EL COCO QUE NUNCA LLEGA
OPINIÓN
Por Guillermo Cinta Flores
Martes 2 de junio de 2026
“¡Ahí viene el coco y te comerá!”. Así, con esa frase que resonaba entre las sombras de las habitaciones infantiles, los abuelos y padres de antaño lograban que los niños desobedientes se metieran bajo las sábanas. El Coco no necesitaba rostro definido: era una amenaza informe, un saco vacío que se llevaba a los malos. Su nombre viene del viejo español y portugués “coco” o “caba”, que significa cabeza o calavera. Nació en el folclore medieval de España y Portugal como herramienta educativa basada en el miedo: un monstruo útil para imponer obediencia, sueño rápido y no alejarse de casa.
Hoy, en pleno 2026, el Coco ha mutado. Ya no ronda las alcobas infantiles, sino las redes sociales, los chats de WhatsApp y los encabezados de medios. Su saco sigue siendo el mismo: la promesa de que “ya viene”, de que “esta vez sí”. Y, como en el cuento antiguo, su poder no radica en que se lo lleve todo, sino en el terror que genera mientras se espera.
En el primer escenario, llevamos meses escuchando el tamborileo: “El Departamento de Justicia de Estados Unidos va a soltar la bomba”. Acusaciones contra políticos, exfuncionarios, incluido el expresidente López Obrador. Se mencionan nombres, se filtran supuestas pruebas, se comparten informes periodísticos demoledores sobre corrupción ligada a la 4T y Morena. Pero el Coco, terco, no termina de aparecer con toda su furia. Sí ha habido casos concretos: el del gobernador con licencia de Sinaloa, Rubén Rocha Moya, y algunos coacusados ya en manos de la justicia estadounidense. Ahí el saco se cerró. Fuera de eso, mucho ruido, muchas alertas rojas en las pantallas… y la vida sigue. El miedo, sin embargo, cumple su función: paraliza, polariza, mantiene a la opinión pública en vilo.
La propia presidenta Claudia Sheinbaum ha resultado damnificada colateral de esta estrategia del Coco permanente. Sus detractores y opositores aprovechan cada filtración y cada anuncio para mermar aún más la fortaleza de su presidencia y la rentabilidad electoral de Morena. Aunque es innegable que la mandataria ha resistido y evitado, hasta ahora, entregar a ciertos personajes reclamados por Estados Unidos, el bombardeo constante busca erosionar su autoridad y generar la percepción de que bajo su gobierno la impunidad sigue siendo la norma.
El segundo escenario es más local y, por eso, más doloroso para Morelos. El Operativo Enjambre dejó detenidos de peso, vinculados tanto a la gobernanza municipal como a grupos criminales. Pájaros de cuenta hoy enfrentan procesos. Es un avance del Estado de derecho que nadie sensato puede reprochar.
Pero de ahí a convertirlo en un fantasma permanente hay un trecho. Ahora se difunde que hay investigaciones abiertas contra 15 municipios. Es decir, 15 alcaldes bajo sospecha. Quince gobiernos locales caminando sobre vidrio molido.
El efecto es previsible y perverso: se afloja el paso. Como en una empresa cuando corre el rumor de recortes, aquí la productividad institucional cae. Los funcionarios dudan antes de firmar, los proyectos se retrasan, las decisiones se postergan. Nadie quiere ser el siguiente en el saco del Coco. Mientras tanto, la gobernabilidad se resiente, los servicios públicos se entorpecen y la mitad del territorio morelense vive en una especie de parálisis preventiva.
Y en medio de este berenjenal, hay una damnificada clara: la gobernadora Margarita González Saravia. Sobre ella se tejen cada día nuevas leyendas urbanas, nuevos “cuentos del Coco” en redes. El objetivo es evidente: desestabilizar su administración para que la oposición a Morena —su partido— obtenga rédito electoral. No importa si las acusaciones tienen sustento o son solo humo; el miedo ya hizo su trabajo.
El problema no es que existan investigaciones. En una democracia sana, deben existir y deben ser exhaustivas. El problema es cuando el anuncio permanente de la amenaza sustituye a la acción concreta y se convierte en herramienta política. El Coco medieval servía para que los niños durmieran. El Coco moderno parece diseñado para que la ciudadanía y los gobiernos no descansen, ni avancen.
Quizá sea hora de recordar la lección del viejo cuento: el miedo es poderoso, pero también es finito. Si el Coco nunca llega, los niños eventualmente dejan de creerle. Y cuando dejan de creerle, empiezan a exigir pruebas, plazos y resultados. Porque un país —o un estado— no puede gobernarse eternamente con amenazas que se anuncian pero no se concretan.
Al final, como en el folclore antiguo, el verdadero monstruo no es siempre el que está afuera. A veces es el que se alimenta de la incertidumbre que nosotros mismos permitimos que crezca en la oscuridad.
