS únicamente con ferias del empleo, discursos optimistas o anuncios de inversiones que todavía no se reflejan en nuevas plazas registradas. Si Morelos aparece entre las tres entidades con mayor contracción anual del empleo formal, el dato exige identificar dónde se están perdiendo esos puestos, qué actividades económicas están retrocediendo y cuáles municipios concentran el deterioro. Y, paralelamente, cruzar esa información con los mapas de incidencia delictiva. Saber si las zonas donde desaparecen oportunidades laborales coinciden con aquellas donde aumentan los robos permitiría diseñar políticas públicas mucho más precisas.
La seguridad pública, finalmente, no comienza cuando una patrulla persigue a un delincuente. También se construye desde la economía, la educación, el espacio público y las oportunidades. Un empleo no es solamente un salario: es también estabilidad familiar, seguridad social y expectativa de futuro. Por eso el tercer peor desempeño nacional de Morelos en empleo formal debería encender una alarma que trasciende las oficinas económicas. Recuperar empleos dignos no sustituirá a policías, fiscales ni jueces, pero puede convertirse en una pieza fundamental de la prevención social del delito. Y cuando escasean simultáneamente las oportunidades y la seguridad, el problema termina siendo mucho más costoso para todos.
