DORMIR SOBRE EL POLIDUCTO: LA BOMBA DE TIEMPO QUE CUERNAVACA PREFIERE IGNORAR

CINTARAZOS
Por Guillermo Cinta Flores
Miércoles 12 de agosto de 2026
El 19 de noviembre de 1984, San Juan Ixhuatepec —San Juanico— (Estado de México) se convirtió en el símbolo de lo que ocurre cuando la industria petrolera y la improvisación urbana se abrazan demasiado cerca. Quinientas personas muertas, miles de quemados y un pueblo arrasado por explosiones de gas LP en una planta de Pemex. Cuarenta y dos años después, el fantasma no se ha ido: solo cambió de dirección y se instaló bajo las casas de la zona oriente de Cuernavaca.
El poliducto Añil-Cuernavaca de 8 y 6 pulgadas sale de la terminal de Iztacalco, en la Ciudad de México, y llega a la Terminal de Almacenamiento de Pemex en la capital morelense. Transporta gasolina y diésel. A lo largo de su recorrido, y especialmente en las colonias orientales de Cuernavaca —Tulipanes, Milpillas, Paraíso Montessori, Ahuatepec, Chamilpa, Antonio Barona y al menos una quincena más—, miles de familias construyeron sus vidas encima o a metros del derecho de vía. Lo que debió ser una franja de seguridad se transformó en suelo urbano.
El ducto, con más de medio siglo de antigüedad en varios tramos, sigue ahí: oxidado, vulnerable y rodeado de concreto y gente.
No se trata de alarmismo. Se trata de memoria y de hechos. En 2007 una grieta por socavación rompió el poliducto en Iztapalapa. En 2015 una toma clandestina provocó un derrame en Ahuatepec. En 2017 explotó una casa en Tulipanes porque huachicoleros ordeñaban el ducto. Ha habido fugas en Chamilpa, contaminación de pozos de agua en Ocotepec y constantes reportes de olor a gasolina. Protección Civil ha reconocido, en reuniones con vecinos, que el riesgo existe cuando la tubería se daña. Y la tubería se daña: por corrosión, por raíces, por tomas ilegales y por la simple erosión del tiempo.
Lo más grave no es solo el ducto. Es la escasa preparación para enfrentar un siniestro mayor. No hay evacuaciones masivas ensayadas con regularidad, ni sistemas de alerta temprana visibles y confiables, ni un plan de contingencia que la población conozca de memoria. Cuando ocurre una fuga, se cierra una válvula, se acordonan unas cuadras y se espera que no se encienda. Pero un poliducto de hidrocarburos bajo una zona densamente habitada no es un problema de “si pasa”. Es un problema de “cuándo y con qué intensidad”.
San Juanico no fue un accidente aislado: fue el resultado de asentamientos humanos demasiado cerca de instalaciones peligrosas, de fugas ignoradas y de una cultura de la improvisación. Hoy, en Cuernavaca, se repite el mismo patrón con otra infraestructura. Las autoridades aseguran que “mientras el combustible esté dentro del ducto no hay peligro”. Esa frase es técnicamente correcta… y profundamente insuficiente. Porque el combustible no siempre está dentro, y porque la gente sí está encima.
Mientras Pemex no modernice de fondo estos tramos, mientras el derecho de vía siga invadido y mientras no exista una verdadera cultura de prevención y respuesta ciudadana, las familias que viven sobre el poliducto seguirán dormiendo sobre una amenaza que nadie quiere nombrar en voz alta.
El recuerdo de San Juanico no es nostalgia trágica. Es una advertencia que, en la zona oriente de Cuernavaca, todavía no ha sido escuchada con la seriedad que merece.
