EL CRIMEN TAMBIÉN TIENE ESCUELA: ASÍ RECLUTAN Y FORMAN A LOS NIÑOS DEL CRIMEN ORGANIZADO
LA CRÓNICA DE MORELOS
Por Guillermo Cinta Flores
Sábado 5 de septiembre de 2026
Una investigación titulada El crimen como oficio: una interpretación del aprendizaje del delito en Colombia, elaborada por Isaac de León Beltrán y Eduardo Salcedo Albarán, integrantes de la Fundación Método, permite entender una de las tragedias más profundas de México: los delincuentes no aparecen de la noche a la mañana; son reclutados, adiestrados y deshumanizados mediante un proceso gradual. Aunque el estudio analiza el caso colombiano, sus conclusiones encajan dolorosamente con la realidad mexicana y, por supuesto, con lo que sucede en Morelos.
La investigación plantea que el delito puede funcionar como un oficio que exige aprendizaje, experiencia y especialización. Una organización criminal no entrega inmediatamente un fusil a cualquier muchacho. Primero observa su carácter, mide su obediencia y prueba su disposición a correr riesgos. El adolescente puede comenzar vigilando una calle, transportando mensajes, vendiendo droga o informando sobre movimientos policiacos. Después vienen las armas, los levantones, la extorsión y, finalmente, la orden de matar. El crimen forma a sus integrantes por etapas, como una empresa perversa que capacita a su personal.
Los autores identifican tres componentes necesarios para delinquir: el cognitivo, relacionado con los conocimientos y procedimientos; el volitivo, que implica la disposición de cometer el delito, y el control emotivo, indispensable para dominar el miedo, la culpa o el nerviosismo durante una acción violenta. Los grupos criminales trabajan precisamente sobre esos tres elementos: enseñan técnicas, fabrican lealtades y normalizan la brutalidad. Las golpizas, amenazas, ejecuciones presenciadas y castigos internos no solamente buscan imponer disciplina; también pretenden destruir cualquier resistencia emocional.
La gravedad del problema mexicano es difícil de medir porque no existe un registro oficial que revele cuántos menores han sido reclutados. Esa ausencia estadística no significa que el fenómeno sea pequeño, sino que permanece parcialmente oculto detrás de desapariciones, detenciones por narcomenudeo y homicidios de adolescentes. La Red por los Derechos de la Infancia en México y Reinserta han calculado que alrededor de 250 mil niñas, niños y adolescentes se encuentran en riesgo de ser captados. Debe aclararse: no son 250 mil reclutados comprobados, sino menores expuestos por su entorno familiar, económico, escolar y comunitario.
Otros datos permiten asomarse al tamaño de la tragedia. Durante el sexenio de Andrés Manuel López Obrador fueron detenidas más de 14 mil personas menores de 18 años por delitos asociados directa o indirectamente con mercados criminales, cerca de 80 por ciento más que durante el gobierno de Felipe Calderón. De ellas, 11 mil 349 fueron aprehendidas por narcomenudeo. Entre los jóvenes de 18 a 29 años, las detenciones por delitos vinculados con el crimen organizado pasaron de 56 mil 502 durante el gobierno de Enrique Peña Nieto a 140 mil 444 en el sexenio siguiente: un crecimiento cercano al 150 por ciento.
La edad de captación también ha descendido. Ya no puede sostenerse que el aprendizaje criminal comienza únicamente entre los 16 y 17 años. Reinserta ha documentado casos de menores incorporados desde los 11 años y testimonios recientes describen reclutamientos desde los 12, seguidos casi inmediatamente por entrenamiento con armas. En algunas regiones, la aproximación empieza todavía antes mediante regalos, dinero, pequeñas encomiendas o el contacto cotidiano con personas vinculadas al narcomenudeo. El futuro sicario puede comenzar siendo un niño utilizado como vigilante porque despierta menos sospechas.
A la pobreza, la deserción escolar, la violencia familiar y la ausencia de oportunidades se agregó un gigantesco campo de reclutamiento: las redes sociales. Una investigación del Seminario sobre Violencia y Paz de El Colegio de México y la Universidad Northeastern analizó cien cuentas relacionadas con organizaciones criminales en TikTok; 47 por ciento realizaba reclutamiento explícito y 31 por ciento difundía propaganda. Los cárteles utilizan música, vehículos, armas, dinero, emojis y falsas ofertas laborales para vender pertenencia, poder y reconocimiento. En 2025, las autoridades federales informaron que consiguieron eliminar 39 cuentas utilizadas para captar personas, una cifra mínima frente a la velocidad con la que pueden abrirse nuevos perfiles.
Morelos no se encuentra al margen. En marzo de 2025, la presidenta del Tribunal Unitario de Justicia Penal para Adolescentes, Adriana Pineda Fernández, advirtió que la entidad ocupaba el décimo lugar nacional en riesgo de reclutamiento juvenil. El corredor formado por municipios con alta incidencia de homicidios, narcomenudeo, extorsión, desapariciones y disputa territorial ofrece condiciones ideales para la captación. En colonias y comunidades donde la autoridad aparece tarde o nunca, los grupos criminales pueden convertirse en fuente de ingresos, falsa protección e identidad para adolescentes que no encuentran lugar en la escuela ni en el mercado laboral.
Por eso debemos tener cuidado con la explicación fácil de que cada joven ejecutado “andaba en malos pasos”. Cuando las víctimas tienen 15, 17 o 20 años, también es necesario preguntar quién las reclutó, desde cuándo, mediante qué amenazas y frente a la omisión de qué autoridades. Algunos ingresan voluntariamente seducidos por el dinero; otros son engañados con ofertas de empleo, endeudados, amenazados o privados de la libertad. Una vez dentro, escapar puede significar una sentencia de muerte. Muchos muchachos no son solamente victimarios: antes fueron víctimas de un sistema que los abandonó y de criminales que aprendieron a explotar ese abandono.
Los grandes capos también fueron adolescentes, pero ningún capo se construye solo. Detrás hubo una estructura que le enseñó a obedecer, cobrar, torturar y matar. Mientras México no persiga penalmente el reclutamiento como una conducta específica; mientras no localice a los menores desaparecidos y no intervenga en las colonias donde operan los captadores, continuará atacando únicamente el último eslabón. El crimen organizado tiene reclutadores, escuelas informales, métodos de selección y campos de entrenamiento; el Estado, en cambio, sigue llegando cuando el muchacho ya empuña un arma o aparece muerto al borde de una carretera.
También debe encender las alarmas el uso de videojuegos en línea como Free Fire para acercarse a niños y adolescentes. En 2021, autoridades de Oaxaca rescataron a tres menores de entre 11 y 14 años que habrían sido contactados mediante esa plataforma y convencidos de abandonar sus hogares para incorporarse a actividades criminales. El videojuego no fue creado con ese propósito: el peligro se encuentra en sus chats, donde los reclutadores se hacen pasar por jugadores, ganan la confianza de sus víctimas y posteriormente les ofrecen dinero para trabajar como “halcones”, transportar droga o incluso convertirse en sicarios. El juego puede ser apenas la puerta de entrada; la verdadera pesadilla comienza cuando el contacto virtual se transforma en una cita, un traslado o una amenaza.
